¿El comicsgate argentino?

Una opinión sobre las polémicas modernas en la historieta argentina

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ADVERTENCIAS, MUCHAS ADVERTENCIAS

Con un título así de sensacionalista espero que esto se viralice lo suficiente como para que llegue a todas las personas a las que este tema las atraviese, porque me parece importante visibilizar ciertas problemáticas que a veces no salen de muros privados, grupos cerrados o personas que borran su presencia online como si eso borrase los recuerdos de la gente (spoiler: no lo hace).

En su taller de análisis crítico de historieta, Andrés Accorsi nos dijo algo que tengo fijo desde que empecé a escribir en Ouroboros y es que lo que uno escribe no es imparcial, no somos entes que publican artículos fuera de un contexto, y como no se puede caretear la neutralidad absoluta es mejor hacer todo lo contrario, poner los pies sobre la tierra y declarar desde dónde estamos hablando. Yo soy un varón heterosexual, cisgénero, blanco y de clase media (¿existe la clase media?) y desde la posición social más privilegiada que existe voy a hablar de controversias, debates, escraches y símiles relacionados a las luchas sociales y, en mayor medida, el feminismo. No porque me crea un experto en el tema sino porque tengo un teclado y una plataforma que me permite expresarme, una plataforma que, vale la pena aclarar, también está abierta a personas menos privilegiadas que quieran hablar de historieta. Ouroboros no es una comunidad cerrada, constantemente busca miembros nuevos y nuevas y, para bien o para mal, no tiene una bajada ideológica más allá de “hablar de historietas o cosas relacionadas”. No cuestionamos ni censuramos a nadie siempre que no sea abiertamente discriminatorio/a. Por suerte, todavía no se dio el caso.

CRÓNICAS

Saldado todo eso, podemos hablar de lo importante. El título de esta nota además de sensacionalista es “misleading”, engañoso, porque, afortunadamente, en Argentina no llegamos a los extremos que se llegó en EEUU con la controversia en las historietas de superhéroes (gente despedida, comiquerías vandalizadas, ciber-peleas púbicas entre figuras del medio, etc), pero eso no significa que no hayamos tenido controversias propias a raíz del avance del feminismo y los movimientos progresivos en nuestro país y que eso se haya reflejado en la comunidad de lectores, productores y difusores de historietas.

Desde mi perspectiva, no tuvimos una controversia específica y continua, sino un cúmulo de situaciones que se fueron dando, y que se acumularon hasta el punto en el que no pasamos dos días sin que se armen forobardos al respecto. Egoístamente, decidí hablar del tema recién cuando llegó a este mismo sitio, pero mejor tarde que nunca.

El antecedente moderno menos reciente del que tengo memoria (lo cual no significa que las controversias arrancasen ahí, todo lo contrario) es el ya famoso “conocido varón del cómic argentino”: un artículo publicado por Cosecha Roja en el que relataban que en un grupo de Facebook se habló en un post sobre las primeras experiencias masturbatorias de los miembros relacionadas con personajes de historieta, y que cuando participó una mujer supuestamente la censuraron y excluyeron. El artículo hace un extraño corte para hablar de una historietista (que yo personalmente consumo y banco bastante) y después para hablar del festival “¡Vamos las pibas!”. La primera parte del artículo podría ser loable para denunciar el machismo en los lectores de cómics y esa cultura machirula que deja a las mujeres afuera, excepto que tuvo que salir justamente una mujer, administradora del grupo donde se dio la conversación, a decirles con mucha altura que la nota era un recorte amarillista hecho para promocionar la muestra de la que se hablaba inmediatamente abajo. Un papelón, pero… ¿eso significa que esa cultura machista en los cómics no exista? Desgraciadamente, no.

Unos meses después pasó algo que movió bastante a la comunidad, sobre todo a los de Capital Federal, porque muchos frecuentaban el espacio, con experiencias dispares: una famosa comiquería se baña en controversia cuando una mujer denuncia socialmente a su dueño por abuso psicológico, y después se suma otra que da testimonio de una situación similar a la que se le suma acoso laboral. Las redes de la comiquería desaparecen por unos días, y cuando reaparecen lo hacen para decir que habían iniciado acciones legales CONTRA las pibas. Sí, el escrachado responde denunciando, y lo preocupante es que sus clientes no dudan un segundo en salir a felicitarlo por hacerle frente a esa “ficción malintencionada” que “por suerte no se difundió ni hizo ruido”. Por supuesto que las involucradas, para protegerse, borraron sus testimonios, y el machismo gana una vez más porque con esas amenazas nuestro “dealer favorito” se asegura de que nadie se atreva a denunciar casos similares. Y si creían que todo esto era frustrante, entonces no se imaginan lo que es ver al escrachado con pañuelos verdes haciéndose el feminista y editando un libro de arte de tintes feministas en el que, atención, todos los involucrados son varones. Un olor a huevo terrible.

Pasan los meses y, con menor difusión, la Editorial La Pinta saca de su catálogo un libro al tener conocimiento de la participación de su autor en una situación de abuso. Me gusta contrastar este caso con el de la comiquería para que repensemos todos qué productos consumimos y a quién ayudamos a llegar a fin de mes.

