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“Los Escorpiones del Desierto” de Hugo Pratt

Ante la inminente llegada de la nueva edición de este clásico.

“Los Escorpiones del Desierto” de Hugo Pratt

Los Escorpiones del Desierto es llamado muchas veces el segundo título de Hugo Pratt después de su famosísimo Corto Maltés. Esto es correcto dado que, evidentemente, los Escorpiones no alcanzaron tanta popularidad y el autor les dedicó muchas menos páginas.

No obstante, mucho se equivocaría el lector si cree que le van en zaga en términos de calidad. Es más, las historias protagonizadas por este variopinto grupo de soldados irregulares son, a mi juicio, más disfrutables que muchas de las del melancólico marinero.

Ahora que está por llegar una nueva edición proveniente de la mexicana Fondo de Cultura Económica, les ofrecemos un breve repaso para que sepan con qué se pueden encontrar.

En 1937 el niño de diez años Hugo Pratt se muda con su padre de Venecia a Etiopía (por entonces llamada Abisinia) y en 1940, cuando Italia y Francia se declaran la guerra, se enrola en la milicia colonial de Addis Abeba, donde es nombrado mascota del batallón por su corta edad. Fascinado por la vida militar colonial, Hugo se la pasaba recogiendo anécdotas y dibujando los uniformes de las diferentes tropas, lo que le serviría de inspiración y documentación en su obra posterior.

Los Escorpiones del Desierto es el nombre no oficial que recibió una sección del Long Range Desert Group, grupo de operaciones irregular formada en Egipto en 1940 para, como su nombre lo indica, operar en el desierto y, en particular, participar en operaciones de infiltración tras las líneas enemigas.

Porque además del desembarco en Normandía, la evacuación de Dunkirk y el rescate del soldado Ryan, la Segunda Guerra Mundial también incluyó como teatro de operaciones todas las colonias africanas de las potencias imperialistas. Sólo que a estos combates (como todo lo que ocurre en los países periféricos) la Historia Mundial los relega a un segundo o tercer plano. Pero, como dice Juan Antonio de Blas en su prólogo:

“Para quienes vivieron esas 'pequeñas' campañas, allí estuvo el infierno”

Pratt elige contarnos esta parte marginal de la Historia grande del Siglo XX en la que se mezclan británicos, etíopes, judíos palestinos, egipcios, italianos, rusos y donde (ante la firme sospecha que el verdadero conflicto se está decidiendo a muchos kilómetros de distancia) lo más interesante es ver como interactúan todas esas culturas metidas en el cóctel molotov de la guerra.

O como dice Jorge Rivera en su ensayo “El paraíso intertextual”:

“El creador de la Balada eligió para sus historias la zona de la periferia, de los bordes culturales, de los personajes marginales (…) quienes se mueven en franjas de cruce y contacto intercultural, interétnico o interlingüístico”

“Koinsky”, “El griego-veneciano” o “R.A.S. à Djaraboud”

¿Por qué tantos títulos distintos? Porque, originalmente, esta primera aventura llevaba solo el título genérico de la serie y le tuvieron que inventar algún nombre en las ediciones posteriores en álbum. Y ya saben lo creativos que son los editores.

Esta primera narración tiene 45 páginas y Pratt la comenzó en 1969 para ser publicada en la edición italiana de Sargento Kirk. Sienta las bases del universo en el que se va a desarrollar la serie pero, a la vez, es la más caótica desde el punto de vista de la estructura narrativa. Los personajes y situaciones se suceden tan rápido que, si bien logra transmitir la vorágine de la guerra, resulta difícil jerarquizar los elementos principales de los secundarios. Hay momentos, incluso, en los que no nos acordamos ni qué estaban haciendo los personajes en ese tren. Y es que un soldado siempre tiene sus órdenes pero es tan probable que estas se vean obstaculizadas y haya que cambiar de planes que siempre terminan haciendo cualquier otra cosa menos lo que le ordenaron.

