Historieta Argentina

Dora anotada, parte 6: Beit Mishpat

Dora vuelve en el tiempo (y a ser serializada)

Dora anotada, parte 6: Beit Mishpat

Pasan los años, las revistas y las “novelas gráficas”, pero Dora queda. Siempre presente en la discusión sobre cuál es la historieta argentina más importante del siglo XXI, la saga de Minaverry se distinguió inmediatamente por la fineza de su estilo gráfico y su capacidad de crear ficción atrapante de un ejercicio historiográfico que habla tanto más de nuestro presente que del pasado. Lo que la hizo, simultáneamente, una favorita del público y un objeto de estudio dilecto de la academia.

Palpitando el 15to aniversario de la publicación de su primer capítulo en Fierro. La historieta argentina, allá por noviembre de 2007, acá en Ouroboros World nos volvemos a sumergimos en las (aún abiertas) aventuras de Dora para ofrecer una lectura complementaria, comentada. Una “Dora anotada” con datos, análisis, ideas, contextualización histórica, etc., que aspira a invitar a volver a disfrutar de la obra manga de Minaverry una y otra vez.

Arreciaba lo más duro de la pandemia, con pico de contagios y cuarentena (semi)dura en efecto, cuando desde la página de Facebook de Fierro se anunció sorpresivamente que la venerable institución de la historieta local volvería una vez más desde las cenizas. A tono con los tiempos, esta vez no habría que ir al kiosco para leerla, ya que el regreso sería de manera digital. El proyecto estaba dirigido por Lautaro Ortiz, partenaire de Juan Sasturain en la célebre segunda etapa de los 2000 y padre adoptivo de la criatura desde la tercera encarnación, y Mariano Buscaglia. La infraestructura la ponía El Destape, el medio de Roberto Navarro.

Vuelve Fierro, vuelve Dora
Vuelve Fierro, vuelve Dora.

El cambio de plataforma demandaba una oferta editorial tan atractiva, tan potente, que convenciera hasta al más reacio entre el público de la revista a hacer el salto del papel a los bits. Si me hubiesen preguntado a mí, les hubiera dicho que esto significaba que no podían faltar ni Minaverry ni su Dora, que con el correr de los años se había convertido en el personaje insigne de la segunda época de la revista. Creo que Ortiz hubiera estado de acuerdo, ya que no solo orquestó el regreso de la joven Bardavid a las “paginas” de Fierro, sino que utilizó los dibujos de Minaverry extensivamente en la promoción del regreso.

Lo que pudimos, y todavía se puede leer, en la Fierro digital fue Beit Mishpat, una suerte de “intercuela” que nos retrotrae a 1961 (recordemos que el libro anterior, Amsel, Vogel, Hahn nos había dejado en la puerta de 1965). La nueva historieta fue publicada en ocho capítulos de 8 páginas cada uno, serializada irregularmente entre septiembre de 2020 y abril de 2021.

Inmediatamente luego del final de la serialización se anunció que Dora: Beit Mishpat sería el primero de los libros Las series de Fierro, una colección de tirada limitada y única con la cual la “revista” llevaría sus títulos más convocantes al papel en conjunto con la editorial Hotel de las Ideas. Con sus 64 páginas de historieta, este es el volumen más flaco de la serie.

La tapa del primer libro en la colección Las Series de Fierro
La tapa del primer libro en la colección Las Series de Fierro.

Tanto en una encarnación como en la otra encontramos el regreso del color, que había estado ausente de la serie desde los tiempos de la Fiero en papel. Pero aquí, a diferencia de en El año próximo en Bobigny, no parece ser usado con fines narrativos específicos. Que esto no se lea como una crítica al arte de Minaverry. Acá el dibujante, como escribí en la columna anterior, está operando en pleno despliegue de sus capacidades. Este es el trabajo de una artista que ya sabe lo que quiere plasmar en la página y lo hace. Simplemente lo que estoy marcando es que aquí la inclusión del color aparece como algo que la publicación digital permitía sin aumentar costos o complicar la impresión.

