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Épica y anacronismo en "Almer" de Manuel Loza
Historieta Argentina

Épica y anacronismo en "Almer" de Manuel Loza

Un héroe de la generación millennial

Por: Facundo Vazquez - 22 Dic 2018 Se lee en: 9 mins

Antes que nada quiero aclarar que aunque buena parte de este artículo es una reflexión sobre la épica en general, todo esto lo estuve pensando a partir de la lectura de “Almer Definitivo” de Manuel Loza que compré en la última “Dibujados”. Lo digo como un elogio porque la obra no solo me brindó una lectura placentera sino que además me llevó a reflexionar sobre el género y a tener una comprensión más profunda de algunas de sus características.

Esta nota tampoco es la típica reseña que solemos publicar en este sitio, recomendando una obra y repasando brevemente sus principales virtudes. Para eso llego tarde porque, afortunadamente, el libro ya fue exitoso entre el público y la crítica, obteniendo no solo reseñas elogiosas en las páginas especializadas sino también la nominación a los Premios Trillo del año pasado en los rubros de "autor integral" y "obra para público adulto".

Acá me propongo analizar solamente el tema enunciado en el título como si fuera un breve ensayo que hace abstracción de todos los otros elementos de la obra susceptibles de ser analizados. Es una propuesta distinta. Ustedes cuéntenme en la cajita de comentarios si les gustaría leer más notas de este tipo.

El buen Almer lo mismo te mata un dragón...

Las contradicciones del género épico

La épica es uno de mis géneros favoritos. Me encanta leer esas historias y también estudiar sobre el tema. Como todo género discursivo sigue una cantidad de convenciones que le otorgan principios propios de verosimilitud. O dicho en términos más llanos: nada es creíble en la épica si no empezamos por aceptar el pacto de lectura que nos propone.

Dentro de esas convenciones, tal vez una de las más sobresalientes sea la figura del héroe épico. Ya dijo Aristóteles que la comedia nos mostraba a los hombres peores de lo que son, la tragedia debía mostrarlos tal como son y la épica, mejores de lo que son. Ante los peores, el lector debía prevenirse; en los iguales tenía que reconocerse y frente a los mejores, admirarse. Y es que el héroe épico encarna los valores más relevantes de la sociedad en la que surge y se convierte en un ejemplo de conducta que corresponde imitar aunque nunca se pueda igualar.

Acá surge la primera contradicción y la primera decisión creativa importante: Ser superior al ser humano ¿No hace al héroe inhumano por definición? ¿Cómo se hace un personaje que es mejor de lo que los hombres son? ¿Basta con que sea un buen tipo o tiene que tener alguna cualidad sobre humana? ¿Alcanza con que sea física e intelectualmente superior o la superioridad también tiene que darse en el plano moral? ¿Sus méritos y defectos estarán equilibrados o será un puro compendio de virtudes? Estas preguntas tuvieron innumerables respuestas a lo largo de la historia, constituyendo, en muchos casos, géneros nuevos como el cantar de gesta, la novela de caballería o, más recientemente, la fantasía heroica, el cine de acción o los comics de súper héroes.

Queda la cuestión de cómo explicar la existencia de la anomalía que el héroe representa en la realidad del relato. La fantasía heroica (Tolkien, Úrsula Le Guin, Liliana Bodoc etc) suele crear su propio mundo, un contexto diferente al nuestro en el que los héroes son posibles. El género súper heroico, por el contrario, plantea un contexto muy parecido a nuestra realidad actual, por lo que necesita inventarle una explicación (digamos: una araña radioactiva) a cada héroe.

Pero la épica por excelencia utilizaba el recurso de ubicar las acciones en un pasado que permitiera introducir ciertas alteraciones en los principios de verosimilitud. Los héroes eran superiores a la gente común que uno se cruzaba por la calle porque habían existido en un pasado heroico, en el tiempo de los grandes hombres y las grandes hazañas. Por eso, cuando el héroe se basaba en un personaje histórico (como Roland o el Cid Campeador), era necesario dejar transcurrir un par de siglos a lo largo de los cuales sus virtudes fueran exageradas y sus defectos olvidados.

Esto nos conduce a la segunda contradicción: ¿Puede un personaje de hace varios siglos representar los valores de la sociedad actual? ¿Acaso los valores sociales no evolucionan a lo largo de la historia? Estas preguntas suelen resolverse con un ligero (o marcado) anacronismo en la construcción del personaje. Por poner un ejemplo clásico, los griegos creían que la guerra de Troya efectivamente se había producido entre los siglos XII y XIII A.C. En estos hechos se basan los dos poemas épicos de Homero. Pero los personajes de “Ilíada” y “Odisea” no observan las creencias, costumbres y valores del siglo XIII A.C. sino del siglo VIII A.C. Los héroes homéricos se reúnen y debaten como atenienses en el ágora cuando faltaban siglos para que su sociedad alcance ese nivel de desarrollo. Los historiadores creen incluso que la religión griega del periodo arcaico (que tiene una relevancia central en la trama de ambos poemas) ni siquiera existía como tal en el momento en que Homero ambienta la acción.

Cuando la diferencia histórica entre la obra y la ambientación se amplía, el anacronismo se acentúa hasta llegar a ejemplos extremos como “Kingdom of heaven” (2005) de Riddley Scott que nos presenta a un señor feudal medieval que promueve la movilidad social y la libertad de culto.

...te deconstruye el patriarcado...

