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La Casta de los Metabarones

Otro de los clásicos reencuentros de Carmilla con una de sus historias favoritas

La Casta de los Metabarones

Sí leyeron mi artículo De Carmilla y otras Sanguijuelas recordarán entonces que mencioné a uno de mis mejores amigos al cual con otros lo tenemos apodado como Thor. En caso contrario entonces pasaré a explicar que fue él quien me prestó Carmilla, novela favorita de la que adapto mi seudónimo, como así me introdujo en el actual rubro de la desinsectación y la limpieza de tanques de agua.

Ahora, ¿por qué comienzo dicho artículo mencionándolo a él? Porque él fue quien años atrás también me prestó un impresionante tomo de Reservoir Books que su madre, a vuelta de su visita por Europa, le había logrado conseguir. Un tomo recopilatorio contenedor de la obra completa por letra y guion del chileno Alejandro Jodorowsky y las elevadísimas ilustraciones del argentino Juan Giménez. Exactamente gente, les estoy hablando de nada más y nada menos que de La Casta de los Metabarones. Una de las mejores cosas que he leído en materia de comics según mi gusto personal.

Continuando, la cosa es que el sábado del 2 de Diciembre cumplí 28 años de edad. Siendo que nos íbamos a encontrar en la casa de otro amigo íntimo en común (que tuvo la gentileza de ofrecer su hogar para el festejo de mi cumpleaños) es que aproveché para pedirle a Thor que me trajera de nuevo ese regordete y soberbio tomo de Reservoir. Y es que además de traerme de regalos otros comics, como Viejo Logan y Oink de John Muller, fue que también me hizo préstamo nuevamente de ese fantástico como así violento space opera ubicado en el universo Jodorowskiano del Incal; obra por parte de Jodorowksy y Moebius que estoy en falta de leer (a pesar de que como otro préstamo amistoso me leí Antes del Incal de mismo guionista aunque dibujado por Zoran Janjetov).

Pero no nos estanquemos en que leí y que no sobre el cosmos de ficción parido por la imaginación de cierto estrafalario “psicomago”. Ya que este artículo se trata sobre uno de esos trabajos en específico.

La Casta de los Metabarones comenzó a publicarse originalmente por la agrupación de historietistas Humanoïdes Associés. Justamente el proyecto que concibió todo el universo de ciencia ficción en donde se introduce esta historia, las ya antes mencionadas en párrafo anterior y otras como Después del Incal y la saga Techno.

Su publicación se remonta desde el año 1998 y finaliza en el 2003. Habiéndose dividido en ocho tomos, cada uno contaba la historia de un miembro de la casta de guerreros más poderosa de la Galaxia. Ya se tratara de un mismísimo Metabarón como así de sus respectivas cónyuges (sí es que un metabarón llegaba a tener una, hay muchas vueltas de tuercas dentro de esta historia). Y si a tu alcance está el gran tomo recopilatorio lanzado en septiembre de 2014 por Rerservoir Books entonces te encontrarás con la sumatoria de dos relatos inéditos así como también interesantes textos por parte de los propios autores.

Ahora, sin detenernos ya en datos tan técnicos. La historia comienza con Lothar y Tonto, dos robots al servicio del ultimo metabarón. Por insistente curiosidad del primero, el segundo decide relatarle lo que sería el inicio de la casta más poderosa del cosmos. O lo que sería su reinicio ya que el linaje de los Castaka, de quienes descienden los metabarones, ya era existente antes de redefinirse como los guerreros más perfectos.

Pero es con Othon von Salza, el tatarabuelo, que comienza la épica relatada por Tonto al muy impaciente Lothar. Ex pirata intergaláctico que logró conquistar el amor de Edna, hija del Barón Bérard de Castaka, de su unión es que el primero de los Metabarones logra el título nobiliario. Y será con la historia de su vida, llena de complejas vicisitudes, las que dará lugar al reinicio de su linaje adoptivo convirtiéndolo entonces en una casta de guerreros letales cuyo título será traspasado por vía patriarcal. Es decir, que solo el hijo varón de un Metabarón podrá reclamar el puesto de su padre.

De hecho, y a pesar de todo lo redefinido por Othon, este mantendrá aún vigente el Bushikata, código de honor con el que siempre se manejaron los Castaka, y lo ajustara a las nuevas y crueles tradiciones Metabarónicas. Es así que para reclamar el puesto de heredero el hijo de un Metabarón deberá matar a su padre en un duelo de armas blancas. Pero mucho antes en su infancia tendrá que someterse a un rito de mutilación por parte de éste. Aquello entonces dará lugar a una gala de personajes con amputaciones desde las más mundanas hasta las más descabelladas.

