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Gilgamesh cover
Historieta Argentina

El Gilgamesh de Lucho Olivera

Un repaso por los primeros capítulos de la histórica serie de Lucho Olivera

Por: Matias Mir - 16 Jul 2020 Se lee en: 8 mins

Hablar de Gilgamesh como si fuera un desconocido sería caer en un error, ya que goza de fama por doble partida: por un lado es el protagonista de la “Épica de Gilgamesh”, el poema épico más antiguo de la historia conocida, y por el otro es quien le da el nombre a una de las series más emblemáticas de la veterana editorial Columba: “Gilgamesh, el inmortal”. Además, por supuesto, la idea original de un tipo de la antigua Sumeria que no se muere nunca fue adaptada y manoseada por todos lados al punto que probablemente sea más popular entre los jóvenes su encarnación de Fate, la saga japonesa multi-platafórmica. Pero volviendo a los cómics, es indudable la marca que dejó en el imaginario colectivo este personaje pelado y con cara de loco al que el tiempo le pasa por al lado.

Debido al renombre internacional del guionista Robin Wood, el personaje es usualmente asociado a la serie que el paraguayo escribió desde 1980 durante 66 capítulos en la revista D’artagnan antes de ser reemplazado en la labor por Ricardo Ferrari y después por Alfredo Grassi. Todas estas etapas de la serie fueron dibujadas por el gran Lucho Olivera, y por años quedó bastante eclipsada la serie original iniciada por él en 1969 (con fecha de tapa de enero de 1970) y que fue prontamente co-autorada por Sergio Mulko (en ese entonces bajo el seudónimo de Leo Gioser).

Pero antes de todos esos guionistas, antes de convertirse en una serie episódica de más de cien entregas, "Gilgamesh" fue el proyecto de un autor integral frente a la hoja en blanco que tuvo diez episodios de autonomía para desarrollar una de las sagas de ciencia ficción más ambiciosas que alguna vez vio la historieta argentina. Y de eso se trata todo esto, del origen de Gilgamesh.

Gilgamesh a color
Secuencia a color del mítico capítulo 9 (D'artagnan Anuario N°5, fecha de tapa de enero de 1973).

Entre hechiceros y marcianos

Las condiciones estaban dadas. Por un lado, en 1968 se estrena “2001: A Space Odyssey” de Stanley Kubrick, que además de inspirar a un Lucho ya metido de lleno en la historieta (en esa época estaba dibujando “Nippur de Lagash”) introduce a muchos a una ciencia ficción más madura, más introspectiva, en la que el vacío del espacio, la tecnología del futuro y la relatividad del tiempo producen una sensación más cercana al horror y la introspección que a la emoción de la aventura.

Por otro lado, en julio de 1969 la misión Apollo 11 aluniza en los televisores de todo el mundo, termina la carrera espacial en una aparente victoria americana que hace que a medio mundo de pronto no le interese otra cosa que los astronautas, las naves espaciales y Cabo Kennedy.

Alunizaje en Gilgamesh
El alunizaje en el primer capítulo de Gilgamesh. Había sucedido meses antes en la realidad.

Ademas, es importante notar la influencia de autores como Alberto Breccia y Hugo Pratt, y de series inspiradas por ellos como “5 por Infinito” del español Esteban Maroto y el “grupo de la Floresta” (como se conoció al equipo de dibujantes formado por el propio Maroto, Luis García, Carlos Giménez, Suso Peña, Ramón Torrents y Adolfo Usero). Publicada a partir de 1967 en la revista Delta 99, esta serie plantea una ciencia ficción clásica y aventurera, pero con una estética y diseño de personajes cuya influencia es notoria en "Gilgamesh". Quizás lo más notorio sea que el propio Gilgamesh comparte varios rasgos de personalidad, historia y hasta diseño con el propio Infinito (y también es interesante que la propia “5 por Inifinito” se publicó luego en la D’artagnan en paralelo con el Gilgamesh de Olivera como parte del bloque de ciencia ficción de la revista).

Todos estos elementos culturales, narrativos y estéticos confluyen en el concepto de “Gilgamesh, el inmortal”, la historia unitaria que presenta Lucho para el Anuario N°2 de D’artagnan.

Ese one-shot tiene tanto para contar que condensa 5500 años en 16 páginas de hasta diez viñetas cada una, chiquititas. Acá está el origen real de Gilgamesh: era el monarca del reino sumerio de Uruk hasta que se encontró con un marciano caído en la Tierra, lo curó y recibió a cambio la inmortalidad. Difiere bastante de la versión en tablillas, en la que el marciano, Utnaphistim, no es un marciano en lo absoluto, sino una especie de hechicero que le indica dónde conseguir la planta de la inmortalidad. Mientras que el poema original plantea que esta búsqueda de la inmortalidad nace de la tristeza de un hombre luego de perder a su amigo y su incapacidad para aceptar la mortalidad, la historieta de Lucho describe a un rey que siente que su intelecto y su alma no pueden solo desaparecer del mundo. Esa arrogancia se convierte rápidamente en aburrimiento y vuelve a conectar con la idea esencial del mito: que la inmortalidad no es un don, sino una maldición.

