Historieta Argentina

"Historieta Nacional", de Alejo Valdearena

Reseña de la nueva novela en prosa del autor de 4 Segundos

Por: Diego Labra - 19 Mayo 2021 Se lee en: 6 mins
Historieta Nacional, de Alejo Valdearena

En ese documento insoslayable de la cultura comiquera argentina que es el primer número de Comiqueando versión “revista subte”, se puede leer un artículo titulado “El comiquero: una especie en extinción”. Allí se describe al titular personaje como un “ser extraño”, que tiene la “manía” de “atiborrar placares, cajones, bauleras y escritorios con unos papeles dibujados que los yanquis bautizaron cómics”. Si bien se nos dice que él “tiene un solo defecto” (“le gustan los cómics”), entre líneas el retrato deja entrever cierta tendencia a victimizarse (la mayoría “se da el gusto de marginar al pobre comiquero, que no jode a nadie”) y un sentimiento de superioridad sobre sus pares, que se basa sólo en el hecho de leer Metal Hurlant en lugar de “pasquines” sobre “chimentos de la farándula” hechos para gente a la que “no le gusta pensar” (Comiqueando, n°1, septiembre de 1986, p. 21).

Ese texto, escrito un poco en serio y un poco en broma, como delata el satírico nom de plum “Los mefistos comiqueros” con que está firmado, tranquilamente podría haber sido obra de René. Él es un lector de historieta que se enamoró perdidamente de los superhéroes yankis gracias a las ediciones mexicanas y españolas que circulaban en kioscos en los setentas y ochentas. Un coleccionista empedernido que, así como otros van a misa los domingos, peregrina semanalmente al “parque” donde compra revistas importadas y extranjeras, en español e inglés, y hasta las que odia, porque es un completista. Él dice comics, así en itálicas, porque se escribe en la lengua de Shakespeare. También es un inmaduro hombre adulto (el primer golpe del relato es hacernos creer por una decena de páginas que se trataba de un niño), que es atendido por una tía ricachona que le hace de comer, le pone un techo sobre la cabeza y le da la plata que gasta en historietas.

René es uno de los dos protagonistas de Historieta Nacional, la nueva novela de Alejo G. Valdearena (1975-), que hasta el 24 de mayo puede conseguirse gratuitamente en el sitio del autor (https://www.alejovaldearena.com), y que posteriormente podrá comprarse en formato e-book en los lugares donde se venden esas cosas. Valdearena es un tipo al que no se le puede endilgar hablar desde afuera, ya que tiene desde hace décadas intensa relación con la historieta. Ha guionado obras como 4 Segundos y Peatones (con dibujos de Feliciano García Zecchin), Tiburcio (junto a Diego Greco) y ContraReloj (con Pier Brito, quien se encargó de la tapa de este libro digital), y también se ha desempeñado en diferentes roles dentro del proceso de edición en casas como Clarín e Ivrea.

Como delata su biografía, el autor de la novela es de otra cohorte de lectores de historieta argentinos que René. Su trayectoria es más parecida a la Nico, el otro protagonista. Una amalgama cronológicamente poco probable de la “Generación Perfil” y de los que se criaron mirando animé en Magic Kids, él expresa su amor incondicional por el medio no coleccionándolo (no le alcanza la plata), sino aspirando a ser él mismo un artista. Estudia dibujo y renuncia a seguir una carrera universitaria para apostar all-in al sueño de vivir de su arte (idealmente bien, trabajando “para afuera”). Como buena parte de sus colegas coetáneos, mientras mantiene un laburo mal pago está haciendo sus primeras armas armando un fanzine con un amigo, 48 páginas a blanco y negro con flip cover y distribución artesanal en eventos del palo. O ese era el plan, hasta que las cosas se complican.

Historieta Nacional es, como uno esperaría por el título, una novela “comiquera”. Desarrolla y trenza la historia de dos generaciones de lectores de historieta argentinos a través de dos personajes ficcionales que ponen a trabajar una serie de estereotipos que gozan de buena salud. Desde la naturaleza misantrópica y “Supernerd”, como lo apodan en la comiquería, de René, a la historieta creada por Nico, cuyo solo nombre (Birra Boy y Faso Kid) evoca ese “aguante” de conurbano noventero, haciéndose imposible no visualizarla en el mismo estilo que la portada del disco debut de La Renga.

La portada es obra de Pier Brito, un viejo colega de Valdearena
La portada es obra de Pier Brito, un viejo colega de Valdearena.

Si mayormente funciona (salvo, especulo, en el caso de quienes se sientan heridos por lo cerca que pegan las balas), es porque Valdearena despliega estos lugares comunes haciendo gala del humor costumbrista y filoso por el cual se lo conoce en su labor como guionista. Es claramente ahí donde el autor se siente más cómodo, como demuestran una y otra vez los puntos altos de la novela, donde brillan chistes sobre muertos y el goce por la desgracia ajena. En este sentido, el lector ideal de este texto es un comiquero empapado en el lore de la industria local y con un ejercicio saludable de la capacidad de reírse de sí mismo.

Quien disfrute de cazar referencias se va a hacer una panzada con Historieta Nacional. Esta todo ahí: los viajes al Parque Rivadavia, las revistas de Novaro, el “boom” de las comiquerías, las glorias pasadas de la industria nacional reducidos a vivir de dar clases de dibujo, las editoriales que viven de refritar los originales de las mencionadas glorias y que se están fundiendo, los importadores y editores que se forraron de la noche a la mañana gracias al manga, convenciones que casi no se hacen por falta de pago del canon del predio, etc. Lo único que no encontré es una referencia, ni siquiera solapada, a cierto personaje célebremente infame del ambiente, quién supongo es dejado afuera por cábala (la misma razón por la cual no será invocado en esta reseña).