Ahora sí: Hablemos de Almer.

“Almer Definitivo” es un libro de 184 páginas editado en 2017 por el grupo editorial Big Sur (Le Noise, La pinta, Szama y, al momento de la publicación de este libro, Términus Libros) con la colaboración de la comiquería Fans Choice. Teniendo en cuenta la extensión y la calidad del volumen, se entiende que se haya reunido un colectivo editorial tan numeroso para encarar el proyecto. El tomo reedita el material de “Almer Integral” que publicara la editorial Atmósfera en 2016 y ofrece tres historias nuevas que permanecían inéditas.

Al tratarse de una recopilación de historias aparecidas entre 2010 y 2017, puede observarse la evolución no solo del personaje sino también del autor y su adaptación a los diferentes medios en los que fue publicando.

El contexto en el que se sitúa la acción es el de las sagas artúricas. Almer, hijo de Sir Brastias y guardián de las marcas del norte es un joven caballero de la mesa redonda aunque nunca lo vemos interactuar con los personajes más famosos de esas historias. Acá no aparecen Lancelot, Percival, Tristán o Galahad; Gawain es un secundario y Arturo es más un ideal que atraviesa toda la obra que un personaje como tal.

El volumen presenta las historias en el orden cronológico de los acontecimientos. Así vemos a Almer primero como un aspirante a caballero, luego como un caballero novel y finalmente como un señor de sus tierras y miembro reconocido de la tabla redonda. No obstante, no fue este su orden de publicación original y las primeras páginas que leemos son algunas de las últimas en producirse y eso se nota bastante en la calidad y el estilo que alcanza el dibujo en los trabajos más recientes del Capitán Manu. De hecho, “El Barquero”, “Marhalt” y “Los otros” (producidos entre 2016 y 2017) son mis relatos favoritos de este libro.

A pesar del cariño que el autor muestra por la gran obra de Sir Thomas Malory, Almer logra esquivar casi todos los tópicos de la novela de caballería. Entendámonos: es un ejemplo de valor y virtud, enfrenta a poderosos y malvados enemigos a los que derrota por la fuerza de su brazo, incluso mata algún dragón... sin embargo, nos descoloca constantemente siendo un personaje completamente diferente al estereotipo esperado. Y es que Almer es, por sobre todas las cosas, un héroe de nuestro tiempo.

El tipo no es un macho alfa (digamos: un Nippur) pero tampoco se corresponde con el caballero blanco del amor cortés. Cuando salva a una noble doncella, no se la pasa al cuarto. Comparte varias aventuras con su amiga Nyneve, una mujer empoderada, pero tampoco se la lleva al cuarto. De hecho, la única que se lleva a alguien al cuarto (por cierto, un perfecto desconocido para sexo casual) es ella. Y Almer, tan tranquilo de que la amiga la va a pasar bien, se queda durmiendo en una silla. Un copado.

A pesar de ser un señor feudal, no cumple el rol que la sociedad le tiene asignado. La relación de vasallaje establecía que el pueblo tributaba al noble a cambio de su protección pero cuando Almer es vencido en un desafío, son sus aldeanos quienes (en contra de todas las leyes de la caballería) derrotan al rival y protegen a su señor caído. Nuestro protagonista se cuestiona todo el tiempo sus privilegios y no solo considera a los campesinos como sus iguales sino que, en ocasiones explícitamente, los considera superiores. Es lo que podríamos llamar un noble deconstruido.

Es cierto que la literatura artúrica justifica un poco esta posición ideológica. Arturo fue criado en contacto con el pueblo, lejos de los lujos e intrigas de la corte y al alcanzar el trono, crea la mesa redonda para dar a entender que todos los que se sientan allí -incluido él- son iguales. Sin embargo, esta excusa no basta para explicar el progresismo lleno de frases provenientes de un discurso peroncho-kirchnerista apenas disimulado que expresa el personaje: “Adentro de la familia, todo. Afuera, ni justicia”, “Nosotros somos los otros” etc.

...o te cuestiona los privilegios de clase

Siguiendo con los anacronismos, Almer es un guerrero que odia la guerra y, en vez de justificarla con una causa noble, se identifica y sufre por los enemigos muertos. ¿Qué más les puedo decir? Si hasta sufre crisis de ansiedad y ataques de pánico a pesar de que casi toda la bibliografía teórica sobre estos episodios se escribió en los últimos veinte años.

Estos elementos pueden resultar anti-inmersivos pero no alteran el carácter épico de la obra. De hecho, lo refuerzan porque, como expliqué en la introducción, el género siempre se vale de este recurso: Ubica al héroe en un pasado lejano pero lo reviste de los valores de la actualidad.

Y es que ¿cómo tendría que ser un verdadero caballero en la Europa medieval? Tendría que ser machista, islamofóbico, tendría que estar convencido de que su nacimiento lo hace superior al vulgo, tendría que creer que la guerra es una vía válida de conquista que le aporta fama y honor a quien la practica... ¿Quién en su sano juicio puede actualmente sentir empatía por un personaje así? Ni siquiera en la novela de caballería los nobles se representaban de esta forma sino que trataban de disimular con estilizaciones literarias los aspectos más antipáticos de la sociedad feudal.

Mejor este Almer que es un pibe buenazo y puede (justamente, merced a su anacronismo) cumplir con la función principal del héroe épico que es proponer un modelo de conducta. Sin dudas, el mundo sería mejor con más muchachos como él.

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