El Síndrome Guastavino
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El Síndrome Guastavino

Reseña

Por: Carmilla de Le Fanu - 02 Feb 2018 Se lee en: 5 mins

Esquizofrénico, escatológico, grotesco, sublime: Esas son solo algunas de las cuantas palabras que encuentro para describir El Síndrome Guastavino, aquel semejante pedazo de obra que fue escrito por el mítico Carlos Trillo y dibujado por Lucas Varela, ya con dudas de si se lo publicaban o no. Es que en 2007 sus primeras páginas fueron vomitadas en la revista Fierro y para el 2008, mientras sus últimas páginas eran regurgitadas aun en la susodicha publicación, los dos genios recibirían un premio por parte del Festival de Angouleme. Sí, todo gracias al mismísimo Síndrome, conocido ahí en Francia como “La Herencia del Coronel” (L'heritage du Colonel).

En esos años yo no debía saber ni quienes eran Trillo y Varela. Dudo incluso que supiera que existía la Fierro como tal. No sé en qué año exacto me crucé con la escoria humana de Elvio Guastavino. Debió de ser hace dos o tres años. Solo recuerdo que un día entro a mi comiquería de confianza y su dueño, que también es amigo, me dice: “A vos que sos así de enfermo, esto seguro te va a gustar”. Y me pasa, editado ya desde 2009 por parte de Reservoir Books, una versión recopilada de la obra que aquí nos compete. Amor a primera lectura, señores. Ahí en la misma comiquería, recién comprada, ahí mismo, la leí completa por primera vez.

Muchos pueden relatar lo difícil pero disfrutable que es de digerirla, como si se tratara de un exquisito manjar coreano de pulpo vivo. Si la comparación es correcta, creo que yo me manduqué de un bocado al octópodo. El cómo sobreviví para contarlo es un misterio. Lo importante es que quedé muy impresionado: La mezcla de elementos chocantes me había llamado mucho la atención. ¿Cómo es que esos dos se atrevieron a hacer lo que hicieron? Y ¿cómo lograron un resultado tan armonioso? Porque no es fácil mezclar lo que revolvieron en la olla: historia de una familia con un fallecido padre represor de la dictadura, un protagonista con una obsesión sexual por las muñecas, humor negro y un estilo de dibujo tanto caricaturesco como inocentón… ¡Posta! ¡¿Cómo mierda hicieron?! Parece imposible hasta que recordás, justamente, la talla de los dos autores.

Pero no nos adelantemos demasiado. Primero siento que debería ofrecerles una sinopsis sobre el Síndrome, un resumen que les haga entender con mayor profundidad de qué trata. Así no dejo al simple curioso con sabor a nada, mientras los snobs nos regodeamos con las memorias de como sabía ese pulpito.

El relato gira entonces en un miserable protagonista: Elvio Guastavino, empleauducho de una oficina del Ministerio (¿Cuál? Ni idea, nunca lo especifican), quien vive con su anciana madre en silla de ruedas y que llega incluso a cagarla de hambre con tal de poder ahorrar. ¿Ahorrar para qué? Para poder comprarse una muñeca victoriana del siglo XVIII o XIX de la cual está…¡Enamorado! Sí, literalmente, como el enamoramiento entre dos personas reales, las cuales luego se van a dar goma y matraca entre ellos. O sea, nuestro “héroe” (¡coff-coff!) descuida a su anciana madre para poder dentro de UNOS AÑOS comprarse una muñeca y coger con ella. Si usted lector, justo no es Argentino y cree que “coger” es “agarrar”, permítame aclarale que acá nos referimos a FORNICAR o sea, mantener relaciones sexuales. Sí, soy re pedagógico. No solo eso, incluso se va de noche a la vidriera del negocio para hablar con su “enamorada” ¡Y ésta le responde cagándolo a pedos! Porque Elvio es un jodido y delirante esquizofrénico, capaz de drogar con valium a su propia vieja mal cuidada, todo para que no sepa el motivo por el cual le da de cenar una insignificante papa ¿Ahora entienden porque me referí a él como “miserable protagonista” desde un principio?

¡Bueno, bueno! ¡A estas alturas podrán recriminarme que el personaje se trata de un pobre enfermo mental! Pero es que hay un truculento trasfondo para todo eso, uno de origen familiar. Elvio no tan solo es un loco de mierda, sino que también es hijo del Coronel Aarón Guastavino, ex represor y torturador de nuestra última dictadura militar. Es acá donde la historia comienza a desarrollarse y a irse cada vez más a la mierda. Y contarla de acá para adelante sería hacer completo spolier. Así que lo mejor sería detallar ese oscuro trasfondo familiar que Elvio recuerda como parte de su infancia.