En este sentido, éste es tanto un relato generacional como sobre el choque de generaciones, y esa propensión dentro de la sociabilidad comiquera por abrazarse a lo propio y despreciar lo del otro, que suele ser lo nuevo. Sea esto el recambio etario que produjo el manga (“la única historieta del mundo que no me interesa”, dice un René consternado por las adolescentes que invaden Valhalla Comics), o el último plot twist en la vida ficcional de un superhéroe que se viene leyendo desde la infancia. Opera aquí también un comentario sobre el enorme peso de la nostalgia por un pasado mejor, tanto el de las revistas que se leían acompañadas por vainillas y chocolatada, o el de la misma industria nacional, siempre vista como una sombra de lo supo ser.

En particular, se disfrutan los grandilocuentes monólogos de René contra “los sátrapas”, como él llama a los editores norteamericanos que tienen en sus manos el destino de su personaje favorito, El Campeón. El coleccionista despotrica y despotrica sobre como esos idiotas mancillan a un apenas velado Superman, protegido con el alias de maliciosos litigios, arrastrándolo por giros baratos que no están a su altura, matándolo, reviviéndolo, casándolo, sacándole los poderes, etc. Estas diatribas son además la mejor manera de ir siguiendo temporalmente el desarrollo de una historia sin fechas precisas. El tiempo se mide en arcos de cómics.

Las viejas historietas de "El Campeón" de Novaro
Las viejas historietas de "El Campeón" de Novaro.

Pero si bien hasta ahora he descrito una obra más bien hermética, que requiere de conocimiento específico para decodificarla, no dudo de su capacidad de entretener a un lector general. Primero, porque ofrece una entrada a un mundo bien construido y presentado, en el cual un no iniciado puede sumergirse como lo hace en una novela con una locación exótica.

Segundo, porque esta novela es una máquina que tiene varias velocidades, mezclando dentro de esa paleta general que es el relato costumbrista humorístico autorreferencial a otros elementos. Por ejemplo, durante un buen tramo de la novela (mi favorito, diría), la historia de René se vuelve un thriller que me hizo recordar los policiales sesudos que escribe otro novelista con raíces comiqueras, Pablo de Santis.

Si hay que buscarle un ingrediente secundario al “relato de formación” de Nico, podríamos decir que esta es la novela social, pegando este el difícil salto de la niñez a la adultez en medio un clima político y económico picado. De hecho, diría que todavía más que sobre el mundillo comiquero, Historieta Nacional es una novela sobre nuestros noventa. Protesta social, carpas blancas, tomas y choques con la policía, pero también el mundo de posibilidades de consumo que abre la Ley de Convertibilidad y los sueños de Miami son un telón de fondo a la historia tanto como lo son las historietas.

Cuando eventualmente la realidad les viene a tocar la puerta (las editoriales nacionales no compran material nuevo, el sueldo no aparece), sus actitudes a la distancia contrastan. René es un “apolítico” que le esquiva a involucrarse, justificándose detrás los mantras de sentido común que repetía su tía (“son todos chorros”) y mirando a todo el mundo desde la montaña de una superioridad moral que el lector sabe no tiene fundamento.

Camelot, símbolo del boom de las comiquerias en los 90
Camelot, símbolo del boom de las comiquerias en los '90.

Nico por su parte termina poniendo el cuerpo, pero lo hace casi por compromiso, y todo el tiempo tiene la cabeza más puesta en su fanzine que la lucha contra la patronal que se desarrolla alrededor de su tablero de dibujo. Solo va a visitar a su madre, una enfermera en plan de lucha en el acampe de la plaza principal, cuando pierde las llaves y necesita una copia para volver a su casa. En decir, en muchos aspectos los protagonistas no podrían ser más diferentes, pero ambos se parecen en la renuencia con la que interactúan con el mundo crepuscular que los rodea.

Mientras más la realidad los golpea, más hunden la cabeza en la historieta. Es escapismo hacia mundos de fantasía, sí. Pero creo la novela invita a ir más allá. También es atajarse inconscientemente a un salvavidas simbólico en medio de un tifón de miseria. Es aferrase a un consumo cultural el cual interpretan como una barricada que separa a esa clase media empobrecida a la que dicen pertenecer del abismo de los despojados ¿Qué separa a Nico de los lúmpenes sin futuro que se emborrachan en la plaza? ¿Por qué René, que no cobra hace meses y vive a torta frita, puede sentirse diferente de los “monstruos” que revisan la basura para comer? Porque ambos tienen a la historieta, y más importante, tiene el capital cultural necesario para leerla (en inglés), coleccionarla, debatirla, hacerla.

Aunque la metáfora del salvavidas puede leerse de una manera menos cínica también. Después de todo, esas mismas revistas son las que sacaron a René del estupor y la negación en que lo sumergió la muerte de su tía. De hecho, las habilidades cultivadas gracias a su coleccionismo obsesivo son las que lo hacen idóneo en su trabajo. Nico, por su parte, se da el lujo de tener esperanza en lo que vendrá gracias a que puede imaginar una carrera como artista del medio y jugársela por eso. Para ellos, la historieta es la luz al final de ese túnel jodido en que les toca vivir, que es una Argentina que se cae a pedazos en las puertas del siglo XXI. Y eso, les voy a decir, no es poco.

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