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Historieta Argentina

Fierro Segunda época: Capítulo III

La única verdad es la realidad

Por: Facundo Vazquez - 29 Jun 2020 Se lee en: 10 mins
Fierro Segunda época: Capítulo III

Una de las preguntas que nos formulábamos en la primera parte de este largo análisis era cómo se adaptaría la nueva “Fierro” a los artistas y al contexto de producción de historietas del siglo XXI. Dentro de ese momento histórico, yo siempre resalto dos fenómenos insoslayables entre los que se establece una clara continuidad: La Productora e Historietas Reales.
Ya vimos como La Productora se coló desde el principio en la publicación con “Gayolas” pero esa fue apenas la puerta de entrada a este colectivo de artistas porque en el número 16, se le dedicó el “Picado Fino” y poco a poco fue ganando más lugar hasta que allá por el número cincuenta y uno (con la presencia de Federico Reggiani, Ángel Mosquito, Rodolfo Santullo, Dante Ginevra, Diego Agrimbau, Max Aguirre, Rodrigo Terranova y Kwaichang Kraneo) se jactaban de dibujar casi la mitad de las páginas de la revista. Considero que este es un caso especial dentro de esa renovación generacional que venimos observando desde el primer año de “Fierro” porque estos autores ya provenían de una experiencia colectiva exitosa y el público los reconocía como un grupo consolidado desde antes de incorporarse a la publicación. Era común por aquellos años escuchar que los chicos de Historietas Reales ahora publicaban en “Fierro”. Esto tuvo un impacto sobre el blog ya que en esos años la mayoría de los autores fundadores lo fueron abandonando o al menos espaciaron sus colaboraciones por tener ofertas editoriales más profesionales. Pero a su vez, también representaba una transformación radical para la publicación dirigida por Sasturain al incorporar la segunda oleada de autores jóvenes que vinieron a sumarse a los que ya mencionamos en las notas anteriores. 
Sin embargo, este no es el único cambio que observaremos en el periodo. Veamos:
En el número 50 empieza “Malandras”, en el 51 “Veinte verdades”, en el 52 “El maquinista del general”, en el 55 arranca “Los horneros” y se publica la primera entrega de “Historietas por la identidad”, el proyecto impulsado por Madres de Plaza de Mayo. Es innegable que ciertas problemáticas políticas, históricas y sociales irrumpían cada vez con mayor fuerza en la antología.

Viñeta de "Veinte verdades" de Max Aguirre.
Viñeta de "Veinte verdades" de Max Aguirre.

No intento decir con esto que hasta ese momento la publicación no hubiera abordado de una u otra forma la cuestión política y el tema de nuestra historia reciente. Ahí está Guastavino que no me deja mentir... pero a veces la cantidad se transforma en calidad y ver que tantos autores coincidían en aumentar la carga ideológica de sus historias hizo que la revista en su conjunto comenzara a ser vista de otra manera.
Vale la pena detenerse un momento porque este es uno de los aspectos que analizando las series en forma aislada puede pasar inadvertido: Una revista es una construcción colectiva que se realiza mes a mes y, por lo tanto, resulta mucho más permeable que un libro a los avatares sociales que surgen en cada coyuntura. Y nuestra sociedad (al menos eso decían los medios hegemónicos) se hallaba en ese momento atravesada por una “grieta”. Como si no lo hubiera estado siempre. Desde los indios y los conquistadores, desde los patriotas y los realistas o desde los unitarios y los federales. El tema es que cuando nos remontamos a un conflicto tan lejano (pienso en relatos como “Humo” de Juan Sasturain y Enrique Breccia o la adaptación de “El matadero” de Hipólita y Juan Soto) la historia solo interpela al presente con valor de símbolo y esto siempre permite al lector interpretarla de la forma que ideológicamente le resulte más conveniente. Por ejemplificarlo con un caso paradigmático: los espectadores yankees de “Star Wars” no encuentran ninguna contradicción en ser fans de los rebeldes mientras dura la película y bancar a muerte al imperio cuando termina la función.
Esa puerta se cierra cuando la ficción remite de manera directa a un conflicto que todavía es actual en la realidad del lector. O, aplicándolo a nuestra Argentina actual, cuando se habla del peronismo. Y en su segunda mitad, “Fierro” habló mucho de peronismo.
En diferentes declaraciones, tanto el director como el editor coincidirán en que ese proceso no obedeció a una posición editorial sino a la coincidencia de una cantidad de autores que sintieron la necesidad creativa de tomar un mayor compromiso con la realidad.
Dirá Juan Sasturain en sus contraindicaciones al número 55:

“Si estuviera hablando de la vieja Fierro de los ochenta no me extrañaría porque había una explícita búsqueda de ese (y otro) tipo de contenidos. Aquella era –dicho imperfecta, groseramente– una revista más ‘politizada’ que ésta de hoy. Sin embargo, las referencias y alusiones políticas (al peronismo) se han ido colando en estas historietas argentinas. Signo de los tiempos.”

