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AKIRA: Body Horror y Cyberpunk

Miedos e identidad en el país del sol naciente

Portada Akira

¿Somos un cuerpo o tenemos un cuerpo? ¿Hasta qué punto las alteraciones al cuerpo nos permiten mantener la condición de humanos? ¿La tecnología nos ayuda a evolucionar o nos despoja de algo crucial que hoy ignoramos? Comenzamos así una columna sobre body horror, un subgénero en el que siempre se menciona a David Cronenberg como el principal referente, pero aqui sólo participará de manera complementaria. El enfoque siempre tendrá al menos una historieta como punto de partida. Para la entrega de hoy: Akira. Su relación con la historia de Japón y cómo se enmarca dentro del Cyberpunk. Empecemos con una pregunta no tan sencilla...

¿QUÉ ES EL BODY HORROR?

Evocando un poco a Miguel Angel, imaginemos un bloque de mármol en el que, en su interior, se encuentra nuestra definición de este subgénero. Ahora debemos cincelar aquello que no corresponda, esperando de alguna manera, ir definiéndolo por lo que NO es. El Body Horror no es sinónimo de gore ni splatter (mucho menos slasher). También es fácil confundirlo con el ero-guro (más orientado al erotismo y lo grotesco), aunque pueden haber violaciones o vejaciones de algún tipo. Lo que buscamos para nuestra definición es la idea del cuerpo rebelándose contra uno mismo, la vulnerabilidad del SELF, que esté en riesgo o bajo un proceso de transición a otra cosa. Este SELF se refiere a la identidad con la que se define el\los sujeto\s, la conciencia o autopercepción de uno mismo, la individualidad…Este es uno de los campos donde trabaja Akira.
El cuerpo, en el body horror, es el receptáculo\objeto para expresar miedos como pueden ser a una enfermedad degenerativa o de transmisión, o a cambios biológicos naturales, entre otras cosas ¿Pero cual es el miedo al que se alude en la obra de Otomo? Para eso, necesitamos repasar brevemente la historia del avance tecnológico de Japón.

Luego de la 2ª guerra mundial y la guerra de Corea, Japón inicia una etapa de reconstrucción económica que muy lentamente comienza a dar frutos a fines de la década de 1950, pero no previo a la retirada de las tropas americanas en el país. Ese momento de crecimiento es conocido como el milagro económico japonés, y se extiende hasta los primeros años de los 80’s. La formación de los Keiretsu (unión de varias empresas que comparten intereses económicos) y las nuevas relaciones económicas con EE.UU. (que había instalado bases militares en Okinawa e Iwo Jima), entre otras cosas, lograron que Japón llegue a ser la segunda potencia económica mundial durante este periodo. A partir de los 60’s, empresas como Mitsubishi o Toyota, que dominaban el mercado, se encuentran con un faltante de mano de obra, y nuevas exigencias por parte de ésta misma. Así es como muchas empresas optaron por automatizar aún más su producción. Resumido, estamos ante una enorme y veloz reforma industrial que acarrea preguntas pertinentes en lo social. El país comenzaba a verse de otra manera desde el exterior. En Occidente se apodó a la región como el “juggernaut”, y mientras Sony y Nintendo desembarcaban en EE.UU. y el yen crecía como moneda, varias compañías compraban propiedades en Los Ángeles, aumentando su visibilidad (y “temor”) en Occidente. Lo cual nos lleva a la pregunta clave de todo esto: ¿Es acaso, el crecimiento exponencial tecnológico, un peligro para la identidad del país?
 

Bomba
De la bomba venimos, y a la bomba volvemos. La repetición de lo traumático.

CIENCIA FICCIÓN: A VECES COMO PREGUNTA, A VECES COMO RESPUESTA

El cyberpunk es un modo ideal para transitar esta cuestión (porque quién dice que la vayamos a responder). Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y Neuromancer (William Gibson, 1984) siempre se citan como dos de las obras más importantes de este subgénero, que ayudaron o impusieron sus características, sea tanto por lo temático o estético, y es sobre ésto último donde se apoya la construcción identitaria que occidente hace de japón.
Éstas, como otras más recientes (si, Cyberpunk 2077 falla en más cosas aún) recaen en lo que se llama tecno orientalismo (derivado del orientalismo, término popularizado por Edward Said), que señala cómo se han tomado elementos orientales, sean locaciones, nombres, o textos directamente en japonés, y se los descontextualiza, para re utilizarlos como algo exótico o estéticamente llamativo. Así es como de a poco se va conformando una imagen o representación de Oriente, y en el caso de la ciencia ficción, con una clara tendencia a la hiper tecnificación y a una imagen un tanto unidimensional de Japón. Per se, el orientalismo no es inherentemente xenófobo, lo que se toma en cuenta es el resultado tras años de repetir el recurso.
 