Gilgamesh entonces mete varios cameos a lo largo de la historia mundial, tiene el primer crossover columbero cuando se hace amigo de Nippur (podríamos considerarlo una de las primeras instancias de fanservice de la historieta argentina), alcanza por pocos meses a la historia contemporánea de la revista cuando llega al alunizaje y después empieza a hacer futurología planteando un final alternativo para la Guerra Fría en el que todos los humanos mueren en un bombardeo nuclear. Gilgamesh se queda imposiblemente solo, ahora incapaz de llegar a Marte para pedirle a Utnaphistim que lo haga mortal de nuevo, y ahí arranca a asomarse lo jodido del tema de la inmortalidad, la densa presión psicológica que ejerce la historia sobre el personaje y hace que el lector piense “epa, esto se recontra puso”. Y entonces se termina.

Gilgamesh y Kapland
Cómo lo cagaste a Kapland, pelado (capítulos 2 y 7, en D'artagnan N°222 y 251, respectivamente).

El dilema del inmortal

Este coitus interruptus historietístico no duró mucho, y en la D’artagnan N°222 del mes siguiente se publica un segundo episodio, consolidando su estatus de serie regular y elevando literalmente a la historia. Lucho rápidamente introduce una inteligencia artificial que saque a Gilgamesh un rato de sus monólogos, le da una nave espacial tremenda para sacarlo de la Tierra y, principalmente, le da una misión, una razón para que sienta que su inmortalidad valió la pena. Ahora el pelado tiene la responsabilidad de llevar a una horda de bebés criogenizados a un nuevo planeta apto para la vida humana y conservar a su especie. Lo más importante de todo esto es que le agrega el elemento del riesgo a la historia, algo difícil de plantear cuando a tu protagonista literalmente no puede pasarle nada.

Hagamos enfoque en eso por un momento. Este dilema del protagonista inmortal es algo que desde el principio Lucho entiende muy bien y desarrolla bastante rápido estrategias para sortearlo. Gilgamesh no puede morirse ni aunque lo tiren al espacio, entonces los verdaderos riesgos no vienen por el lado de la integridad física sino la psicológica. Fallar en su misión, perder a sus seres queridos, quedar varado para toda la eternidad como una piedra en el espacio (hola, Kars), todo eso cobra un peso dramático increíble cuando encima tiene que vivir con la culpa y el arrepentimiento para siempre. El peor enemigo de Gilgamesh no es la humanidad ni los aliens, sino su propia mente y el potencial que tiene para hacerlo sufrir hacia el infinito. Lo peor que puede pasarle no es morirse, es perder la esperanza.

Igual amenazas no le van a faltar, y es en esa área que el guion de Lucho Olivera brilla. Tal vez lo mejor de estos primeros episodios de Gilgamesh es que capítulo a capítulo suben la apuesta y plantean escenarios y dilemas más y más jodidos para que supere el protagonista. Gilgamesh sale al espacio exterior en su arca salvadora y se enfrenta a la posibilidad constante de que todo salga mal, a dilemas éticos y románticos (muy mal reutilizados en películas como “Passengers” de 2016), a marcianos desesperados por robarle su nave y matarlo con su tecnología (uno de los mejores y más icónicos episodios de toda la serie), a su versión de antimateria cuya existencia amenaza con destruir el universo, a un terrorífico dios cósmico y, eventualmente, a la perdida de toda tecnología y tener que empezar de cero en un alienígena planeta prehistórico. Cuando uno cree que llegó al límite que ofrece la cosmología de la serie, Lucho canta retruco y sube la escala del conflicto a niveles cada vez más imposibles, más metafísicos y lovecrafteanos. Es el equivalente literario a que el loco llegue a un duelo de cuchillos con un lanzamisiles, y es donde más se notan las inspiraciones Kubrikeanas y Clarkeanas.

Gilgamesh capítulo 7
Capítulo 7 de Gilgamesh, en D'artagnan N°251 (fecha de tapa: abril de 1971).

Ojos de loco

Más allá de la arrolladora historia de ciencia ficción que es, “Gilgamesh, el inmortal” nunca deja de ser también una excelente historieta en términos narrativos. Con el paso de los meses Lucho va encontrando un flujo más equilibrado para contar la historia, pero incluso en sus momentos más densos (en donde enormes bloques de texto explicativo luchan por robarse la página, el arte queda reducido a meras cabezas y llega a la insana cifra de dieciocho viñetas por página) no deja de ser atractiva de leer por lo ganchero del concepto y lo bien ejecutado de los elementos más divertidos de la ciencia ficción. Es la clase de historieta que de lejos asusta pero que al entrarle sorprende por lo llevadero y, en sus mejores páginas (donde crea escenas intensas o cargadas de estética sci-fi de mediados de siglo y referencias a sus influencias) alcanza momentos de manija poco comunes para historietas de la época, incluso leídas hoy.