Y finalmente llegamos a los tiempos más recientes (aunque, repito, son las controversias de las que yo tengo conocimiento, desgraciadamente es muy probable que se hayan dado más en círculos que no frecuento. Acá no hay omisión voluntaria) con el caso que toca al sitio en el cual estás leyendo esto ahora mismo. Hace unos días uno de nuestros colaboradores, Facundo “el profe” Vazquez publica su “Sexo al desnudo en la historieta Argentina”, que arranca con enormes advertencias y aclaraciones, como que la nota está embebida en subjetividad, que era asegurado que faltaran ejemplos, lo ambiguo y problemático del corte que hacía y, por supuesto, que nadie tenía por qué estar de acuerdo. Se le pueden criticar muchas cosas al artículo, pero no que pretendiese ser absoluto ni una “historia de historieta argentina” explicada por un experto en el tema. Sin embargo, la polémica llegó igual, acusando al artículo de excluir a las mujeres, de sexista y de promover la misoginia en el ambiente del cómic.

Yo no estoy acá para defender esa nota porque su creador es bastante capaz de hacerlo por su cuenta y la caja de comentarios siempre está abierta para hablarle, aunque desgraciadamente eso fue lo que menos pasó. Además de las críticas que recién mencioné, hay una muy interesante que es la de decir que el artículo declara que a partir del año 2001 no hubo más historieta, acusando al sitio entero de promover una movida tan peligrosa como la nostalgia glorificada, ignorando el presente de la historieta argentina. Esto está bastante lejos de ser verdad y solo basta con ver las notas que hicimos, sin ir más lejos, sobre las novedades publicadas para la última Crack Bang Boom para darse cuenta. Respecto al artículo específico se “copypasteó” bastante una frase fuera de contexto del artículo (“Pasó la crisis del 2001 que redujo a átomos lo poco que quedaba de la historieta nacional”) para criticar, amenazar y, más interesante, memear el artículo, y aunque a mí me gustan los memes, me gustan más cuando tienen sentido, porque la frase que viene literalmente después habla de la recuperación del mercado, y el párrafo siguiente de los nuevos emprendimientos, de la libertad creativa ganada y de los nuevos públicos. Esa última parte fue ignorada olímpicamente, pero tampoco estoy acá para criticar a los que criticaron a la nota. Es más, yo le critiqué cómo en la última parte clavaba frenos al análisis histórico de la historieta erótica que venía haciendo y se pasaba diecisiete años en doscientas palabras y se lo hice saber a su autor que, repito, está siempre abierto a escuchar posturas contrarias y recibe recomendaciones de material del que no esté enterado. Igual ojalá que sigan los memes porque me encantan.

Comentario aparte, Vazquez no es el único que postula una idea similar respecto a la caida de la producción historietística en el 2001. Para dar dos ejemplos, en el Libro de Fanzines (editado este año por Tren en Movimiento y uno de libros sobre historieta más interesantes de los últimos años) declaran Julian Blas Oubiña Castro y Roberto Barreiro "Para la historieta ya era tarde, el año nuevo [2002] encontraba a los kioskos vacíos de historietas de manufactura nacional; todas las editoriales especializadas en esta área habían cerrado o suspendido sus publicaciones de manera indefinida"; y en un corto documental sobre el aniversario de Fábrica de Historietas, Marcelo Pulido (editor de Historieteca), comenta "(...) por más que la tradición de la historieta acá es enorme, en el 2000 más o menos desapareció todo".

Todavía queda una más, desgraciadamente. Tengo entendido que esta historia empezó cuando una página feminista compartió la nominación a un premio francés de historieta de nuestra “La Sudestada”, la obra de Juan Sáenz Valiente que la viene rompiendo desde su salida hace unos años y no para de ganar premios y alabanzas del público. El tema es que no compartían la nominación para alegrarse de que una historia sobre cómo un hombre mayor y conservador entra en contacto con su “lado femenino” gracias a su relación con una bailarina de ballet, a la que ayuda a salir de una relación tóxica por puro altruismo (y no para ser “recompensado” con un final romántico entre ambos) sea premiada internacionalmente. No, era para quejarse de que la portada de la edición francesa hacía apología de los femicidios al exponer a una mujer en el barro bajo un árbol, por el que pasó la tormenta que lleva el nombre del libro. Sin pararse a pensar en las implicaciones metafóricas de la portada ni en su relación con la historia, empezaron a llover los comentarios (en español en un sitio francés, vale aclarar) acusando a su autor de machista, de que le “calentaba ver mujeres muertas” y literalmente mandándolo a morirse. Hasta donde tengo entendido, esas críticas venía de gente que no había leído el libro, pero no les hacía falta para mandar a la mierda al autor, a la editorial francesa y a todos los lectores que les explicaban, mejor o peor, que no era una obra que avale los femicidios, sino todo lo contrario.