Sólo un eje temático atraviesa estas páginas inaugurales de la serie: en el Long Range Desert Group hay un espía y todos están en peligro mortal hasta que logren descubrirlo.

Un par de cosas conectan esta historia con las que años antes produjera siguiendo los guiones de Oesterheld: El escenario de la segunda guerra mundial, el pequeño espacio para la libertad individual detrás del deber militar que es lo único que permite conservar un destello de humanidad, cierto anti-belicismo, el protagonista colectivo...

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Este Koinsky no es un caballero.

Por cierto que la ilusión del héroe grupal se irá diluyendo ante el rápido crecimiento de la figura del sargento polaco Koinsky que pronto acaparará el protagonismo de la serie. Cabe destacar que (principalmente en este primer álbum) este personaje parece la antítesis del romántico Corto Maltés. La primera aparición de Koinsky será descargando una ametralladora contra un camión, solo para asegurarse de que todos estaban muertos antes de acercarse. Ocurre que un bombardeo derribó su casa con su familia adentro y su regimiento de caballería fue destrozado por los acorazados nazis, así que no se trata de un soñador en busca de aventuras sino de un soldado en medio de la guerra más cruenta que vio la humanidad.

Dos personajes del universo prattiano hacen su aparición en esta primera entrega de la saga: El Teniente Coronel Trenton y el Coronel McGregor, viejos conocidos de los lectores de Ana de la Jungla, aunque, por entonces detentaban los cargos de Teniente y Capitán respectivamente.

“El Oro de Cush”, “Piccolo chalet” o “Pequeño cabaret”

Acá no hay excusas para los títulos múltiples más allá de que a Josep Toutain le habrá parecido raro titular una obra de temática bélica con una equívoca alusión a un cabaret. Así que en la edición de 1992, prefirió el más aventurero “El oro de Cush”. La edición posterior de Norma corrige esta desviación y, por lo que se ve, la nueva de Fondo de Cultura deja el título en italiano.

Hubo que esperar hasta 1975 para que Pratt nos entregara el segundo volumen de esta saga y se observan varios cambios. El ahora capitán Koinsky va adquiriendo un perfil más heroico. Sigue pegando algún tiro cada tanto pero está lejos del frío asesino del primer volumen. Incluso estuvo a punto de arrojarse a un avión en llamas para tratar de rescatar al piloto. Es, además, el único de los Escorpiones con una participación destacada en esta historia (Hassan Beni Muchtar aparece apenas en la página final) en la que compartirá el protagonismo con dos personajes que sólo aparecen en esta entrega: el teniente Stella del ejército italiano y el revolucionario Cush del pueblo Beni-Amer. Este último, otro amigo de los lectores, ya que había acompañado al Corto en Las Etiópicas. Aparece también Al-Andalus, el halcón que le regaló, y tenemos las últimas noticias sobre el marinero: Desapareció (¿murió?) peleando en la guerra civil española.

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El diálogo es memorable. La traducción me parece algo confusa. Ojalá la nueva edición la mejore.

La presencia de esta tríada protagónica permitirá escenificar algunos de los mejores y más característicos rasgos de la serie:

Aunque acá jueguen de antagonistas, los mejores personajes que crea Pratt en este título son los italianos.

Las diferencias entre bandos enemigos pueden superarse con unos minutos de charla. Finalmente, todos los europeos se sienten bastante desubicados en ese territorio exótico y hostil, y les resulta más fácil entenderse con otro europeo (aunque sea un enemigo) que con un africano (aunque sea un aliado).

Se confirma la hipótesis del volumen anterior. Al tipo simpático pero jodido hay que matarlo porque es doblemente peligroso.

“Un fortín en Dancalia” o “Azadas dáncalas”

Esta tercera aventura apareció en 1980 y fue la primera en publicarse originalmente a color.

El absurdo de la guerra y de la forzada coexistencia entre todos esos hombres con diferentes culturas, objetivos e idiosincrasias se exacerba hasta lograr un relato que roza lo surrealista.