Mientras que Lautaro Ortiz desde su columna en “Página/12” hablará de:

“El inesperado (y aplaudido) atrevimiento de los historietistas de asomarse al clima político actual, a través de relatos (siempre desde la imaginación) que dan cuenta de la historia política de nuestro país.”

Lo cierto es que el “peronismo explícito” desembarcó fuerte en “Fierro” y se fue asentando cada vez con mayor solidez hasta alcanzar un punto culminante en las cuatro últimas portadas de la tercera encarnación que ya fue analizada por Matías Mir.
Por las dudas que alguien no haya leído este periodo, quiero aclarar que la revista de ninguna manera se convirtió en un panfleto partidario. Los autores nunca dejaron de narrar ni relegaron la intención estética para privilegiar el mensaje ideológico. De hecho, muchas de las series abordaron la realidad política desde las convenciones del género de ciencia ficción y la ucronía.
Ahora sí, me dejo de teorizar y hablemos un poquito de las series:

“Sasha Despierta” de Carlos Trillo y Lucas Varela

Después de romperla con “El síndrome Guastavino” el público quería más de esta dupla genial y su segunda colaboración no defraudó. Probablemente Sasha no se haya ganado el título de clásico instantáneo que tuvo Guastavino pero es una obra sólida y muy interesante.
En este caso Lucas Varela utiliza un dibujo menos exagerado y caricaturesco en consonancia con el tono de una historia que no tiene esas pinceladas de humor negro de su ilustre precedente. Como es característico en el autor, los personajes son bastante estilizados pero ninguno llega a la deformidad de la obra anterior. Por el lado del color, optó por una paleta casi monocromática en distintas tonalidades de ocre rojo. Algo parecido a lo que habíamos podido ver en el último capítulo de “Hasta que la muerte nos separe”.
Resumiendo: el dibujo le aporta a la obra todo lo que se puede esperar y más.
Si alguna objeción tengo viene por el lado del guion. Y trataré de explicarme rápido antes de que me crucifiquen por criticar un guion de Trillo: Carlos Trillo fue un autor con una cantidad de herramientas narrativas, temas, recursos y registros enorme. Tal vez, como ningún otro guionista que yo haya leído. No obstante, esa caja de herramientas no era infinita y tras más de treinta años de producción intensiva, es inevitable que algunas cosas nos empezaran a sonar repetitivas.
En este caso, la protagonista hipersexualizada, la doble identidad/personalidad, el hermano malvado y poderoso, el incesto... demasiadas cosas me sonaban a “Sick Bird”. Mientras que el recurso del antagonista increíblemente perverso en el que el lector puede reconocer a una celebridad televisiva, me sonaba demasiado de “Video Noir”. En aquel caso había sido una especie de Xuxa y ahora un remedo de Tinelli.
Nada de esto quiere decir que la historia sea mala, solamente que no me resultó tan sorprendente dada su similitud con otras obras del autor que había leído más o menos por la misma época.

La aburrida Miranda conoce a la intensa Sasha.
La aburrida Miranda conoce a la intensa Sasha.

Fue reeditada en la “Biblioteca MP de la Novela Gráfica” de Doedytores en diciembre de 2011 y esta edición merece un comentario aparte por los extras y guiños que tiene: Un prólogo de Lautaro Ortiz, las páginas inéditas de “Los lindos”, la colaboración en la que la dupla estaba trabajando cuando el guionista falleció, y la sinopsis argumental que Trillo le había pasado a Lucas Varela. Por el lado de los “easter eggs”: el personaje que edita los libros de la protagonista, Javier Ancares en la ficción, es el propio Doeyo (Ancares es su apellido materno). Incluso hacen el chiste de incluir a Miranda Vidal y su obra “Koyo” en la página del álbum donde se promociona el catálogo de la editorial. 