“CÓMO LES CABE VERNOS MUERTAS, SORETES”

Lo de la edición francesa de La Sudestada es todo un tema. Según su autor (en la entrevista que pueden leer acá) el trato con la editorial no fue el más cómodo porque le impusieron muchas exigencias a la obra, tales como colorearla, que fuera en tapa dura, que cambiase viñetas, agregase páginas, etc. Una de esas imposiciones fue la portada, que es la única distinta a las demás ediciones. En un diálogo con el autor (previo a toda la polémica) me dijo que temía que por esa portada, en estos tiempos de reivindicación del feminismo militante, lo acusaran de machista, cosa que acabó sucediendo.

Admito que yo fui uno de los que saltó a defenderlo y que seguramente no me expresé de la mejor manera llevado por la bronca de que “toquen” algo que yo banco. Esa es otra movida peligrosa, la ceguera ante las críticas de lo que consumís, porque no te permite ver los defectos y los detalles más turbios de eso que tanto te gusta, y algo parecido seguramente surgió en los clientes de la comiquería antes mencionada. En el caso de la portada, la discusión se torció a “fans de La Sudestada vs haters de La Sudestada” cuando debería haber sido “¿por qué una editorial decide explícitamente que el libro tiene que tener una portada que lleve a pensar en femicidios, aunque no sea representativa del contenido?”. Los filtros de las redes sociales aíslan a los comiqueros en burbujas ideológicas y a veces creemos que todos están de acuerdo con nuestras posturas, y cuando algo atraviesa esa burbuja no siempre reaccionamos bien. Yo me hago cargo de mi ceguera ante una portada que era inevitable que cayera mal entre los consumidores con conciencia de las situaciones adversas que sufren las mujeres. Espero que las y los que acusaron a su autor de avalar los femicidios puedan hacer una reflexión similar. O no, porque cada uno atraviesa estas situaciones de forma distinta y para esas personas yo solo soy un machito al que le caben los femicidios y defiende femicidas.

SE ROMPE LA BURBUJA

No me interesa tanto analizar las situaciones recién relatadas, sino la reacción de la comunidad comiquera argentina ante todo esto. ¿Por qué el artículo de Cosecha Roja salta tan rápido a acusar de machistas a los varones comiqueros cuando las propias mujeres involucradas salen a declarar que lo que dicen es amarillista y poco representativo? ¿Por qué un vendedor de historietas popular puede acosar y abusar a mujeres y ser celebrado por mandarlas a callar? ¿Por qué se viraliza un artículo por negar la historieta moderna cuando en el mismo link que se comparte dice lo contrario? ¿Por qué se forma una grieta ideológica por la portada de una historieta que no nos deja ver el problema estructural detrás?

Por un lado está lo que mencioné antes de las burbujas ideológicas y cómo algoritmos nos separan en comunidades que están más o menos de acuerdo, sumado a una cultura de grupo que nos antagoniza a los de la otra burbuja en vez de ponernos a discutir sanamente las problemáticas que sufren los sectores menos privilegiados de la comunidad a la que pertenecemos todos. Pero yendo a situaciones más tangibles, yo siento que en los últimos años hubo un avance innegable del feminismo en las redes, en las calles y en el inconsciente colectivo que llevó consigo un avance igual de fuerte de movimientos antagónicos, forzados a salir de su pasividad al ser amenazada su hegemonía.

Por un lado se hacen movilizaciones masivas, se exigen políticas de estado y la sororidad está más a flor de piel que nunca entre las pibas, pero al mismo tiempo no paran de levantarse muros sociales al progreso: los pañuelos celestes y su triunfo en el senado, los movimientos “no te metas con mis hijos” (que sorprendentemente no se refieren a curas pedófilos, sino a que le enseñen a un adolescente cómo usar un forro) bancados por la iglesia, el alza de gobiernos homofóbicos, machistas y retrógrados en Latinoamérica y una taza de femicidios y trasvesticidios que sube cada semestre más (y solo hablando de las cifras oficiales denunciadas). El sentido común es más de derecha que nunca y eso solo lleva a frustraciones de los sectores más afectados por ese conservadurismo (de los cuales yo no soy parte, por supuesto). ¿Justifica esto las amenazas a historietistas que tienen de todo menos machistas? No sé, pero las explica. Hay un contexto de frustración y percepción de injusticia que no da lugar a expresiones que perpetúen ese machismo, incluso cuando podría no estar justificado. Pero ¿quién soy yo para decirle a la gente por qué pueden ofenderse? Nadie, solo un machito con un teclado.

En fin, para ir cerrando, aclaro que las polémicas también atraviesan otros temas además del feminismo (por ejemplo, tuve que leer con mis propios ojos a alguien acusando a Maus de ser “basura sionista”) pero claramente es lo que más mueve a las y los lectores. Otra aclaración: si van a basurearme, amenazarme de muerte o hacerme memes les pido por favor que los comenten acá o en las redes de Ouroboros porque no me los quiero perder y me gusta no-irónicamente escuchar opiniones disidentes a la mía. Qué aburrido vivir sin que nadie te cuestione, y qué peligroso que dejemos de cuestionar comportamientos tóxicos en este mundillo.

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