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El Universo Marvel de Jonathan Hickman (parte 4) - Secret Warriors vol. 2

Continúa la lucha de Nick Fury y sus guerreros secretos

Por: Diego Labra - 21 Jul 2020 Se lee en: 6 mins
El Universo Marvel de Jonathan Hickman (parte 4) - Secret Warriors vol. 2

Secret Warriors vol. 2 - God of Fear, God of War

(issues #7 a #10, más Dark Reign: The List - Secret Warriors #1, con fecha de tapa entre octubre 2009 y enero de 2010)

Secret Warriors vol. 2 - God of Fear, God of War
Secret Warriors vol. 2 - God of Fear, God of War.

El segundo volumen de Secret Warriors trae dos novedades con respecto al primero en lo que respecta a las firmas en la portada. Primero, Jonathan Hickman asume control completo de la nave, independizándose de la tutela de Brian Michael Bendis.

Segundo, en el rubro visual vemos un cambio casi completo del equipo artístico, con otro italiano en lápices y tintas, Alessandro Vitti, y colores de Sunny Gho. Stefano Caselli, que dibujo los 6 números anteriores regresará en el siguiente volumen, estableciendo un ritmo de alternancia más o menos regular con Vitti hasta el final de la serie. Las tapas son siempre de Jim Cheung.

Por otro lado, el one-shot incluido en el volumen, parte del “evento dentro del evento” titulado The List, sobre el que elaboraremos debajo, fue dibujado por Ed McGuinness, entintado por Tom Palmer y coloreado por Chris Sotomayor.

El único que aparece en todas las páginas de créditos, además de Hickman, es David Lanphear, que se encarga del letrado en los 6 números que componen este segundo volumen.

Si bien Vitti le cuesta la acción, sus panorámicas son muy buenas
Si bien Vitti le cuesta la acción, sus panorámicas son muy buenas.

La última vez que habíamos leído a los Secret Warriors, estos habían salido airosos de su segundo choque con Hydra, a bordo de un hellicarrier de H.A.M.M.E.R. (el primero no había tenido final feliz, recordemos, resultando en que Slingshot perdiera ambos brazos a la katana de Gorgon). Si bien se quedaron con los porta-aviones voladores, la nafta no es gratis, por lo que este volumen comienza con los héroes robando un banco para financiar sus operaciones. Pero no se asusten, es un banco del Baron Von Strucker.

El robo de un poquito más de mil millones de dólares por parte de Fury y compañía desencadena un llamado del Líder Supremo de Hydra a Norman Osborn y de allí se disparan las dos líneas de desarrollo paralelas que motorizan el libro.

Por un lado, Fury se corta solo y recluta al exagente de S.H.I.E.L.D. y ciborg de cuerpo entero John Garrett para averiguar que tan profunda va la red de mentiras y poder detrás de todo esto (es Hickman, así que se le van cansar las manos de cavar).

Por otro, la mayoría del libro es dedicado a las correrías de los guerreros secretos, que gracias a la ocurrencia de Hellfire y Phobos terminan enredados con los Thunderbolts. En esta encarnación, este grupo no tiene nada que ver con el Baron Zemo, sino que se trata de un rejunte de villanos de la C creado por Osborn y liderados por el más nuevo de los Ant-Man, Eric Grady, creado por el famoso Robert Kirkman y Phil Hester con ocasión de Civil War.

Dicho esto, en el contexto de esta agarrada es que vemos una de las peores caras de la filosofía de “universo compartido” de las Dos Grandes. Porque si bien se introduce  en el libro a Black Widow y Songbird, a quienes los Secret Warriors debían asistir con una extracción, ellas desaparecen sin dejar rastro de un ejemplar a otro. Ni siquiera un hasta luego, ni una misera cajita de texto del editor, en lo que supongo fue un poco de esa rica sinergia corporativa que empujó a las espías a realizar su escape “a través” del título de esa semana de los mencionados Thunderbolts.

¡Sorpresa!
¡Sorpresa!

De todos los libros que he reseñado hasta esta parte, este es el primero donde no se siente que el avance de la trama y de la “cosa grande” y el desarrollo de las narrativas más íntimas de cada personaje vayan a la par. Más bien, el ritmo a través de las páginas es uno de impasse, de acomodar las fichas en el tablero ahí donde tienen que estar para que pase lo que tiene que pasar. Lo cual podría perdonarse más fácil si estuviésemos hablando de un ejemplar y no un TPB entero.

Por esta misma razón, en la mayor parte de las ciento y pico de páginas, las grandes ideas por las cuales se caracteriza la pluma de Hickman pasan a segundo plano. Salvo algunos pequeños destellos de grandilocuencia (el discurso de realpolitik de Osborn en el #8 y el one-shot), es la interacción entre los personajes y el redondeo de sus personalidades a partir de flashbacks lo que nos ocupa aquí.

En particular, el foco está aquí puesto en Alex/Phobos, y el lazo con su padre, Ares. Alex había sido un personaje bastante relegado en el primer volumen, limitado a un par de escenas e intercambios. Pero como vemos aquí, en su rol de oráculo de Fury, es un engranaje importante para la historia, y es ahora que se le da un poco más de espacio y desarrollo.