El avión en el que viaja Koinsky es interceptado por cazas italianos que lo obligan a descender y lo hacen prisionero, pero los Escorpiones roban otro avión y logran escapar. Ocurre que el avión estaba en reparación y cae en el desierto donde el polaco termina prisionero de los feroces dáncalos que a su vez lo liberan y llega a un fuerte italiano donde lo apresan por tercera vez en el capítulo.

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Presencia del conflicto palestino-israelí desde el primer tomo.

En el fuerte solo quedan dos italianos y un puñado de ascaris (soldados nativos) al borde de la insurrección. Saben que no tienen fuerzas suficientes para defender la posición y están dispuestos a rendirse en cuanto el enemigo avance con una fuerza superior. Lo gracioso es que cada vez que aparecen enemigos, están en peores condiciones que ellos y cada uno que llega al fuerte, se entrega a los italianos.

Otro tema central de este volumen es el desgaste psicológico que representa para los europeos verse aislados y encerrados durante meses en un puesto en medio del desierto. Los dos italianos intentan superar el estrés aferrándose a las costumbres de su vida normal en la “civilización”. Mario Palchetti, el oficial al mando, es cantante lírico vocacional y entretiene a su tropa de africanos interpretando pasajes de óperas famosas. Franco Ferrini, el médico, sigue peinándose a la gomina aunque el viento del desierto le convierte la cabeza en una tarta de arena.

La historia tiene todo para ser una comedia excepto porque la guerra no se detiene y cada tanto nos lo recuerda con su brutal tributo de muertes.

Ese contraste entre el tono (absurdo y liviano) y el tema (trágico y violento) hacen que este álbum, el más brillante y humano, sea mi favorito personal de la serie.

“Conversación en Mululhe”, “Conversación mundana en Mouhoulé” o “Dry Martini parlor”

Aparecido en 1982, sólo dos años separan este cuarto álbum del anterior y, sin embargo, las diferencias gráficas son notables. Pratt cambia la diagramación europea clásica de cuatro tiras por página a una de tres tiras. Eso implica pasar de unas diez a seis viñetas en promedio por hoja. Si tenemos en cuenta que, con los años, el estilo del autor fue evolucionando hacia una síntesis y una economía de recursos cada vez mayor, el trabajar con viñetas más grandes acentúa todavía más ese proceso. Quienes amen la síntesis del Tano, estarán de parabienes con este álbum. Quienes prefieran su estilo más detallado, tal vez lo encuentren demasiado vacío y despojado.

Por otra parte, a lo largo del desarrollo de la serie, cada entrega ralentizó el ritmo de la narración, hasta llegar a esta “Conversación en Mululhe” que es la más lenta, reflexiva y (valga la redundancia) conversada de todas las historias de los Escorpiones. Además, proliferan los cuadritos sin texto, a veces mostrando la misma escena desde una perspectiva diferente o apenas un cambio en la expresión del personaje lo que contribuye al ritmo lento de la acción.

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El omnipresente paisaje del desierto.

A pesar de todo lo anterior y de sus apenas cuarenta páginas, el álbum presenta dos episodios narrativos bien diferenciados: el enfrentamiento con la mini-oruga italiana y el encuentro con el Mayor italiano Farfulla donde se toman los Martinis que dan título al relato.

Cabe destacar que, a diferencia del festival de tiros, explosiones y muertes de “Un fortín en Dancalia”, este último episodio es muy sobrio en el tratamiento de la violencia y una de las única muertes que se producen se da fuera de escena. Al mejor estilo del decoro clásico.

Reaparecen temas que ya son casi tópicos de la serie: los aliados que no tienen nada en común. Los enemigos que podrían ser amigos, e incluso lo eran antes de la guerra. La diferencia insalvable entre los europeos y los africanos. Incluso podríamos pensar que Pratt juega un poco a la autoparodia. Así como Stella se pasa todo un álbum hablando de su amada Lola, alias “La Breda”, acá La Motte se la pasa hablando de su añorada Adrienne, pero también Farfulla y hasta un soldado somalí sin nombre la añoran. Es que Adrienne sufría de amnesia a corto plazo y se enamoraba de todos y de ninguno.

