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Cómo convertirte en un ninja del guion

Capítulo 5: CONVIÉRTETE EN EL ALMA DE LA FIESTA

Geller-Mercau
Por: Gonzalo Geller el Lun, 27/05/2019 - 11:35 - Se lee en: 3 mins

Hay un pecado que un creador no puede permitirse: aburrir.
Aburrir al lector es una falta de respeto: una persona confía en nosotros para entretenerse un rato, y le estamos fallando.

Alguien dirá que entretener no es la única función de una historieta. Supongo que estamos de acuerdo en que no. Pero creo que hay dos salvedades que tenemos que hacer: primero, el arte tiene muchas funciones (transmite conocimiento, ideas sobre el mundo, nos hace reflexionar... hasta puede, en ciertos contextos, ayudar a curar); ninguna de esas nobles finalidades gana nada, absolutamente nada, si el texto es aburrido (por más que a veces parece que hay gente que piensa que sí, que si es aburrido el texto es más serio, más profundo, o qué sé yo).

Y en segundo lugar, hasta la más hermética y culta de las literaturas busca entretener: será entretenimiento para gente culta, para pocos, pero la dimensión del entretenimiento está ahí.

Llegados a este punto, nos podemos preguntar: ¿Y dónde está la clave del entretenimiento en una historieta?

Como se pueden imaginar, las respuestas son infinitas: unos apostarán por la complejidad y madurez de los guiones, otros por poner más y más bolsillos al uniforme de los personajes, otros por el humor, otros por la épica.

Si estamos creando, las reglas están para romperse. Y encima, cambian todo el tiempo. Así que no podemos estar seguros de nada: todo es una apuesta. Yo voy a hacer, entonces, mi apuesta: para que la historia sea entretenida, el conflicto es la clave. O una clave entre otras. Primero, porque nos ayuda a estructurar la historia. Pensemos en la división tradicional, principio-desarrollo-final. Si aceptamos ese esquema, el conflicto es el desarrollo o nudo; el final o desenlace, es la forma en que se resuelve ese conflicto. Y, en segundo lugar, permite que nos identifiquemos con la situación. Si el lector no consigue identificarse con el conflicto que le estamos planteando, quizás no pueda disfrutar de la historia.

Lo aprendí viendo alguna serie de Francella: como en todas sus series, Guille tenía que mentir para que su esposa no se enterara de algo (un argumento muy común en las comedias de hace unos años), y en eso se basaban los enredos de todo el capítulo. Habré tenido, no sé, veinte años, y pocas ganas de compartir una serie de Francella en la cena familiar, pero aprendí algo valioso: ese conflicto (de cuyo contenido no puedo acordarme) era una estupidez. Todo se hubiera solucionado fácil, confesándole a su esposa lo que estaba pasando. Lo mismo pasa con las telenovelas: nadie que piense "dejate de joder con el millonario ése y conocé gente nueva, che, que te va a hacer bien", va a poder disfrutar como Dios manda de un buen culebrón. Y nadie que piense "sos Bruce Wayne, sos millonario y tenés un montón de amigos con superpoderes, ¿qué hacés arriesgándote de noche a que te peguen un tiro por la espalda? ¿por qué no contratás al Detective Marciano para que te haga el trabajo de campo? ¿O a Flash?", va a disfrutar de una buena historieta de superhéroes.

Vamos a seguir desarrollando el tema del conflicto: por ahora, lo importante es aprender a reconocer qué conflicto nos puede ayudar a llevar adelante una historia... y cuál no. Para eso, tenemos que reflexionar: ¿qué conflicto me ofrece un problema que valga la pena narrar? ¿Qué conflicto me puede ayudar a estructurar todo lo que quiero decir en una trama trepidante de acción o suspenso, o drama, o que dé la sensación de que se viene algo importante? ¿Qué conflicto me permite efectivamente decirle algo al lector, qué conflicto lo identifica, me identifica, nos vuelve parte de lo mismo, cómplices?

Porque el conflicto no está ahí solamente para ser resuelto: está para que sintamos la agonía de no poder resolverlo, para que respiremos esa dificultad, y nos involucremos en esa resolución. Está ahí para que nos sintamos, por un ratito, en la piel de los personajes.

No es un detalle menor. En algún sentido, para eso es la ficción: para vivir otras vidas.

Y el conflicto es una puerta de entrada a esa otra vida. Una puerta de entrada que, si está bien hecha, invita al lector a asomarse, a entrar, a involucrarse, a no querer salir, para finalmente, salir transformado.


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