Historieta Argentina

Rocky Keegan: Primer Round, de Ray Collins y Gerardo Canelo

Los inicios del clásico de Columba, por Duma Ediciones

Rocky Keegan

Fruto de la colaboración entre la pluma del escriba Eugenio Zappietro (Buenos Aires, 1936), más conocido en el ambiente como Ray Collins, y los lápices del artista Gerardo Canelo (Buenos Aires, 1940), la serie dramática-deportiva Rocky Keegan vio la luz en el primer número de Nippur Magnum, última antología lanzada al mercado nacional por la señera Editorial Columba, en Diciembre de 1979. El enorme éxito entre los lectores posibilitó su permanencia en aquel título hasta Noviembre de 1993, totalizando la friolera de 173 episodios, siempre con el veterano guionista firmando los textos (utilizando diferentes seudónimos), aunque ya con la titularidad gráfica en manos de la dupla conformada por Eugenio Zoppi y Horacio Merel, primero, y el peruano Percy Ochoa, después.

Bajo el subtítulo Primer Round, el sello Duma Ediciones recuperó en Mayo pasado los primeros doce capítulos del longevo serial, en una cuidada edición de 138 páginas B/N en formato 24x17 cms. consignando además el detalle y numeración de las revistas originales de la editorial de la palomita en que vio la luz el material, rotulado digitalmente para la ocasión, lo cual se agradece. El libro cuenta además con un extenso prólogo a cargo del editor Ricardo De Luca.

Viñeta a color de la nippur magnum.
Vieja viñeta a color de la Nippur Magnum.

Los caminos de la vida

Corría el año 1953 en el gran país del norte cuando el magnate empresarial Frederick S. Moore, dueño del exitoso periódico New Yorker Memorial, decidió llevar adelante una cruzada periodística contra el negocio del boxeo profesional, lo que le valió más de un poderoso enemigo dentro de aquel turbio ambiente. Una balacera intimidatoria sobre el frente de su editorial fue la primera señal de alarma, que el hombre de prensa eligió ignorar. Entonces la mafia decidió ir más lejos, llevando la represalia al ámbito personal. Con su esposa Lavinia internada en un sanatorio a punto de dar a luz, un grupo criminal afín a uno de los capos del deporte organizó el secuestro de su primogénito después del parto, con fines extorsivos.

Huyendo de la gran ciudad, los delincuentes llegaron al poblado de Kingston Falls, ocultándose en la casa de la viuda Letizia Borassi de Keegan, quien en su rol de rehén asistió al pequeño mientras se organizaba el pago del rescate. Bajo la mediación del Teniente Mappert, la Policía llevó a cabo una compleja negociación que, merced a la impaciencia de los maleantes, acabó con el incendio accidental del domicilio en que tenían retenidos al bebé y el ama de casa. Para cuando el empresario periodístico llegó al lugar, no se habían hallado sobrevivientes entre los restos. Entonces Moore, aprovechando la muerte de una madre soltera durante el alumbramiento en la clínica donde ocurrió el rapto y contando con la complicidad del Doctor Bloomsbury, hizo pasar al hijo de esta mujer como propio, para evitarle un disgusto a la depresiva Lavinia, dándole de paso un hogar al niño, que fue bautizado con el nombre Ciro.

El editor ignoraba que la señora había logrado escapar de las llamas con su bebé, para instalarse en la localidad de Torquay, condado de Pennsilvania. Allí conseguiría trabajo como empleada doméstica, anotando legalmente a Angus ‘Rocky’ Keegan II, como suyo con la ayuda del afamado abogado Levis Bannister, su empleador. Dos décadas después de aquel acontecimiento, ya con el muchacho trabajando como camionero para la compañía Eagle System, un intento de atraco en la ruta (resuelto a golpes de puño), fue fotografiado por la joven periodista Deanne York, valiéndole la primera plana del matutino de los Moore. Aquella vieja cruzada de Moore contra el boxeo fue retomada por Ciro, devenido en nuevo editor del diario familiar. No faltaría mucho más para que los destinos de ambos se crucen, con inesperadas consecuencias.

