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La gran crisis de la historieta argentina

De los noventas a la actualidad

Ouroboros World
Por: Facundo Vazquez el Mar, 30/01/2018 - 22:24 - Se lee en: 11 mins

La edad de oro

La crisis de la historieta argentina lleva ya tantos años que muchos lectores nacieron y se formaron dentro de ella. Por eso, cuando hablamos con los lectores jóvenes, no ven ninguna crisis. “La historieta argentina siempre fue así” parecen decir. Pero no.

Si queremos establecer un momento en el que la historieta argentina alcanzó el punto más alto en ventas y masividad, sin dudas hay que hablar de la editorial Columba. Varias veces dije que no me sentía capaz de abordar el desafío titánico de escribir una historia sobre Columba y aún lo sostengo. Alguien con más capacidad, tiempo y disciplina deberá hacerlo porque es esencial para entender lo que fue la historieta argentina del siglo XX… pero no seré yo.

En este artículo, solo voy a mencionar algunos detalles anecdóticos sobre esta editorial como para que los lectores se puedan hacer una idea de lo enorme que fue.
Columba fue una editorial con alrededor de 72 años de presencia en el mercado. Supo poner en la calle más de mil páginas de historieta por mes. Era común que sus títulos quincenales tuvieran más de cien páginas a las que se sumaban incontables anuarios y extras. La editorial tenía, además, intervención en todo el proceso de producción, con talleres gráficos propios y hasta hectáreas plantadas con árboles para fabricar el papel.

En las mejores épocas de la editorial, sus títulos más populares llegaban a vender una media de 300.000 ejemplares

A mediados de los 80s, Columba seguía siendo el gran monstruo de la historieta argentina, escoltada por otras dos editoriales (Record y La Urraca) que a pesar de publicar un material de notable calidad, nunca pudieron igualarla en popularidad y ventas. Diez años después, de toda esa industria apenas quedaban las ruinas humeantes. Lo que es más triste: tras ese momento, ningún proyecto editorial local alcanzó ni el éxito ni la permanencia en el tiempo que supieron tener las editoriales hasta la década del 80.

Por eso sostengo que esos diez años son los que hay que analizar a fondo para entender el derrumbe de la historieta argentina y el comienzo de esa “crisis” que todavía nos alcanza.

Un problema importado

Un elemento central para entender esta gran crisis es la falta de autonomía del mercado local. En otro artículo ya vimos que la mayor parte del material de autores argentinos que publicó “Fierro” en sus primeros años ya había sido editado, reconocido y hasta premiado en Europa. Para Trillo, Altuna, Muñoz, Sampayo etc. era un placer (y un plus económico) verse publicados en su país, pero la plata grande venía de la edición europea de sus obras.

Con Record la cosa se daba un poco al revés: un acuerdo con editoriales italianas le permitía “vender” casi todo el material que producían en Argentina. Esta beneficiosa relación comercial (con el cierre de la empresa, varios autores denunciaron que Record les había afanado la guita de las publicaciones italianas) le posibilitó a la editorial mantener a “Skorpio” en el mercado hasta bien entrados los 90s aunque las ventas locales ya no alcanzaban ni para cubrir los costos.

Como vemos, la edición argentina de historieta estaba fuertemente ligada al mercado europeo. Veamos, entonces, qué pasaba en Europa.

Mientras tanto, en Europa…

Todo eran llantos. En Febrero de 1985, Tito Spataro reseña el estado del mercado editorial español y lamenta la reciente cancelación nada menos que de ONCE títulos: “Hunter”, “Sargento Kirk” y “Cairo” de Norma editorial; “Metropol”, “Mogambo”, “Thriller” y “KO comics” de Toutain; “Makoki” de La Cúpula; mientras que Nueva Frontera solo seguía adelante con “Tótem” porque “Aventuras y viajes”, “Calibre 38” y “Vértigo” habían caído.
Un editorial de “Cimoc” (mi revista española favorita) se lamentaba de estar vendiendo 10.000 ejemplares mensuales cuando el piso para cubrir los costos era de 13.000.

En octubre del mismo año dejará de publicarse la mítica “Rambla” mientras que la versión española de “Metal Hurlant” llegará a sobrevivir hasta 1986. Obviamente, ante cada cancelación, las publicaciones que quedan en pie absorben nuevos lectores y (momentáneamente) reviven un poco sus ventas, no obstante, ninguna de las revistas de antología que protagonizaron el gran boom de la historieta española lograría atravesar la década del noventa.