Hijo e' tigre
Hijo e' tigre

En el balance de la relectura, la dinámica de la relación entre Alex y Ares brilla en los pequeños momentos, pero se empantana cuando entra y abusa del flashback, como en buena parte del #8. Para empeorar la cosa, la ensalada de dioses que compone el consejo de los panteones invita a la confusión, salvo por los pocos personajes con trayectorias consolidadas en el Universo Marvel (Hércules y Hela hacen un breve cameo).

Creo que lo que más me enreda es la puja de los dioses entre la Casa de las Ideas y la Distinguida Competencia. Al ser personajes que por definición existen en el domino público, tanto Marvel como DC pueden intentar instalar sus versiones. En el caso de algunos, como Thor, de manera definitiva.

Esta vez, si bien Ares no alcanza el nivel de relevancia del Dios del Trueno, ciertamente es más conocida la versión de la otra editorial, un villano recurrente en Wonder Woman. Por eso, ver a este Ares, una suerte de Frank Castle con esteroides, me hace ruido. Podríamos decir que, en la pulseada, DC se “quedó” con el panteón griego/romano en el imaginario superheróico. Incluso Hércules, ocasionalmente un Avenger, es un personaje de segunda línea, con suerte.

Lo que si me resulto atractiva fue la caracterización de Ares por parte de Hickman, quien lo escribe casi como un agente libre, quien a pesar de estar en el bando de Osborn, se mueve acorde a su propia conveniencia, como lo haría un dios que se considera por encima de las peleas de los hombres. Pero también como un padre preocupado por su hijo. La disimulada sonrisa de orgullo que pone cuando su hijo agarra de los pelos a Osborn es, para mí, el punto más alto de esta lectura.

Si los mejores momentos del volumen vienen de mano de los pequeños momentos, de los gestos y expresiones, porque es en ese departamento que se destaca el arte de Vitti. Sus lápices son más expresivos, con caras angulares (más cerca a las de las tapas de Cheung) y brillan en los close-up. Me atrevería a llamarlo un estilo más europeo, con aires a Manara, por ejemplo.

Cuando te cortan los brazos y te querés sacar la bronca con el primero que pasa
Cuando te cortan los brazos y te querés sacar la bronca con el primero que pasa

Donde no es tan fuerte el trabajo de Vitti es en la acción, sobre todo el movimiento. Mientras que sus panorámicas de lucha a doble página están muy bien, falta cierto dinamismo en la representación de combate. De alguna manera, esto hace de su arte un opuesto a lo de Caselli, quien si brilla por su dinamismo y explosión.

Esto no quiere decir, por su puesto, que el volumen no tiene sus momentos de alto octanaje y suspenso. La revelación sobre que un aparentemente asesinado Fury era, en realidad, un LMD con Alex dentro, es un gran momento. Así como también la vuelta a la acción de Slingshot. De hecho, toda esa secuencia final del número #9, desarrollada al compás de una cuenta regresiva de autodestrucción esta muy bien.

No se puede dejar de nombrar tampoco los colores Sunny Gho, que con su cualidad levemente acuarelada que recuerdan a lo que hace el compatriota Ignacio Noé, es una de las razones por las cuales los lápices y tintas de Vitti tienen ese sabor europeo y se despegan del “plasticado” look de los 2000.

Todo esto, pero al revés, es cierto para Dark Reign: The List. Los diseños de Ed McGuinness son más caricaturescos y carecen de la suavidad de lo de Vitti, pero los lápices brillan en los momentos de acciones. Hickman lo sabe, y por eso escribe el ejemplar con pocas palabras y largas secuencias mudas.

En cuanto a la historia, el one-shot avanza en el desarrollo de la intriga principal todo lo que los otros cinco ejemplares no hicieron. Parte de un “evento dentro del evento”, que toma como punto de partida una lista de pendientes que desvela a Osborn (entre los que se encuentran matar a Daredevil, Namor, Punisher, Spiderman y también a Nick Fury), el floppie sirve como una excusa más para que Hickman haga una de las cosas que hace mejor: tomar un número suelto creado por imposición editorial, y transformarlo en una parte integral de la historia de manera tan fina que ni se ven las costuras.

Sin palabras, mejor
Sin palabras, mejor

En este caso, se retoma el hilo de la aventura en solitario que Fury emprendió con Garrett en la serie principal, y se la lleva a su conclusión con el descubrimiento de otra pieza en el engranaje de la historia: Leviathan. Porque si algo le faltaba a esta historia, que ya tiene a S.H.I.E.L.D., Hydra y H.A.M.M.E.R como partes en la discordia, era sumar una organización más.

Por si fuera poco, esta revelación también le da excusa al autor para despuntar su pasión por el diseño gráfico, despachándose con un gráfico de torta que engrana a todas los acrónimos y nombres arriba mencionados en una rueda más ominosa aún, llamada Zodiaco. Dios bendiga a Hickman.

Pero para saber de qué se trata todo esto, deberemos esperar al próximo volumen. Hasta entonces.

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