¿Quién mató a Rexton?

Agrimbau por Agrimbau por ¿Agrimbau?

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A medida que crezco, le exijo más a las historietas que leo. Es un re bajón y, al mismo tiempo, una consecuencia lógica. ¿Es bastante obvio, no? Mientras uno consume, si más o menos tiene dos dedos de frente, su mirada crítica evoluciona. Igual, tranqui, tampoco me voy a pintar como un grinch de la historieta. A veces me alcanza con que me cuenten una historia, si es que me la cuentan bien, porque desconectar y quedarse en la intención narrativa de un autor nunca está mal. Sin embargo, en otras ocasiones, siento que como lectores ávidos esperamos algo más. Que cuando abrimos ese conjunto de dibujitos y palabras buscamos más allá de la historia, esperando encontrarnos con un je ne sais quoi que nos justifique una semiosis del pensamiento que exceda el nivel narrativo. Ese je ne sais quoi, ese placer, lo encontré leyendo "¿Quién mató a Rexton?" . Y, por supuesto, me toca explicarles por qué.

¿Quién mató a Rexton? - Agrimbau por Agrimbau por ¿Agrimbau?

De la mano editorial del Hotel de las Ideas (frente a los cuales, como siempre, uno solo puede sacarse el sombrero) nos llega un esencial inmediato para cualquiera que esté (o pretenda estar) siguiendo la movida nacional. Con un Diego Agrimbau afiladísimo en el guion (El gran lienzo, La Burbuja de Bertold, Cieloalto, Diagnósticos) y un cúmulo de dibujantes con la pluma en llamas (Delpeche, Ippóliti, Baldó, Ginevra, Pietro y Gato Fernández) se aparece y desaparece “'¿Quién mató a Rexton?”, una novela gráfica policial que esconde mucho más de lo que aparenta.

A modo de introducción, sin entrar en spoilers, la premisa vendría a ser más o menos la siguiente: Katmus, un historietista documental (¿A lo Guy Delisle?) es contratado por el dueño de Editorial Marconi para hacer un libro sobre la muerte de Víctor Rexton, un consagrado guionista de la casa editorial cuya muerte (catalogada como suicidio) nunca fue del todo aclarada. La tarea de Katmus es, por lo tanto, la misma que da título al libro: averiguar quién carajo mató a Rexton.

¿Entonces, por qué tantos dibujantes para un guion policial, para un sencillo y aparentemente lineal who done it? Simple: cada dibujante tiene un alter-ego dentro de la historia, una serie de ilustradores de la editorial Marconi con los que Rexton tuvo relación y a los que Katmus entrevistará y pedirá testimonio. Un testimonio que, por supuesto, será dado en forma de historieta, con un ilustrador por capítulo y Katmus (con la tinta de Pato Delpeche como su portavoz) encargado del prólogo y del epílogo.

Por si no quedó del todo aclarado, entonces, lo que vos estás leyendo cuando lees “¿Quién mató a Rexton?” no es nada más ni nada menos que el libro realizado por Katmus y los otros dibujantes. Oh si, metatextualidad al palo.


Por si les queda algún sombrero que sacarse ante la casa editorial, el Hotel de las Ideas entregó la preventa con una sobrecubierta (derecha) que emula en su totalidad a la portada del libro realizado por Katmus.

Cabe remarcar en este punto que “¿Quién mató a Rexton?” logra una conexión tanto formal como narrativa con Citizen Kane, la legendaria película de Orson Welles. Porque a través de los testimonios de los dibujantes que lo conocieron, tanto profesional como románticamente, se consigue ir armando el rompecabezas de motivaciones y complejidades de Victor Rexton. Un identity-kit de fantasmas e impresiones al que, como en todo buen policial, siempre parece faltarle una pieza, un Rosebud para explicarlo todo.

Y es en este despliegue de forma, de contenido y de manejo de la narrativa secuencial que Agrimbau confirma eso que "Diagnósticos" (a mi parecer, su mejor obra) ya nos había adelantado: Diego Agrimbau no solo hace historietas. Diego Agrimbau también piensa la Historieta en todos sus niveles y, más importante aún, está listo para dejar que esa versión de sí mismo se vuelque en sus obras.