Sin necesidad de orden respectivo veremos algo tan sencillo como una mano apuntada para que haya luego otro noble de esta casta con el par de pies cercenados. Como si lo anterior fuera poco a lo largo de la historia se podrá llegar a apreciar hasta pérdidas de partes del cuerpo que no tan solo le harán perder la cabeza al propio lector (o peor aún, que le duelan los propios genitales). A no desesperar que la tradición del miembro apuntado siempre le siga el de una prótesis mecánica para reemplazarlo. Y aunque las pérdidas pueden hasta parecer desopilantes es aquí en donde vemos como los autores se sirven del sci-fi más fantasioso para justificar. Porque la historia de los mismos Metabarones no se trata de ciencia-ficción dura ¡No, no, no! ¡Se trata de una suerte de “ciencia-acción” de lo más espectacular y heavy!

A lo largo de lo contado por Tonto a Lothar podremos apreciar mucho más que el futurístico lenguaje soez e insultos robóticos compartidos entre los dos. Frases que van desde “¡Merecerías que un paleogato viniera a mearse en tus circuitos!” hasta un simple “¡Me cago en los diodos!” no son lo único que adornan a este soberbio relato gráfico. También viene conformados por duelos que decidirían el destino de una galaxia entera, galas de imponentes andróginos espaciales, genocidio completo de otro universo y hasta los más insólitos como rebuscados de los incestos. Eso y la forma excepcional que tendrá Tonto para contarle todo esto a su otro compañero robótico para que aquel pueda vislumbrar de forma apreciativa las inconmensurables gestas, como así los desoladores dramas personales que fueron el arraigar del árbol familiar de sus distintivos amos.

Bueno, no tan solo para Lothar. Sino también para nosotros que a través de estos dos pintorescos personajes es que también nos podremos convertir en auditorio individual de historias que osan hasta rivalizar con las propias tragedias griegas de la antigüedad. Porque aquella es claramente la ambición de la dupla Chileno-Argentina, que con diálogos y viñetas pretendieron formar la épica legendaria de estos soberbios Metabarones. Fieros individuos que pasaron del linaje más noble a la casta de mercenarios más potentes y mejor pagados de las eras siderales.

¡Merecerías que un paleogato viniera a mearse en tus circuitos!

Acá en donde ya debo detenerme de tanta verborrea de mi parte y pasar a lo que fue mi apreciación personal, porque la historia vendida de mi parte supongo que ya está. Así que lo mejor será proseguir antes de que a mí también se me quemen mis biodiodos de humano primitivo.

Antes de pasar a mis manos por primera vez, mi amigo Thor ya se lo había leído. Pero tras de él le siguió justo el amigo que este año ofreció su casa para mi cumpleaños (que de paso se trata también de quien me prestó Antes del Incal ¡Ah, saludos para mi amigo Gaer que por ahí está leyendo esto!). Fueron estos dos sátrapas los que luego me llenarían la cabeza de lo buenísimo que estaba La Casta de los Metabarones. Apenas fue traspasada a mis hediondas garras de lector pude apreciar del pesado libro con casi 600 páginas de largo su impresionante tapa que mostraba como una mano mecánica desmembraba la oreja de un imperturbable muchacho. Abrí la dichosa tapa y al pasar al interior de sus páginas fue ya una experiencia reveladora. Porque sí señores, este fue para mí un debut doble. Era la primera vez que me cruzaba tanto con un trabajo por parte de Juan Giménez como así de Alejandro Jodorowsky. Tan comparable como la lejana vez que, por recomendación de ya mencionado sátrapa primero, terminé descargándome en mi computadora la hiper-conocida “novela gráfica” de Watchmen. La simple lectura de algo como eso te marca un antes y un después en tu vida.

Antes de pasar a escribir un artículo sobre susodicho ejemplar de la historia del comic le tenía que dar una segunda ojeada. Esa fue la razón por la cual, aprovechando acontecimiento de mi cumpleaños, pedí un segundo préstamo de aquella. Es en esa segunda releída que, aunque me maravillé de nuevo, pude entonces apreciar más detalladamente ciertos aspectos para “advertirle” a cualquier lector primerizo.