Con el pasar de la páginas avanzarán los acontecimientos, como también retrocederán a ciertos hechos puntuales del pasado. Se irá desvelando el motivo de la fijación sexual del hediondo protagonista por las muñecas, así como algunas pistas que preparan al lector para ciertas revelaciones. Revelaciones que Elvio, de una u otra forma, intentará evadir en su locura, siempre con el afán de auto-justificarse, mientras se intenta convencer de “lo buena persona que es y se merece ser feliz junto a Luisita” (sí, le puso nombre a la puta muñeca, me olvide de aclarar). El desenlace, el cual no pienso buchonear, será entonces satisfactorio… para nosotros. Bah, depende de la ideología de cada uno. De ahí, no pienso abrir más mi bocota (o escribir de más con mis dedotes).

Pasemos entonces a detallar lo más constructivo de esta historieta. Como ya dije antes, la leí por primera vez en la edición publicada por Reservoir. Al ser un recopilatorio de algo publicado por partes en la Fierro, se logra notar la gradual evolución que tuvo, tanto en lo que respecta al argumento como así también al arte.
Por lado del guion, Trillo va elevando la apuesta de hasta cuanto puede irse a la mierda, como así también qué tan bajo puede hacer caer al despreciable Guastavino. Tanto que hasta el propio Varela lo había llamado una vez por teléfono para pedirle que tuviera algo de piedad con aquel. Otros datos a destacar dentro del argumento es como Trillo va introduciendo ciertos detalles, puntuales pistas sobre el deplorable meollo psicológico del protagonista. Ejemplo de aquello es el nombre de Aarón, compartido tanto por su coronel padre como por el dueño de la tienda donde la amada Luisita está en stock. Este puntual personaje, uno de mis favoritos dentro de la historia, se trata de un típico judío ortodoxo apellidado Chupnik, por el cual Elvio siente un profundo resentimiento por ser “el ambicioso usurero” que lo separa de consumar su amor con Luisita. Algo que me encantaba de Trillo es que la casualidad nunca lo es del todo.

Respecto del dibujo, Varela logra narrar gráficamente lo grotesco en armonía de un estilo… “inocente”. La forma caricaturesca de Lucas contrasta mucho con la suciedad, tanto la literal como moral, de la propia historia a exponer. Se nota que fue una historia publicada en dos partes, precisamente por la transformación del dibujo como de los planos a usar. Al principio de la historia notamos un Varela más fundamental, tanto en su trazo como en sus viñetas. Es bastante pulcro de por sí, el dibujo gusta mucho desde el arranque. Luego, progresivamente. la ilustración se va volviendo más detallista, colorida y expresiva. Lucas experimenta con ángulos, exageraciones y planos. Logra, entonces, pasar de gustar mucho a encantar en desmedida. Desde lo gráfico, el comienzo es disfrutable como el final extasiante. Y ese es uno de los puntos a favor de leer el Síndrome: Ver como su dibujante, de por sí muy talentoso, fue mejorándose aún más al ritmo de cada entrega.

De esa forma es que mi pregunta de “¡¿Cómo mierda hicieron?!”, varios párrafos atrás, ya fue contestada. Sus dos autores hicieron un gran trabajo, y demostraron ser más que merecedores del premio ganado en Angouleme. Porque no solo arriesgarse a hacer "El Síndrome Guastavino", sino lograr contarlo bien, es tener un equilibro elevado entre talento y agallas. El propio Trillo, en una entrevista hecha por Juan Sasturain (el cual escribe el prólogo del tomo de Reservoir), en su programa Ver para Leer, diría con palabras exactas, que nunca trabajó con un personaje tan “gusano” en referencia a nuestro repugnante Elvio.

Para no extenderme demasiado e ir finalizando: En la última entrega de su publicación en "Fierro", Trillo escribiría en forma de acompañamiento un texto llamado “Una mala idea”. En aquel contaría parte de las cosas que le dijeron durante el desarrollo de la historieta, el cómo Varela lo llamaría por teléfono pidiendo piedad y la repercusión en los lectores, entre otras. Cerraría entonces con una emblemática frase final, la misma que yo consideraría oportuna citar para este artículo. Y es que Elvio Guastavino es un avatar entre tantos de lo que está mal, de lo que directamente no hay que hacer y, mucho menos, de quien ser. Como personaje ficticio, posta que uno lo puede añorar como perfecto anti-ejemplo de ser humano. Pero si un día te cruzas con alguien así en la vida real y lo llegás a conocer de forma tan profunda, una vez desaparezca, podrás decir sin culpa alguna:

“No te vamos a extrañar una mierda, Guastavino”.
 

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