“Ángela della Morte”

Repaso de la obra de Salvador Sanz, incluida “Ángela della Morte” 

“Malandras” de Rodolfo Santullo y Dante Ginevra

¿Y si después de la calidad de todas las obras que venimos reseñando (y las que faltan) yo les dijera que esta es una me las mejores series publicadas en esta encarnación de “Fierro”? Y no solo eso sino que también tiene el valor agregado de haberse producido siguiendo los avatares y las exigencias propias de la publicación antológica. Me explico: “Malandras” surge como una historia unitaria que le encargan de apuro a los autores para rellenar unas páginas. Por eso, en el sumario de la revista, los sucesivos capítulos que van apareciendo no llevan el título genérico de una serie. 
”Fierro” pedía unitarios, Santullo y Ginevra entregaban unitarios que primero parecían tratarse de unos mafiosos rusos, de un asaltante de colectivos, de un músico de cabarute... pero que de a poco, sigilosa y genialmente, nos van contando la historia de la conspiración militar que termina en el bombardeo del 55. Esa en la que Perón se salva por un pelo de que le hagan la boleta.
Y cuando uno se da cuenta de que los autores aprovecharon esas páginas para colar una serie disfrazada de historias autoconclusivas, cuando los destinos de los personajes de los distintos relatos empiezan a cruzarse, cuando los que creíamos personaje secundarios se vuelven principales y las pequeñas historias de estos “Malandras” se topan con La Historia con mayúsculas de nuestro país... solo queda ponerse de pie y aplaudir. Aplaudir el talento de estos dos iluminados que construyeron una auténtica obra de arte jugando según las reglas (no siempre simpáticas para el autor) de la revista de antología.
Créanme si les digo que esta obra es todo lo que está bien. Rodolfo Santullo y Dante Ginevra te caracterizan en tres cuadritos unos personajes que no te los olvidás más. De hecho, la había leído hace tiempo y cuando la volvía a agarrar para escribir esta nota, apenas necesité releerla porque los personajes me habían quedado grabados a fuego. Pero además está la ambientación, el clima y un manejo perfecto de las emociones del lector que puede, con solo voltear la página, pasar por la admiración, la tristeza o la máxima tensión dramática. Una joya.
Fue reeditada en la “Colección ReLecturas” de Historieteca en 2014, incluyendo dos historias inéditas. Si no la leyeron en “Fierro” corran a comprarla y si la leyeron también porque este es uno de esos libros que no te pueden faltar.

“Tristeza” de Federico Reggiani y Ángel Mosquito

Una de las muchas virtudes de esta dupla es que se animan a incursionar en diferentes géneros y, por muy explotados que estén, siempre encuentran la forma de ofrecernos una experiencia de lectura totalmente nueva y única. Lo hicieron con los vampiros en “La Calambre, con las invasiones extraterrestres en “Los visitantes del agujero del comedor” y ya lo habían hecho con el género post-apocalíptico en “Tristeza”.
Hace unos años que se acabó el mundo. Un virus originalmente trasmitido por la carne de vaca acabó con casi toda la población. Los infectados en su fase terminal parecían manifestar una especie de abulia que casi no les permitía actuar (lo que hace que la enfermedad se denomine popularmente “tristeza”) de allí entran en una fase de frenesí en la que pueden atacar y contagiar a otros.
Pero todo eso es el pasado. En el presente del relato, un grupo de sobrevivientes se esfuerza por seguir con vida. Encontrar alimento, refugio, protegerse de otros sobrevivientes hostiles y, sobre todo, conservar la humanidad una vez que las redes de contención y cohesión social se hayan ido al diablo, serán las principales preocupaciones de nuestros protagonistas.
Sé que la comparación con “The walking dead” resulta inevitable y es muy difícil explicar las diferencias sin destripar el desarrollo de la historia. Solo diré que si les pareció que Kirkman introducía el realismo en un género totalmente fantasioso, no se pueden imaginar los niveles de verosimilitud que pueden alcanzar Federico Reggiani y Ángel Mosquito
Me lleva incluso a replantearme la definición del término. Supuestamente, lo que define al realismo es que toma su verosímil de la realidad pero la realidad en Atlanta, Georgia es completamente diferente de la realidad en Villa Astolfi y, sobre todo, se ve totalmente distinta desde la perspectiva de un yankee que desde el punto de vista de un pibe del conurbano. Acá, un policía no se convierte en un superhéroe por efecto de la trama, sigue siendo el mismo inútil violento de siempre. Un médico durante una epidemia no es una potencial esperanza para la humanidad sino un tipo superado por la falta de recursos, estresado y al límite del burnout. Cada personaje asume su rol dentro del grupo con una naturalidad asombrosa pero, a la vez, llena de sentido porque le hablan a nuestra realidad y desde nuestra idiosincrasia. 
Además, los autores son conscientes de esa intertextualidad y saben como aprovecharla. A veces pareciera como si los personajes de “Tristeza” hubieran visto “TWD” y copiaran algunas cosas pero... ¿No es lo que todos haríamos si nos enfrentamos al apocalipsis?
Los diecisiete capítulos de “Tristeza” fueron reeditados a todo color por Llantodemudo en 2014.