También se puede señalar que el color presenta una diferencia entre la versión original digital y la posterior en papel: mientras la primera usa un solo tono, un verde agua apastelado, la segunda utiliza colores bien estridentes (verde, azul y, especialmente, rojo) que sirven para diferenciar bien el fin de un capítulo y el inicio del siguiente. Aquí si la diferencia probablemente se deba a condicionantes materiales propios de la imprenta. Ya alguna vez había comentado el autor que había dejado de usar el recurso porque complicaba la producción a la hora de compilar el libro porque este era mayormente blanco y negro.

Beit Mishpat es una entrada atípica dentro de la serie. Si bien Minaverry ya había jugado con lo coral en El año próximo en Bobigny, aquí lo lleva al paroxismo en una historieta que tiene un protagonista diferente por cada capítulo, los cuales prácticamente no se cruzan entre sí. La acción está separada en tres locaciones desparrama a lo largo del mundo, siendo dos conocidas (Bobigny y el ficcional pueblo bonaerense de Vivar), y una nueva (Jerusalem).

Comparación entre la edición serializada digital y el libro de papel
Comparación entre la edición serializada digital y el libro de papel

Lo único que anuda los fragmentos es la temporalidad. Cada viñeta transcurre durante junio de 1961, mientras se celebraba en Jerusalem el juicio al funcionario nazi Adolf Eichmann, capturado el año anterior en Argentina. Cronológicamente, esto ubicaría la historia entre el viaje a Vivar ilustrado en Rat-line y los eventos de El año próximo a Bobigny, que desde su portada afirma transcurrir durante 1962.

Sin una línea directa a la cabeza del artista o conocimiento de la cocina detrás de Beit Mishpat, esta historieta se siente como un compromiso entre el deseo de ser parte de la nueva encarnación Fierro, casa original de Dora, y la imposibilidad de publicar allí el siguiente capítulo de sus aventuras. (El cual sabemos, gracias al dosier de Gonzalo Ruiz publicado Comiqueando digital, se llamará La Ciudad Muda, y suponemos se encuentra en alguna etapa de su proceso de producción). Al final del día, el saldo es que hay más Dora, y eso, por lo menos para mí, es más que positivo.

Este acercamiento a la historia tiene sus pros y sus contras. Entre lo segundo, cuento más que nada la ansiedad que me genera saber que tendremos que seguir esperando para leer cómo avanzan las andanzas de Dora a lo largo de la década del sesenta. Entre los primeros, identifico que, ante la necesidad de literalmente parar la pelota narrativa, Minaverry encuentra el tiempo y la tinta para dedicar unas cuantas viñetas a desarrollar personajes secundarios apenas esbozados, o volver a visitar a otros que creíamos olvidados.

El elenco de Beit Mishpat
El elenco de Beit Mishpat

Entre los primeros podemos contar a Beatrice Roubini, futura jefa de Dora; al británico Percy Adler, a quien conocimos al final de Amsel, Vogel, Hahn y tiene una suerte de origin story en sus 8 páginas; y, quizás más importante, Matilde Benzaquen, la madre de la protagonista, quien hasta ahora era mayormente una presencia fuera del panel, y aquí prueba aquí ser cuanto menos tan testaruda como su hija.

Entre los segundos, los viejos conocidos, contamos a Lotte Schmitz, compañera de cuarto de Dora en 20874 que aquí aparece atrapada en la vida de la que se verá liberada en Malenki Sukole; a Judith y al resto de los Zylberman, la familia judía que dio acogida a Dora en su viaje a Argentina; y a Zvi Bar Lev, el misterioso hombre tuerto que también debuta en Rat-Line, quien aquí se confirma es un espía del servicio de inteligencia israelí, el Mossad. Las otras dos historias están dedicadas a Camille Berguier, colega de Dora que protagoniza el capítulo sobre Vogel, y la misma Dora Bardavid, en una viñeta que no revela nada nuevo del personaje, pero reafirma su convicción.