Kitano
Aún un actorazo como Takeshi Kitano no logra validar nada en películas chotas como Johnny Mnemonic o Ghost in the Shell.

Hoy ésto no debería pasar e igualmente sucede. Las producciones presentan elementos orientales, y aún así se olvidan de las personas más allá del decorado (aunque me pregunto si las remakes, al tomar toda una obra y recrearla para occidente, no es una forma más cara de orientalismo). Actualmente, con el acceso a internet (que es algo mínimo), las producciones del género y su mayor visibilidad, por parte de Japón, el cyberpunk se expande, plantea nuevas preguntas y es una nueva fuente de inspiración. Y esto nos lleva, ahora sí, a hablar de la pregunta de Akira sobre el desarrollo del país.

AKIRA: MIRANDO AL PROPIO CUERPO

Y acá es cuando el repaso a la historia económica de Japón entra en juego, tanto para Akira como para otras obras que veremos más adelante, así que volveremos y expandiremos la información cuando sea necesario.
Comencemos por su autor: Katsuhiro Ōtomo nació en 1954 y fué contemporáneo a este crecimiento económico, como también a las llamadas Anpo Protests, manifestaciones en contra del tratado que permitía a los Estados Unidos mantener bases militares en suelo nipón, las protestas más masivas en la historia del país. También de esos tiempos es la aparición de pandillas de delincuentes como los Banchō o Sukeban, conformadas por hombres o mujeres respectivamente, pero a diferencia de éstas dos, tenemos una tercera llamada Bōsōzoku,  aficionados a las motos, las cuales personalizaban según gustos o identidad. De alguna manera estos grupos encuentran representación en Akira (junto con un juego de opuestos entre juventud y adultez/vejez).
 

Basozoku
Los Bōsōzoku llegaron a contar con 42.000 miembros.

Otomo deja muy claro el clima de tensión y descontento social (y de manera inmediata en la película) y junto con las pandillas, las drogas y esta oposición entre juventud y vejez, se presenta un poco el aspecto punk. Para cumplir con ese lema cyberpunk, High tech, Low life (mayormente visto como el grado de tecnología, la desigualdad en la sociedad y la actitud que nace en esta última) aún nos queda la parte tecnológica.
Desde la bomba atómica (visto como avance científico), pasando por la reconstrucción de Tokyo y la transformación biotecnológica de Tetsuo, Akira parece tener una concepción de este exponencial avance tecnológico, y el clima distópico del cyberpunk ya nos adelanta algo. Y no es algo lindo.
Tetsuo es el encargado de llevar el mensaje en su propio cuerpo. Luego de pasar por los laboratorios, y motivado por un complejo de inferioridad, se convierte en las preguntas y los miedos que nos interesan: la frontera ética y moral de la ciencia (el jugar a ser dios) o el avasallamiento tecnológico sobre la identidad. Como consecuencia de una nueva destrucción de Tokyo, dos grandes facciones se forman y disputan el poder del territorio, una de ellas con Akira a la cabeza pero liderada por Tetsuo (asociándose con quién fuera el responsable de la primera destrucción de Tokyo). Previo a esto, Tetsuo pierde un brazo, pero logra reconstruirlo cual implante mecánico, pero hecho con diferentes partes, quedando en este estado casi toda la segunda mitad de la historia. Hasta acá, la tecnología es más simbiótica, al servicio de uno si se quiere.
Cerca del final, y tras la muerte y resurrección de Kaori, sufre una mutación total (que en la película se entiende ligeramente más híbrida con la tecnología y no tan solo biológica), en la cual aumenta de tamaño sin miras de detenerse, mientras que fisiológicamente se asemeja a un feto que se desangra y absorbe lo que puede de su entorno. Todo debido al abuso de sus poderes. Una escena llena de dolor, de la que podemos sacar algunas cosas: cómo la tecnología se apodera del sujeto, transformándolo por completo en algo ya no humano, y el exceso de poder para el cual no estaba preparado, que se vuelve exponencial e incontrolable.
En esta representación de Tetsuo como feto y su destino, también se presenta de nuevo un leitmotiv recurrente, el del ciclo de vida, muerte y vida de nuevo, demostrado más en el proceso de las ciudades que se destruyen para volver a reconstruirse para luego verse derrumbadas otra vez (y Otomo es de los mejores dibujantes de derrumbes, así que no me quejo).

