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Stray Toasters

Bill Sienkiewicz en su máxima expresión

Por: Tomas Bianchi - 01 Ene 2018 Se lee en: 4 mins
Stray Toasters

Varios me han preguntado “che y de los tantos dibujantes que hay en el mercado, ¿a quién bancas y te ponés la camiseta como si fueras un hincha exacerbado?” Se me llena el cerebro de nombres y empiezo a tirar, pero nunca demasiado seguro hasta que llego al que llego siempre después de tanta vuelta: Bill Sienkiewicz. Y obvio, a veces me bardean y me dicen “pero capo, te gusta un dibujante demasiado críptico…a ese tipo no se le entiende lo que dibuja, demasiado ambicioso, demasiado personal, bla bla bla…” A ver, que es críptico no te lo niego, que no es para todos los gustos tampoco pero ya cuando me tirás frases como “no lo entiendo, por ende no me gusta” cierro la boca y no digo más nada. ¿Qué es ambicioso? Y obvio viejo, como todo buen artista, ¿de qué hablás? Sí, me pongo en hincha cuasi agresivo. Porque lo banco y porque disfruto de las páginas que este autor tan bestial dibujó en su carrera y sigue dibujando. Cuando me hablan de Sienkiewicz, pierdo la objetividad.

Desde su mimetismo con el estilo de Neil Adams en las páginas de Moon Knight (que a la vez fue evolucionando de a poco en algo más personal) junto a Doug Moench, hasta la ruptura total en The New Mutants con Chris Claremont (a cierta editorial que vende libros tapa dura de Marvel en los kioscos de revistas les faltó meter en la colección esa belleza monumental que es “The Demon Bear Saga”…vergüenza gente) hasta llegar a la máxima madurez junto a Frank Miller en “Elektra Assassin” y “Daredevil: Love and War” (te miro otra vez, editorial de tapa dura…) explotando en acuarelas y puestas de página hermosas e imposibles. Y a partir de ahí a su escalón entre los grandes, aunque siempre mirado con cierta reticencia. Varios issues entintados, portadas, un comic sobre Jimi Hendrix que produce fuegos artificiales en los ojos, Big Numbers junto a Alan Moore que quedó inconclusa carajo mierda!…Y el tipo sigue.

Hoy me meto de lleno en cierto comic que el ya mencionado escribió y dibujó a fines de los años 80, momento en el cual estaba en la cresta de la ola y con una ambición terrible por romper con los esquemas.

Stray Toasters fue publicada en 4 prestiges en 1988, bajo el sello Epic Comics de Marvel, sello donde los autores podían firmar obras mucho más personales y adultas con mucha libertad creativa.

Describir el argumento no es para nada fácil, pero me mando a intentarlo de manera resumida y a su mínima expresión como obra de género policial: Stray Toasters nos cuenta las peripecias de Egon Rustemagik, un policía alcohólico recién salido de un psiquiátrico que se pone tras las huellas de un asesino en serie que se dedica a matar mujeres. A su vez, detrás de todo eso nos vamos metiendo de lleno en las desapariciónes de varios niños. A medida que avanza la historia van apareciendo más personajes: esposas y ex esposas, Todd (un pibe con problemas de autismo), un fiscal con serios problemas de perversión sexual…En fin, un reparto muy variado en donde encontramos solo una cosa en común respecto a sus personalidades: están todos del orto y son personajes desbordados mentalmente. Además de esto, tenemos en el reparto al mismísimo Satán, que mediante postales enviadas a su “familia” nos cuenta su experiencia mientras pasea por la ciudad donde transcurre la historia.

Cada uno de los personajes es una pieza diminuta de un rompecabezas gigante que el autor va armando, a veces tirando pistas y otras veces confundiendo al lector y provocando pensamientos de “¿Qué carajo está pasando acá?” Sienkiewciz lo logra a la perfección: estamos ante un comic para nada convencional, parece ser que uno de los objetivos del comic es crear un bardo tremendo entre los sentidos del lector, una especie de bomba de tiempo que va a explotar a la siguiente página.

Si bien parece un policial al uso, el comic se va moviendo por varios géneros. Hay fantasía, hay ciencia ficción y todo orquestado por el arte del gran Bill, que acá ya se pasa de maduro y juega con todos los chiches que tanto le gustan: acuarelas, lapiceras, objetos reales dentro de la puesta en página, collage, viñetas que invitan a dar vuelta el libro y una paleta de colores más que amplia. Agreguémosle a todo esto una buena cantidad de texto (sí, acá hay mucho texto) y nos encontramos con un comic de esos pesados (en el buen sentido de la palabra) y que invitan a meterse de lleno y dejarse llevar.

Situándonos a fines de los 80 en EE.UU, esa década que ya estaba desgastada y podrida, Sienkiewicz aprovecha todo el mambo para hacer una denuncia social exquisita hacia los medios de comunicación y a las fuerzas del orden, ridiculizándolos en todo momento con algunas frases y diálogos brillantes. No se salvan tampoco las familias, siendo la crianza de los más chicos uno de los puntos fundamentales de la historia.

Quizás esto sea lo más críptico que haya hecho en toda su carrera. No voy a negar que el comic demanda varias lecturas y que provoca algunos dolores de cabeza, pero tampoco voy a negar que cuando se da por terminada la historia, uno siente que una pequeña pero incisiva porción de genialidad acaba de pasarte por los ojos.

Una experiencia de lectura única como pocas, que no cae en lugares comunes y que tiene una ambición que no puede llegar a dejar a nadie indiferente. El comic pide a gritos ser continuado hasta el final, transitar el infierno completo para llegar hacia el encaje de todas las piezas en las últimas páginas.

Aclaro que no es una obra fácil de conseguir porque se encuentra descatalogada. Mi primera lectura sucedió a través de scans y fue un grave error. Esta es una lectura para disfrutar directa y obligatoriamente desde el papel, asique si tienen la suerte de encontrar los 4 prestiges revolviendo bateas (como me pasó hace algún tiempo), no lo duden. No va a defraudar.

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