Si bien ya lo sabíamos, este ejercicio narrativo de hacer un corte sincrónico deja en claro que la historieta de Dora es efectivamente un mundo entero. Un mundo habitado por un elenco nutrido de personajes que tienen un fuero interno, que tienen motivaciones y trayectorias que le son propias. Lo cual parecer algo básico de la narrativa, dibujada o no, pero realmente no lo es, y menos lo es en la historieta argentina actual.

En el lenguaje visual de la serie ya está establecido el contraste entre lo real/recto y lo onírico/sinuoso
En el lenguaje visual de la serie ya está establecido el contraste entre lo real/recto y lo onírico/sinuoso

La serie de condicionantes interrelacionados que han moldeado a la producción local pos 2001 (la desindustrialización/”amateurización” del medio, la imposición de la novela gráfica de aprox. 100 páginas como modelo, el auge del ensimismamiento y la “literatura del yo”), han hecho algo raro de la creación de frondosos mundos ficcionales. Algo por lo que la historieta siempre ha destacado, y por lo cual es conocida por igual entre lectores y no lectores.

Mucho se ha destacado que la serialización empecinada de esta historia a lo largo de una década y media ha ayudado a erigir a Dora como el personaje más reconocible de la historieta argentina del siglo XXI. Personaje en el sentido pleno del término, como Nippur de Lagash, Patoruzú o Juan Salvo. Pero, a mi criterio, no se ha subrayado lo suficiente que ella está inserta en un mundo, un mundo poblado por otros personajes igual de palpables, con los cuales uno se puede identificar o antagonizar.

Quizá esta omisión se dé porque el mundo de Dora es uno fuertemente anclado en el nuestro, en el mundo real. Hemos detallado a lo largo de esta columna el esfuerzo que pone Minaverry en replicar con verosimilitud al pasado que nos presenta dentro de sus viñetas, mediante el estudio de la arquitectura, del diseño y de los documentos de ese tiempo pretérito. En este sentido, casi podríamos decir que el historietista es un poco víctima del historiador.

Pero que nadie se confunda, este es un mundo ficcional, creado. Anclado en la historia, sí, pero que está habitado por personajes ficcionales que, estén basados en modelos históricos o imaginados ex nihilo, están llenos de su propias verdades y sentimientos, como reflejan tanto las palabras que Minaverry les pone en los globos como las expresiones con las que adorna sus caras.

¿Y si dejamos descansar a Batman y usamos este meme de la cachetada?
¿Y si dejamos descansar a Batman y usamos este meme de la cachetada?

En este sentido, vuelvo a un punto anterior al remarcar que hoy el mayor punto débil de Dora es que toda esa tensión y energía que genera tal ambición narrativa no termine de poder aprovecharse del todo dentro del panorama de la historieta argentina actual y su modelo de producción posindustrial. Como la proverbial pistola teorizada por Bertolt Brecht, aquella que al ser puesta en escena durante el primer acto demanda ser disparada en el tercero, un mundo ficcional tan rico en personajes y problemas a resolver pide ser explorado, explotado narrativamente con una intensidad que el ritmo de producción actual no llega a satisfacer.

Aquí, nuevamente, podríamos volver a presentar a Minaverry como víctima de su propio éxito. Con cerca de 700 páginas publicadas en sus primeros quince años de vida, la épica histórica de Dora es una de las historietas más ambiciosas que ha sido producida en Argentina durante el siglo XXI. Un hito que es aún más asombroso si se lo contextualiza, si se entiende que ha sido alcanzado operando dentro de condiciones materiales de producción que, como afirmamos arriba, conspiran en su contra. Y, así y todo, para el lector voraz tiene gusto a poco. El precio que nos toca pagar por tener el privilegio de ser contemporáneos a Dora.

Así terminamos la relectura, alcanzando todo lo producido a la fecha. Como iniciamos la serie de notas, con su fiesta de quince a la vuelta de la esquina, es un gran momento para volver a leer la gran historieta argentina del siglo XXI, si es que no lo han venido haciendo hasta ahora. Para quienes sí lo hicieron, nos queda esperar la aparición de La Ciudad Muda y, espero, el reencuentro con otra entrega de Dora Anotada.

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Escrito por:
Diego Labra
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