Frederick se sorprendió al observar aquellas fotos, ya que le recordaron a él mismo en su juventud, por lo que comenzó a indagar acerca del pasado del muchacho. Su hijo decidió contratarlo como guardaespaldas personal, para protegerse del manager Lucius Flynn, zar del sindicato boxístico en la Gran Manzana. Rocky aceptó la propuesta por el beneficio económico que le significaría y junto a su madre se mudó al Harlem, alquilando un modesto departamento con Monk Wallon, un viejo ex púgil afroamericano que se convertiría en su mentor. La absurda muerte sobre el ring de su amigo Moe Bigger en una pelea arreglada contra el violento Terry Moldava, lo llevaría a aceptar su destino y abrazar la disciplina, pese a las objeciones de su madre. Claro que no todo sería box en la vida del joven. Las bellas Deanne York y Malva Huppert, sus intereses amorosos de esta inicial etapa, están allí para recordárselo a diario.

Sobrio a las piñas

Si tuviésemos que arriesgar una definición para esta serie, culebrón deportivo con tintes dramáticos le caería como anillo al dedo. Los años de experiencia del guionista como autor de ficciones televisivas nacionales influyeron sobremanera en la escritura de Rocky Keegan, concibiendo los capítulos autoconclusivos desde una estructura típicamente folletinesca, que volvía realmente adictiva su experiencia de lectura periódica allá lejos y hace tiempo. La posibilidad de acceder a esta docena de entregas
(cuya extensión varía entre las diez y once páginas) en un único volumen, a más de cuatro décadas de su publicación original, paradójicamente, sigue dejando similares ‘ganas de más’ tras dar vuelta la última página. Ello habla del atractivo de la historieta que tenemos entre manos y su atemporal vigencia.

Rocky y Monk visitan el gimnasio.
Rocky y Monk visitan el gimnasio.

Sustentaron argumentalmente el éxito las equilibradas dosis de drama, acción y romance, elementos que conforman cierta ‘marca de estilo’ en la obra del inoxidable autor, sumadas a un extenso elenco protagónico que reconoce más de un estereotipo, pero gana su propia identidad en las sucesivas variantes aplicadas al momento de interactuar una y otra vez, obteniendo siempre las emociones buscadas en el público. Claro que nada de ello sería posible sin la guía del gran dibujante oriundo de Parque Patricios, cuyos clásicos trazos dan solidez al contexto y real carnadura a cada uno de los personajes. Tomando como referencia los rasgos del actor norteamericano James Caan para Rocky, pero reservando un toque distintivo para el resto de los secundarios. Su mayor mérito acaso resida en sacar el máximo jugo a la limitada grilla ‘de la casa’ (con infinidad de viñetas por página), para enfatizar instantes puntuales del relato.

En el apartado referencias, hay tres muy destacadas que no escaparán al ojo atento de ningún lector columbero que se precie de tal. A saber, en Primer Round, Ciro invita a Deanne a cenar y el mozo del restaurant lleva hasta su mesa un Pommery cosecha 1936, vino con el que el veterano de la Segunda Guerra Mundial Ilya Potocky espera a sus viejos camaradas polacos de la unidad de combate Aguila Negra, título de la serie bélica que Collins escribió para Francisco Solano López en la misma revista. Asimismo, en Los lobos y el cordero y Uno contra todos, la promesa de Pennsilvania se cruza repetidamente en un bar con el agente del FBI Alan Braddock, protagonista del serial homónimo que por entonces llevaba adelante el mismo equipo creativo en las páginas del mensuario Fantasía. La diferencia temporal de casi cuatro décadas entre un presente propuesto y otro no parece haber sido un obstáculo para ambos cameos.

Las últimas consideraciones son para la edición, donde destaca el enorme trabajo de limpieza desarrollado sobre la faz gráfica. Se sabe que la política laboral de Editorial Columba implicaba retener los originales de sus artistas, por lo que imaginamos la dificultad de la labor en cuestión, quitando aquel horrible color de antaño en favor de un bienvenido blanco y negro. El letreado, cabe destacar, tal vez requería una revisión más atenta. La portada, finalmente, sigue siendo algo a mejorar para Duma Ediciones en general y en este caso en particular es una pena, considerando las logradas ilustraciones inéditas que habitualmente Canelo exhibe en sus redes, que podrían utilizarse sin problemas para un diseño, aportando valor agregado al libro. Igualmente, el balance es más que positivo. Ojalá los lectores acompañen este meritorio rescate editorial y podamos tener más Rocky Keegan en breve.

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Escrito por:
Mariano Sicart

Mariano Sicart
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