No creo que el mensaje de Otomo sea tecnofóbico o muy negativo. Si no que, así como suele ser el cyberpunk, funciona como una historia para tomar precaución (un “cautionary tale”, para decirle correctamente) sobre una deshumanización, para tomar la distancia justa y no perdernos en la tecnología sin pensar antes, cómo nos cambia individualmente y luego como sociedad.
 

DOS ÚLTIMAS PARA TERMINAR

La última escena es clave para definir la relación con la nación. Kaneda y los suyos se presentan ante las fuerzas militares y se apropian de las provisiones, reclamándolas para su nueva nación independizada, que toma el nombre de Gran Imperio de Akira (ya que no se sabe oficialmente de su deceso). Nacionalismo e identidad se cruzan en este final, demandando que ellos serán los que se definan y no permanecerán sumisos a un poder militar externo.

Esto último es más un detalle para la nota, pero que no deja de estar relacionado, aún si es una curiosidad. Akira toma influencia para su arquitectura de un movimiento de principios de los 60’s llamado Metabolista. En su manifiesto, los metabolistas se presentaban como los diseñadores de un nuevo Japón. Su concepción de la tecnología va de la mano del diseño, y afirman que debe ser una denotación de la sociedad humana. No aceptar el metabolismo como un proceso meramente natural, si no que debería ser promovido activamente, que así como la sociedad no es algo rígido, las construcciones y las ciudades también pueden cambiar orgánicamente. Entonces, los edificios y estructuras pueden tener una columna central y partes intercambiables (como la torre Nakagin Capsule) o los diseños de Kenzo Tage. Una ciudad que, pensada como un cuerpo (en una concepción nueva), cambia, se adapta y vive.
 

Kenzo Tage
Torre Nakagin Capsule: Habitaciones\cápsulas que se desamuraban para su reemplazo, porque tampoco duraban mucho.

¿Y DE ACÁ A DONDE VAMOS?

Toda esta información sobre Japón nos va a servir para una próxima entrega, ya que no se puede hablar de Body horror y tecnología sin mencionar Tetsuo The Iron Man (Shinya Tsukamoto, 1989), y cómo esto da paso a la conversación sobre el transhumanismo y el posthumanismo. Estos últimos temas no son solo interesantes si no que además muy contemporáneos. La tecnología llegó hace tiempo a materializar ideas que eran propias de la ciencia ficción de hace más de veinte años y con eso nacieron sus propios movimientos pro y anti. Pero nuestro eje va a estar siempre el cuerpo, en el body horror. En la discusión del transhumanismo siempre encuentran un lugar obras como Ghost in the shell (Mamoru oshii, 1995) o Gunnm (Yukito Kishiro, 1990) pero es muy probable que se incluyan otras más, así que el feedback será tomado en cuenta.

Más adelante seguro tomemos otro ángulo para abordar el body horror. Si recordamos las deformaciones del cuerpo en Junji Ito, las transgresiones en Suehiro Maruo o la extraña concepción de la corporalidad que tiene Shintaro Kago, ya tenemos para un buen rato. Pero Japón no tiene la exclusividad del género. Marvel ha publicado demasiados personajes "ratas de laboratorios" como para estar exenta del asunto, así que el género se transforma en recurso y atraviesa un sin fin de obras, como las de Charles Burns o Michael DeForge. Si hasta ahora no se espantaron (por mi escritura, no el tema) nos leemos la próxima.

 

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Escrito por:
Anibal Berrey
Se podría decir que soy un procrastinador part-time, o aficionado (me da paja hacer la carrera)

Anibal Berrey
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