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Historieta Argentina

"Un tal Daneri" de Carlos Trillo y Alberto Breccia

Se reedita un clásico imprescindible

Por: Facundo Vazquez - 19 Oct 2020 Se lee en: 4 mins
Un tal Daneri

Ocho historias. Ocho historias cortas, aparentemente simples, perfectas.
La primera entrega de “Un tal Daneri” se publicó en la revista “Mengano” en 1974 y significó nada menos que la primera colaboración de Carlos Trillo (a quien muchos consideran el mejor guionista de nuestro país) y Alberto Breccia (a quien algunos... no... acá no hay discusión).
La publicación del resto de la serie fue algo esporádica y errática. Un par de capítulos salieron en la fugaz revista “Sancho”, otros en el mítico libro “Breccia Negro”, uno en “SuperHumor”, algunos capítulos se publicaron antes en Europa que en Argentina...
Durante muchísimos años fue una de esas figuritas difíciles para los coleccionistas. Sin una reedición completa que le hiciera justicia, habría que tener varias publicaciones diferentes, algunas de ellas totalmente inconseguibles. 
En 2003, llegó la primera edición en un tomo hermoso y enorme (31x22,5cm) de Doedytores que reunía por primera vez las ocho historias originales con un gran prólogo de Fernando García, un diseño de tapa brillante a cargo de Lucas Varela y un montón de extras con bocetos y hasta el story board completo de uno de los relatos.
Hoy, esa edición también está descatalogada así que se decidió reeditar la serie, incluyéndola en la colección “Lo mejor de..."y la verdad es que, con el material que vienen publicando en esta colección, le está haciendo honor a su nombre.

Paleta de colores quebrados

Es una metáfora. Ya sé que la obra es en blanco y negro. ¡Un poco de imaginación, caramba!
Una paleta de colores quebrados es esa en la que cada color se “ensucia” un poco mezclándolo con su complementario para que pierda su brillo y su pureza. Así es “Un tal Daneri”. Nada está puro acá. Todo es ambiguo, manchado, mezclado con su opuesto.
Y no me refiero solamente a la ambigüedad moral de los personajes y las áreas grises en las que se mueve el relato. Hablo también de una elección estética deliberada de los autores porque hay una fascinante mixtura de elementos en estas ocho historias.

La maestría de Breccia en su estado puro.
La maestría de Breccia en su estado puro.

Por un lado, es una de las obras en las que el genio infinito de Breccia combina más técnicas. No caeré en la pedantería de afirmar que puedo enumerar todos los recursos que usa el maestro. Solo diré que acá están el blanco y negro puro, las aguadas, el blanco de reserva, el collage y mil cosas más que prefiero seguir ignorando como las hacía para sorprenderme cada vez que las veo.
Por otro lado, está el amor de Trillo (y de casi todos los intelectuales de su generación) por el policial negro que hace que Daneri orille a veces la figura del detective duro aunque no lo sea. Porque a Daneri se lo puede contratar para buscar a alguien, para protegerlo, para romperle los huesos o para mandarlo al otro barrio. Tal vez “matón”, “pesado” o “mano de obra desocupada” sean definiciones que le calcen mejor que detective. Y sin embargo, algo de eso hay. Ciertos principios morales totalmente personales, el valor de la amistad, de la lealtad y, a veces, hasta de la justicia asoman detrás de la máscara dura y de la piel curtida del protagonista.
También hay cierta ambigüedad en la ambientación. No tanto por los espacios que claramente remiten a los suburbios de Buenos Aires sino por la temporalidad. Algunos pocos indicios como un gamulán o un citroën 2cv (que recién aparece en Argentina en 1966) parecen ubicar la acción cerca del momento de la producción. No obstante, el tono general de la ambientación parece retrotraerse mucho más atrás. A ese Mataderos que Breccia guardaba en su memoria, a esos márgenes de la ciudad donde todavía se vislumbraba la calle de barro y el rancho de lo que hasta hacía poco había sido campo. Las casas bajas, los barrios obreros construidos en los alrededores de las fábricas de vastos paredones de ladrillos y hasta un duelo criollo tironean de la temporalidad en la dirección contraria.
La marginalidad, la pobreza, los jóvenes temerosos de la persecución policial y las pintadas pidiendo “Por la libertad del pueblo” no hacen mucho por aclarar nuestras dudas porque son constantes en nuestra historia.

Homenajes entre genios

Y si hablamos de la Buenos Aires vieja pero principalmente de los suburbios, de delincuentes y orilleros, no podemos dejar de hablar de Borges. Me dirán (y con razón) también deberíamos hablar de Bioy y de Marechal. También... pero las alusiones a Borges en este caso son mucho más explícitas.

Viñeta de "Ojos dorados".
Viñeta de "Ojos dorados".

No solo porque aparecen temas universales que el maestro ciego transformó en tópicos como el culto del coraje, la ironía trágica del destino o el eterno retorno sino también porque se lo cita al final del relato titulado “El monstruo”:
La imaginación del hombre en materia de monstruos es limitada”.
Porque casi se lo versiona en algunas frases como:
Hay un momento en que la noche agota su euforia y su melancolía y se dispone a morir”. 
Donde resuena la famosa frase de “El fin”:
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo y nunca lo dice”.
Y porque incluso el nombre de Daneri (por un juego de palabras con Dante Alighieri) es el que Borges eligió para el ¿antagonista? de “El aleph”.
No voy a profundizar en los elementos borgeanos de la obra para no resultar redundante con la introducción de “El Bicho” García que ya los analiza exhaustivamente. Solo diré que, tal vez, en esta mezcolanza de elementos, en esta apropiación irreverente de diferentes tradiciones culturales, radique el mayor homenaje a Borges.
Todo este sustrato, hace que muchos consideren a “Un tal Daneri” como uno de los guiones más “literarios” de Trillo. Y puede ser. No obstante, es al mismo tiempo, uno de los trabajos más humildes y menos pretenciosos del guionista. Y no hablo de la humildad malentendida como sinónimo de pobreza sino como la virtud que le permite a un artista de la calidad de Trillo, correrse a un segundo plano para dejarle todo el protagonismo a Breccia.

Así son estas ocho historias de entre cuatro y ocho páginas en las que se cuentan anécdotas mínimas, con diálogos secos y precisos que callan más de lo que dicen... un ejercicio de austeridad en las palabras que habilita un derroche de virtuosismo en las imágenes.
Un clásico imprescindible.

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