Se trata de una obra muy compleja para digerir. Por un lado hay que entender que la prosa y argumento está concebido desde el imaginario Jodorowskiano. Abunda mucho dialogo de palabrería rebuscada entre los dos robots. El prefijo “paleo-” abunda excesivamente solo para que uno entienda que hacen utilización de conceptos y metáforas contemporáneas de nuestra realidad actual que serían “paleolíticas” para estos seres del futuro. Ejemplos de esto son las repetidas exclamaciones de “¡Por Paleocristo!” como incluso la exaltación por parte de un planeta entero a la figura de Paleomarx. Exacto. Sí una cosa se le puede llegar a ocurrir al bueno de Alejandro es que aun existan marxistas en un lejano futuro intergaláctico.

Otra punto a destacar es que la utilización de la típica ciencia-ficción blanda, tan característica en la mayoría de los Space Operas, es utilizada como justificativo permanente para los giros de tuerca más desopilantes. Los Deus Ex Machinas son hasta casi literales en la parte de Ex Machina. Se introducen en la historia de la forma más sutil como pueden simplemente entrometerse sin mucho cuidado.

Si un desmembramiento es lo exageradamente excesivo entonces la milagrosa tecnología estará ahí para solucionar hasta lo insolucionable. Si lo que vas a esperar como lector es un mínimo de verosímil científico, como por ahí podría llegar a tenerlo Star Wars (hasta incluso con sus tan odiados midiclorianos), mi recomendación es que te lo pienses dos veces antes de ponerte a leer esta historia. Prepárate un tecito, medita un poco sobre el significado de las cosas y luego enlístate para ver como Jodorowsky se vá a la completa mierda. Porque eso es lo que hace él y lo sabe hacer muy, pero muy requeté bien.

Con esos escabrosos detalles señalados es que aun así me atrevo a decir que la obra es perfecta. Lo que parecería que a una historia le agregaría solo puntos flojos le termina sumando aún fuerza mitológica. Si conocés aunque sea un poquitito de los trabajos de Jodorowsky (lo cual también es mi caso) entonces sabrás que el tipo se sirve mucho de fantasía muy onírica y volada pero condensada en una lógica narrativa bastante bien solidificada ¡O sea, dale! ¡El tipo este fue quien inventó el chamuyo de la Psicomagia y con eso la supo levantar en pala! Incluso hasta a pesar de los tweets más bestias de su parte haciendo referencia la cualidades de sensual seducción por parte de los… abusos incestuosos. Y sí, algo de eso también está plasmado en la Casta.

Ahora imaginate toda la locura de Alejandro Jodorowsky y mezclalo tanto con las esplendorosas ilustraciones como la veterana narrativa gráfica del Argentino Juan Giménez. Todo en búsqueda de dar como resultado la apoteósica narración de un linaje de los más invencibles mercenarios siderales oriundos de en una galaxia pútrida y corrupta. Exacto: es inimaginable para nosotros, meros mortales.

Aun así está al alcance de nuestro entendimiento cuando estas dos monstruosidades del arte dan vida en forma de una muy brillante oda épica de la ciencia-ficción e historieta a esta obra. Una primera releída y te hundís en la fascinación. Una segunda y llegas a tener la oportunidad de haber aprendido a nadar en ella y a disfrutar de su orgásmica agonía (extraña metáfora de mi parte pero pega como piña de Metabarón).

No esperes igual mucha perfección moral en algunos de sus protagonistas (ya al viejito de Ale le parece costar un poco más de lo normal). Su narración se nutre de amores retorcidos, hiper-testosterona llevada a niveles legendarios, galácticas e inagotables tragedias familiares. Mucho de los protagonistas de La Casta de los Metabarones deben buscar la redención de los crímenes más atroces. Incluso aun del atrevimiento de romper o deformar a sus propias tradiciones. Cuando lo consiguen es de una forma muy retorcida. Esto lo digo con una intención oculta de mi parte, la cual claramente involucra a que, si aún no leíste esta magnífica leyenda intergaláctica, te pongas manos a la obra para conseguirla y la leas hasta el final. Porque su fin sí que tiene un giro inesperado para lo que se esperaría de cualquier un metabaron. Y es con esa bomba de mi parte que finalizo con este dichoso artículo.

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Escrito por:
Carmilla de Le Fanu
Según el dibujante Pablo Tunica yo sería algo así como un “aristocrata caído en desgracia”. No me desagrada el titulo

Carmilla de Le Fanu
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