Por supuesto, pensar la historieta como guionista no significa nada sin alguien que pueda plasmar esa idea, ese guion, en dibujo. Y es acá donde Agrimbau encuentra no al aliado sino a los aliados perfectos para el trabajo. Cada dibujante de la obra, a su vez personaje, pinta el universo editorial, escenario de la historia, de una manera única: los personajes hiperexpresivos de Delpeche, los fondos vivos y negros plenos de Ippóliti, el estilo "clásico" y los detalles realistas de Baldó, el manejo de los espacios y las secuencias gloriosas de Ginevra (amén de un pequeño tema con los globos de texto que al iniciar pueden dificultar la lectura), la brutalidad onírica de un Pietro en llamas y una Gato Fernández como nunca se la vió antes, manejando la intimidad y la emoción de sus escenas con maestría, haciendo vivir a los personajes como ningun otro ilustrador de la obra. Nadie sobra, todos narran. Es un verdadero festival de autores que le dan, finalmente, el verdadero sentido a la obra. Un Frankenstein tan bien cocinado que, en la totalidad de la lectura, no se le notan las costuras ni una sola vez. Y en esta analogía, obviamente, Diego Agrimbau vendría a ser nuestro Victor Frankenstein, el maestro de la orquesta.

Este es un libro monocraneado, de autor (amén de ofender al equipo de dibujantes, que no es mi intención) que nos muestra una clara ruptura entre el pasado Agrimbau, con trabajos altísimos que reflejan sus obsesiones autorales en cuanto a contenido, frente a un Agrimbau ya instaurado y deseoso por llevar su trabajo a un nuevo nivel. También, como en toda obra con un deje de pretensión (para que vamos a negarlo) se puede pensar en el Agrimbau que cree ser, en el Agrimbau que quiere ser y, más relevante, los Agrimbau que no quiere ni cree ser. Pero como estas interpretaciones no vienen por el lado de la lectura, sería coherente dejarlas a un costado.

Volviendo, este es un libro minuciosamente pensado. Pensado como oda al arte de la historieta, al punto de vista, a la interpretación, al hilo fino entre ficción y realidad y a todo lo que significa balancearse entre ellas con el único fin, ínfimo e inabarcable a la vez, de obtener una obra que merezca ser no solo leída sino también pensada.

Y es entonces que me permito pecar de pretencioso, porque es acá que la pregunta que da título a la historieta abandona su condición de McGuffin para pasar a un plano simbólico, a una intención talismánica: ¿De verdad importa quién mató a Rexton? La respuesta, en detrimento a aquellos que puedan pensar en esto como un spoiler, es un rotundo no. O, en caso contrario, es una pregunta que como lector no tiene sentido hacerse sin pensar inmediatamente después en quién, o qué, es Victor Rexton. Y, también, de qué hablamos cuando hablamos de matar.

La conclusión o interpretación se la voy a dejar a los futuros lectores. Como pista de la mía, si es que se desea, solo voy a decir que Agrimbau (¿Rexton, Katmus?) no hace el inútil ejercicio de rechazar su pasado, de negarse a fantasías que supo ostentar, al yo que supo ser. Al contrario, se calza los guantes, se para frente al espejo y, sirviéndose de un equipo de lujo, se nos entrega a sí mismo como siempre quiso hacerlo: con apenas un pedazo de papel y unas pocas manchas de tinta.

¿Quieren saber quién mató a Rexton? Consiganse una copia y averíguenlo, les aseguro que no se van a arrepentir. Porque no solo es uno de los grandes libros del año, sino también un punto de inflexión importante en la carrera de un autor con tamaña trayectoria como lo es Diego Agrimbau, subiendo la apuesta para decirnos que se puede crear más, que se puede pensar más.

Lo que se viene, con toda probabilidad, será una fiesta de la narrativa secuencial.

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