"¡México lindo!" De Fernando Calvi

A mi modesto entender, la segunda gran obra de Calvi en “Fierro” después de “Altavista” tiene un aspecto gráfico y narrativo radicalmente diferente. Esto no debiera extrañarnos viniendo de un autor que salta con acrobática destreza entre una multitud de estilos y todos aparenta dominarlos con maestría. Parece como si no se conformara con contar una nueva historia y para cada proyecto tuviera que inventar desde cero una teoría estética nueva a la medida del nuevo relato. Tenemos como ejemplo su estilo prolijo y despojado en “Megamán” y su estilo prolijo pero más recargado en “Bosque Negro”. En “Altavista” vimos un dibujo que se animaba a jugar con cierta desprolijidad pero manteniendo una simpleza en el encuadre y el tratamiento del color que garantizara cierta claridad tanto de la página como del relato.

Calvi descosiéndola con las tintas de colores.
Calvi descosiéndola con las tintas de colores.

En “¡México lindo!” se acabaron las garantías y las redes de seguridad. El dibujo va al hueso, llegando a ser sucio, desprolijo e incluso confuso. Mientras tanto, el color estalla en manchas y salpicaduras delante de nuestros ojos, viñeta tras viñeta, en una experiencia visual arrolladora.
Por el lado de la historia, la cosa comienza simple: Mr. T huye a México (parece que ningún gringo termina en México si no está huyendo de algo), escribe una carta de despedida a una mujer, lo siguen unos sicarios para matarlo... Todo suena un poco convencional, impregnado con el acartonamiento de la mala novela negra pero, repentinamente, el protagonista conoce a Sancho y la trama pega un volantazo violento. Sancho le propone una lista de cosas que tiene que hacer antes de morir en México y a partir de ese momento, esa lista será la que guíe la acción. Los sicarios desaparecen, el tiempo se dilata y se confunde entre las borracheras y las alucinaciones de mezcalina, los motivos que llevaron al prota a cruzar la frontera se vuelven vagos y difusos. Lo único que queda es completar la lista.
Soy consciente de que no es una obra para todos los paladares y a mucha gente no le gustó. Un lector llegará a comentar: “¡México lindo! plantea en mí una duda: si este tipo se olvidó de como hacer historietas”. 
Y es que algunos consideran que este súbito cambio de rumbo es una falla imperdonable de la estructura narrativa. Personalmente, interpreto que lo que Fernando Calvi nos ofrece en “¡México lindo!” es una reflexión completa y profunda sobre la aventura (sobre la aventura como experiencia vital y como género) y por eso establezco la continuidad con “Altavista”. Defrauda, por lo tanto, el horizonte de expectativas del lector que esperaba un relato clásico en el que se explicitara el pasado del personaje y los motivos que lo llevan a huir. En cambio, el autor soslaya de plano esa información y concentra el relato en lo que México puede significar para este yankee aburrido que ya está de vuelta de todo: ese lugar que todavía puede deparar una sorpresa, encarnar un misterio, el lugar de lo otro y en el que uno mismo se puede transformar en otro... el lugar, en fin, de la aventura.
Loco Rabia la reeditó en 2017 en un librito muy lindo con varias páginas nuevas creadas especialmente por el autor para actuar como prólogo y epílogo de la historia.

La historia de “Fierro” sigue en la próxima nota. No se la pierdan.

Nota al pie: La ilustración de portada de este artículo corresponde a la tapa del número 85 y es obra de Juan Carlos Quattordio. Sé que habitualmente no lo aclaramos pero esta vez no quería dejar de mencionarlo.

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Subido por Ted (nv) el 07 Oct 2020

Fierro arrancó con muy buenas historietas, la mayoríafueron publicadas en tomo después. Pero dejé de comprarla cundo la politiquería se empezaba a asomar cada vez más, y no sólo en algunas historietas si no en las editoriales de Sasturain que me resultaban verdaderamente insoportables.

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