Ghost in the Shell y el valor de la vida
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Ghost in the Shell y el valor de la vida

Por: Matias Mir - 25 Oct 2017 Se lee en: 4 mins

Por cuestiones de tiempo, presupuesto o simplemente el juicio del director Mamoru Oshii, muchos de los arcos argumentales del manga original de Ghost in the Shell (攻殻機動隊 Kōkaku Kidōtai) quedaron fuera de la famosa película de 1995. Lo que conlleva a esta nota es uno de esos arcos, el que sucede en el décimo capítulo, “BRAIN DRAIN”, también llamado familiarmente como “el juicio de Motoko”.

Pero retrocedamos un poco. Para los desorientados, Ghost In The Shell es un manga de Shirow Masamune que comenzó a publicarse en 1989 y finalizó en 1990. La cosa va de un futuro cyberpunk donde existe una división de la policía (la “Sección 9”) encargada del ciberterrorismo. A cargo de este grupo está Motoko Kusanagi, un ciborg que va a resolver estos crímenes capítulo a capítulo mientras se cuestiona simultáneamente su propia existencia y humanidad. Este conflicto interno del personaje es sin dudas lo más interesante del manga, dado que motiva a la protagonista a explorar distintas facetas de la humanidad (la sexualidad, la moral, la amistad, etc.) y nos enfrenta tanto a nosotros como a ella con cuestionamientos respecto a las mismas.

En el caso de BRAIN DRAIN, la historia comienza con unas visuales espectaculares de una misión de la Sección 9 en el mar. Motoko y sus compañeros se infiltran en un barco en busca de una persona que podría tener cierta información que necesitan. Sin embargo, cuando esta persona, un joven andrógino de pelo colorido, aparece y saca su arma, Motoko lo asesina en el acto con cinco balazos a la cabeza. Este error bastante raro de su parte se excusa con la intranquilidad de la protagonista respecto a sucesos previos en la historia que no son relevantes en este caso. Lo que sí es relevante es que el jefe de Motoko descubre, muy tarde, que les habían tendido una trampa y todo lo sucedido en el barco fue filmado y enviado a los medios. Ante un video donde se ve a Motoko asesinar a sangre fría al joven y una denuncia de los padres del mismo, comienza el juicio.

Hay bastante quilombo mediático y en una subtrama paralela la Sección 9 va descubriendo que el joven asesinado tenía que ver con el tráfico de armas en medio oriente, además de la sospecha de que todo el juicio es una trampa de los enemigos del jefe Aramaki, pero nada de esto evita que llegue el momento de que Motoko se suba al estrado y sea interrogada.

Y acá es donde está el jugo de todo este arco y colapsa la visión del jurado con la de la protagonista y ambas con la nuestra. Finalmente llega la pregunta: ¿Por qué no le perdonó la vida? A lo que Motoko responde: “Porque la única realidad es la muerte y yo soy una persona muy realista”. Además de una frase buenísima para un tatuaje, esas palabras son solo la antesala de un monólogo imperdible respecto a lo que nos acontece, el valor de la vida. “El potencial, el software, tiene más significado que la vida misma, y es lo que utilizo para evaluar una situación. Yo no puedo comprender si él se sentía como “él mismo” o siquiera como “una persona”. De lo que estoy segura es de que él había despertado de su programa, de esa pesadilla. Y, hablando metafóricamente, si su programa estaba generando desperfectos yo simplemente funcioné como una planta de tratamiento de esos desechos. Los que realmente lo mataron fueron quienes lo programaron originalmente, yo solo funcioné como una cómplice involuntaria”. Tomá aire y seguimos.

Lo que uno saca de esto es que Motoko Kusanagi ve a las personas y ve en ellas un “potencial” que es más importante que sus propias vidas, y claramente un delincuente aliado con el terrorismo que la está apuntando con un arma no tiene utilidad para la “red”, no tiene potencial positivo dentro de la sociedad, y por lo tanto no tuvo dudas en volarle los sesos antes de dispararle en la mano o en las piernas, por ejemplo.

Se podría argumentar que esa filosofía nace de una forma “robótica” de pensar de parte de Motoko, pero ella no es un robot que busca soluciones sin plantear el conflicto moral del asesinato como si fuera una computadora. Ella es un cyborg, una humana con un cuerpo tecnológicamente intervenido. Incluso si es prácticamente 100% máquina, ella sigue teniendo un GHOST, un concepto del manga que implica autoconciencia y equivale al “alma”. Además, estamos acercándonos a la conclusión de una historia que se basa en el acercamiento del personaje a su propia humanidad, y aun así la respuesta sigue siendo potencial > vida.

Estos conflictos sobre el valor de la vida no son algo ajeno a nuestra propia realidad, y aunque no vivamos en el siglo XXI que imaginó Masamune hace casi 30 años igual nos chocamos socialmente con discursos parecidos y opuestos a los de Motoko. Ya sea cuando se habla de los linchamientos, de la eugenesia, de la legalidad del aborto, de las políticas para con los más vulnerados de la sociedad; el debate siempre gira en torno a que unas vidas valen más que otras (o, en todo caso, que todas las vidas son iguales y tienen los mismos derechos básicos).

Posiblemente Ghost in the Shell no haya sido el primer manga mainstream en plantear estos conceptos, pero definitivamente no fue el último. Sin ir más lejos, Death Note (デスノート Desu Nōto) juega en primera con la idea de que el protagonista es juez y verdugo de las vidas de todos los humanos del planeta basado en su propio juicio moral. No hay mucha diferencia en Motoko disparándole al terrorista y Light ejecutando criminales con su libreta. En Death Note este dilema moral al lector es el plato fuerte, digerido en dos simples posiciones para que uno se identifique y se pelee con el del otro bando. Aunque el conflicto moral esté menos explotado en El Fantasma en la Concha debido a que es solo una de las múltiples situaciones de desarrollo de la humanidad de Motoko, no lo hace menos importante. Es la brillantez de su sutileza lo que lo hace tan intenso.

Como casi cualquier interpretación y análisis que se pueda hacer de una obra de ficción, la palabra final la tiene cada lector. Podemos pensar que tal vez Motoko tiene razón y deberíamos empezar a ranquear a las personas por su valor para la sociedad (como está planteado por el gobierno chino para los próximos años). Podemos imaginar una tercera posición entre ella y los fiscales donde la pena de muerte puede ser ejecutada según el juicio de los oficiales de policía y el ejército (no muy distinto a lo que sucede hoy en día). O, simplemente, podemos decir que Motoko es alta facha.

GHOST IN THE SHELL se consigue actualmente en Argentina por la edición de Ovni Press.

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