¿Será que la entusiasta industria editorial española había saturado el mercado con una oferta que no se correspondía con la demanda real de los lectores? ¿Será que las revistas de antología se habían agotado y ese formato obsoleto debía desaparecer para dar lugar a propuestas nuevas?

Sin dudas, algo de todo eso hay pero no pueden ser estas las únicas explicaciones ya que, en mayor o menor medida, también la publicación de álbumes, el mercado italiano y el franco-belga acusarían recibo de esta crisis.

Un fenómeno global. La invasión Yankee

En el mismo artículo que antes mencioné, Tito Spataro informa que la editorial Zinco “canceló su serie de personajes italianos y se lanzó a publicar los viejos héroes de la DC Comics: Batman, Superman, Flash y los modernos titanes”. Me pareció oportuno mantener la cita textual para remarcar dos cosas: el profundo desconocimiento que teníamos en Argentina sobre el mercado yankee y sus “modernos titanes”; y una condescendencia muy cercana al desprecio cuando hablaban de los “viejos héroes de DC” como si se tratara de un material completamente anacrónico. El cronista liquida rapidito los proyectos de Zinco y Forum como si no hiciera falta aclarar que tratar de venderles los estúpidos superhéroes yankees a lectores europeos (adultos, cultos y acostumbrados a cierto nivel de calidad), no podía ser otra cosa que una apuesta desesperada y seguramente destinada al fracaso.

Contra todo pronóstico, esa apuesta fue un éxito rotundo haciendo que los dos humildes sellos sobrevivieran a todas las publicaciones tradicionales de la península.

Dos factores determinaron este éxito imprevisto: Durante el tiempo en el que habíamos perdido contacto con la producción del comic americano, su calidad había aumentado mucho y, justamente a mediado de los 80s, explotó por completo. Cuando Zinco cancela sus series originales para relanzarlas desde el número uno por “Crisis en tierras infinitas” va a estar poniendo en los kioscos simultáneamente la mencionada “Crisis”, el “Superman: Man of steel” de Byrne, “El regreso del caballero oscuro” de Miller, los “Nuevos Titanes” de Wolfman y Pérez, “Infinity Inc” de Roy Thomas y, nada menos que “Watchmen” de Moore y Gibbons. Toda esa magia en un mismo mes.

Creo que todos se sorprendieron mucho al ver que los viejos héroes en calzas podían seguir dando tanto de sí. Y a partir de ahí fue para no parar porque entre las joyas de mediados de los ochenta sobrevino la publicación de “La cosa del pantano” y “V de vendetta” de Moore, “Año uno” de Miller y Mazzuchelli, “Ronin” también de Miller, “La Sombra” y “Los halcones negros” de Chaykin y ya arrancaba Milligan y Morrison y ya arrancaba “Sandman” y explotaba Vertigo… Un promedio de calidad indiscutible y nunca antes visto en el mercado americano.

El segundo factor que determinará el éxito del comic yankee en Europa (y el resto del mundo) no es estético pero resulta igual de contundente. DC Comics es absorbido por Time-Warner y pasa a ser una división de una de las empresas de comunicación más grandes del mundo, dotando a sus productos de una capacidad inédita de difusión y publicidad global. Así, el estreno de las pelis de Tim Burton, “Batman” en 1989 y “Batman Returns” de 1991, va a disparar las ventas de los comics de la editorial a niveles estratosféricos tanto dentro como fuera de las fronteras de los USA.

La globalización no para. La invasión ponja

Así llegamos a la transición de década con un mercado europeo retrayéndose ante el empuje del comic americano cuando, de repente, llegó “Akira”.

Americanos y europeos la tradujeron, espejaron, colorearon, adaptaron a un formato más amigable para los lectores occidentales… nada pudo opacar el genio y el talento indescriptible de Katsuhiro Otomo: Nos detonó la cabeza.

Pero “Akira” era apenas el mascarón de proa (primero se me ocurrió otra metáfora para ilustrar la “penetración” del manga en la cultura occidental pero la deseché por si hubiera niños leyendo… basta decir que en la analogía original, la puntita no era de un barco) del desembarco asiático. Porque la obra del genial Otomo era larga y difícil así que, por grandiosa que fuera, estaba destinada a un público reducido pero… ¿Qué pasaría si un editor occidental se encontrara con una obra simple hasta rozar lo básico, una obra que no requiera ningún esfuerzo de interpretación, que pueda ser disfrutada hasta por los niños pequeños y, además, cuente con el soporte de una adaptación televisiva muy exitosa? Adivinaron. De la mano con “Akira” llegó “Dragon Ball” y ahí sí que se fue todo al garete. La cosa se vendía como pan caliente y logró atraer el interés de los editores sobre Japón.