“Brise de Mer” o “Brisa de Mar”

El último de los tomos escrito y dibujado por Pratt tardó diez años y apareció en 1992, pero tiene más del triple de la extensión de los anteriores. Siguen las tres tiras por página y el estilo sintético aunque pareciera menos apresurado y desprolijo que en el anterior. Una mejoría notable se da en el coloreado cuyas posibilidades técnicas en la década del noventa ya habían mejorado bastante.

Siguen las locuras de la guerra.

Koinsky se encuentra con dos fusileros indochinos (hoy diríamos vietnamitas pero por entonces eran colonia francesa) que están esperando instrucciones en el medio del desierto. La única forma de salir rápido de ahí parece ser convenciendo a Guerrino Módena, un soldado italiano que también se quedó solo cuidando un tanque Breda. Evidentemente el italiano perdió bastante el norte porque usa su camello para arar el desierto y riega las piedras creyendo que tiene un cultivo de flores. Sumen que como guía local contratan a Ghula, una bruja dankalí que afirma ser la mismísima Lilith y que para disimular escoltan a Madame Brezza, la dueña del burdel que da nombre al tomo.

Con esos personajes, Pratt conforma uno de los grupos más heterogéneos y graciosos de toda su bibliografía. De más está decir que ocurren muchos disparates pero merece una mención especial el momento en el que para hacerse pasar por italiano, Koinsky se peina hacia atrás con brillantina y se pone talco en las partes pudendas. Eso sí... no sabe más de dos palabras en italiano. ¿Lo habrá leído Tarantino antes de rodar la famosa escena de Bastardos sin Gloria?

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Vuelve el Koinsky cínico.

Igual que en “Un fortín en Dancalia”, el tono cómico de algunos pasajes, contrasta fuertemente con las escenas de la más cruda violencia. Este tomo lleva hasta el punto más álgido uno de los conflictos que ya había aparecido secundariamente en anteriores entregas. El choque entre la aristocrática formación militar y la cínica y pragmática realidad de la guerra. Normalmente era Koinsky quien quedaba excluido de los rituales de aquellos militares de academia, formados para una guerra entre caballeros que ya no existía. Pero en esta historia, hasta el duro polaco encuentra su límite al tener que aceptar que un grupo de muchachas se prostituyan para poder distraer a la tropa enemiga y tomar una posición.

Después de eso, tras tres álbumes en los que parecía haberse ablandado un poco, tenemos un breve regreso del primer Koinsky, más violento y amargado... en perfecta consonancia con el final más triste de todos.

Y después...

Hugo Pratt dejó este mundo (un poco más aburrido desde su partida) en 1995 sin más aventuras de los Escorpiones que las aquí reseñadas. Sólo quedan un par de cositas que agregar:

Paralelamente a la publicación de la serie principal, El Tano había comenzado una serie de relatos unitarios reunidos bajo el título genérico de “Historias de Guerra de Koinsky”. En esa serie, el coronel polaco actúa como narrador (al estilo de Ernie Pike) de distintas hazañas de la Segunda Guerra Mundial de las cuales no es protagonista.

Al igual que con Corto Maltés, la franquicia de los Escorpiones del Desierto, continuó después del fallecimiento de su autor y ya lleva publicados dos álbumes: Le chemin de Fiévre (2004) de Pierre Wazen y Quatre Cailloux dans le feux (2008) de Giuseppe Camuncoli y Matteo Cassali.

Estos todavía no los he leído pero si la edición de Fondo de Cultura los incluye, seguramente me los compre.

 

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Escrito por:
Facundo Vazquez
Guía su vida por el bushido y la frase de Benjamin "Ustedes nunca vieron morir a un burro".
Facundo Vazquez
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