Además, el propio personaje de Gilgamesh está tan bien construido que puede cargar con toda la serie él solo. Sus orígenes de sacerdote sumerio se mezclan con la cultura general adquirida a lo largo de su vida en la Tierra y con los específicos conocimientos en astrofísica y tecnología alienígena que tiene que aprender a la fuerza para mantenerse en movimiento. Pero más allá de todo eso, lo mejor de Gilgamesh es que está re del orto. Miles de años de vida de sobra fueron desequilibrándolo, y la constante exposición a dilemas éticos y el riesgo siempre presente de convertirse en una conciencia solitaria flotando fría en el vacío del espacio terminaron por volverlo un demente que, cual metrónomo, pasa de la intelectualidad más arrogante a la desesperación absoluta de una página a la otra. Si le preguntás a cualquiera que haya leído estas historietas, te dirían que el rasgo físico más característico de Gilgamesh es su famosa pelada, pero para mí la gloria en el diseño de Lucho Olivera son esos ojos de loco, llenos de sangre, que hacen que el lector mire algo incómodo la página y piense “¿realmente quiero que gane este tipo?”.

Gilgamesh loco
La locura del inmortal, en el capítulo 4 (D'artagnan N°244, fecha de tapa de diciembre de 1970).

De todas formas, Gilgamesh nunca gana. Tal vez sea mejor decir que nunca pierde. Más allá de la diferencia enorme entre sus historias, tal vez lo que diferencia a Gilgamesh de otros personajes clásicos columberos como Jackaroe o Nippur es el hecho de que el inmortal casi nunca tiene una verdadera victoria, sino que sus clímax se basan en una salida a último momento, en una solución que no lo termina convenciendo del todo o en un trueque en el que consigue su objetivo a costa de perder algo, tal vez más importante. Su estatus de héroe trágico lo hace, quizás, más atractivo que cualquier guerrero sumerio.

Gilgamesh y el anti-Gilgamesh
Yo y mi anti-yo (Capítulo 6, D'artagnan N°247, fecha de tapa de Marzo de 1971).

Los últimos serán los primeros

El décimo capítulo, publicado en la D’artagnan N°298, con fecha de tapa de marzo de 1973, podría ser tranquilamente el final de la serie. Incluye todos los elementos nucleares que hacen a una buena historia del personaje: dilemas éticos, problemas originales para complicar incluso a un inmortal y un final incómodo en el que queda bien en claro que la misión de Gilgamesh como guardián de la humanidad, al igual que su vida, nunca termina.

Después de eso comienza la etapa con Sergio Mulko a cargo de los guiones. Algunos de los elementos ya establecidos se mantienen, otros se desvanecen y después de una transición interesante se nota que la historia infinita va hacia otro lado. Mejor o peor, es una serie distinta, y concluye en su episodio 33, en la D’artagnan N°365 (fecha de tapa: octubre de 1975). Para que se hagan una idea de lo alejado que termina de las aventuras iniciales, en ese episodio los enemigos son unos vampiros subacuáticos.

La colección completa de Gilgamesh
Finalmente, la serie completa recuperada por Doedytores.

A partir de 2008 comenzó a reeditarse toda esta primera etapa, comenzando en el primer tomo de la genial Colección MP de la Novela Gráfica editada por Doedytores. Sin embargo, se comenzó por “Hora Cero”, como se llamó al arco que abarca los capítulos 15 al 25. En el onceavo tomo de la colección, en 2012, salió “Arenas rojas”, que recopila los episodios 26 a 33 y finaliza la serie. No sería hasta 2018 que Gilgamesh inaugure una nueva colección de rescate de historieta clásica argentina, en este caso la serie “Lo mejor de…”. Este primer volumen, “Gilgamesh, el inmortal: El origen”, salda una deuda con el público argentino y recupera estas diez entregas originales, además de los primeros cuatro capítulos de la etapa de Mulko, e incluso reproduce el famoso capítulo 9 en sus colores originales.

La labor editorial de Javier Doeyo y su equipo, entonces, finalmente nos permite acceder al origen de uno de los personajes más clásicos de nuestra historieta, cuya historia se remonta tanto a la década del setenta como a veinticinco siglos antes de Cristo.

Lucho falleció el 11 de noviembre de 2005, después de luchar contra el cáncer. Si uno lee "Gilgamesh" tal como la desarrolló Lucho es imposible no ver que, más allá de los marcianos y la tecnología y los dioses cósmicos, "Gilgamesh, el inmortal" es un extenso monólogo respecto a la mortalidad. Es la representación en historieta de los pensamientos más rebuscados, contradictorios y profundos de un autor que buscaba en la historia antigua de Sumeria (su mayor obsesión) respuestas a sus dudas respecto al valor de su vida en cuanto experiencia finita. Lucho falleció en 2005, pero todavía se lo puede ver en las bateas, en los libros con un pelado medio loco en la tapa, en todos los dibujantes a los que inspiró con su estilo único y en todos los lectores que quedaron marcados por esas historietas inolvidables. Al igual que su personaje, Lucho Olivera es inmortal.

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