Fue como Colón descubriendo América. Había millones de páginas inéditas cuyos derechos se podían conseguir por dos mangos y un público europeo ávido por consumirlas. ¿Para qué renegar produciendo material si se podía ganar mucha más plata traduciendo manga?

Caso paradigmático de todo el proceso que venimos describiendo es el de la editorial Norma (junto con Planeta, únicas supervivientes del gran derrumbe del comic español) que primero consiguió los derechos para publicar Dark Horse y abrió en su catálogo una sección de comic-book y una colección de álbumes “Made in USA”; para después empezar a publicar manga. Rápidamente, la cantidad de material americano que Norma ponía en la calle superaba al europeo; y la cantidad de manga superaba a los otros dos juntos.

Una crisis bien argentina

Hasta acá vimos como Europa estaba experimentando la expansión (¿sufriendo la invasión?) de las dos grandes factorías de comics a nivel mundial. También explicamos las estrechas relaciones que tenía el mercado editorial argentino con respecto al europeo de donde puede inferirse que la crisis de allá, repercutió fuertemente acá. Si ya vimos como los USA y Japón se pudieron llevar puestos a un mercado muy fuerte como el europeo ¿Qué se puede esperar de una industria editorial subdesarrollada y periférica como la nuestra? El proceso fue idéntico y repitió los mismos tres pasos: desaparición de las revistas de antologías; publicación local de comic americano en primer término y de manga unos años después. No obstante, quisiera analizar los elementos y características particulares con los que el colapso se dio específicamente en nuestro país.

El fin de los ochentas encuentra a la Argentina en una de sus más terribles crisis económicas: hiperinflación, saqueos de supermercados, elecciones anticipadas… esas cosas que nos hacen un país encantador. El estallido social se supera en los noventas, durante el menemato cuando, tras una fuerte devaluación, se impone la convertibilidad o (como le decíamos los amigos) el “uno a uno”. Es decir que, durante casi una década el dólar valió un peso.

Esta política económica favorecía mucho las importaciones en relación con la producción nacional hasta tal punto que acabó por destruir no solo a la industria editorial sino a la industria a secas. A esto se suma que la crisis europea que describimos antes dejaba toneladas de saldos que se podían comprar a bajísimo precio.

Este conjunto de factores fue determinante en el surgimiento de las comiquerías en Argentina. Para que se hagan una idea: yo podía ir a BL, Entelequia o el Club del Comic y comprar “Man of Steel” en un taco de Zinco por $5 o comprar la edición de Perfil en los kioscos, tardar seis meses en completarla y terminar pagando $9. Pero no solo Zinco mandaba para acá sus saldos. Por los mismos cinco pesos podía comprar un reentapado de las fundidas “Tótem” o “Rambla” o una “Cimoc” con la mejor calidad de edición e impresión que había visto en mi vida… y que encima me traía un comic de “Spirit” de regalo.

Perfil se mantuvo en el mercado durante unos cinco años, incluso creció y amplió su oferta editorial porque tenía un sistema de distribución que le permitía llegar a todo el país mientras que las comiquerías eran un fenómeno exclusivamente porteño; pero en Bs.As. la competencia con el material importado era completamente injusta.

En ese momento, tener todo ese material al alcance de la mano fue como si tres mundos repletos de maravillas se abrieran de golpe delante de nuestros ojos. Deslumbrados, no nos dimos cuenta que el precio que pagamos fue cargarnos la historieta argentina.

Tampoco trato de decir que la entrada del comic americano y el manga significó el fin de los artistas nacionales y su obra porque no fue así. Pero ahí se inició un periodo diferente y, sin dudas más difícil: el de los intentos de resurgir, las cooperativas de autores, la autoedición, los blogs… en fin… la resistencia. Esa resistencia llena de ganas, esfuerzo y sacrificio que todavía persiste hasta el día de hoy y que nos permite (además de disfrutar de algunas joyas) conservar una esperanza de que algún día, volveremos a tener una industria editorial que gane plata publicando historieta argentina en Argentina.


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