Ojos felinos
Manga

"Reiraku" de Inio Asano

Ojos felinos

Por: Matias Mir - 27 Oct 2017 Se lee en: 4 mins

“Siempre que hagas manga, siempre que te rehúses a rendirte, nunca vas a poder hacer feliz a nadie”.

Asano es… un tipo complicado. Sus obras están todas manchadas de mala leche y un ambiente pesado y negro. Incluso cuando tiran más para el lado de la comedia absurda o los recuentos de la vida, siempre va a estar esta aura negra sobre los personajes que te recuerda que todo puede salir mal. Eso obviamente se refleja en su persona, y el ping pong de reflejos no termina ahí. La obra se refleja en él, pero en Reiraku es Asano el que se refleja en el papel. Ocho capítulos. Solo ocho capítulos fue lo que le tomó para abrirse el pecho y manchar con sangre negra el papel. Si vos creías que en Oyasumi Punpun el autor reflejaba su psiquis en el pajarito y sus secundarios, acá podría básicamente ser un papel espejado que te escupe en la cara.

El protagonista es Kaoru Fukasawa, un mangaka que arranca en el under, consigue volverse popular publicando un best-seller y se casa con su editora, pero una vez que concluye su publicación se ve atrapado por la visión de él mismo y las expectativas que le dio al mundo. Su mujer está detrás de otros artistas, sus ayudantes lo presionan para que decida qué hacer profesionalmente, la editorial lo va dejando de lado por nuevos autores y en Internet se cansan de esperarlo y arrancan a basurearlo. Finalmente, por supuesto, se quiebra. Se separa de la mujer, despide a los ayudantes y se va a vivir solo. Y se da cuenta, tarde, que puede escapar de todas sus responsabilidades, pero no puede dejar atrás su reputación y su renombre como mangaka.

Esto cambia cuando conoce a Chifuyu, una prostituta con ojos felinos, casi iguales a los que un día reconocieron su arte y le dieron el empujón necesario para dedicar (¿o malgastar?) su vida en el manga. Chifuyu es una persona libre que no tiene idea de quién es él, por lo que Fukasawa no puede evitar volverse adicto a ella. Y así empieza la bizarra pero intensa historia de estos dos personajes y sus búsquedas de libertad.

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Asano te pudo haber emocionado con Solanin, te pudo haber deprimido con PunPun y te puede entretener con Dead Dead Demons DeDeDeDeDestruction, pero con Reiraku directamente te basurea por doscientas páginas. Fukasawa se convirtió en lo que más odiaba cuando era un novato: un mangaka famoso que critica todo lo nuevo y cree que la industria está muriendo por culpa de las obras de los demás. Él no entiende como alguien puede “amar” el manga, ni siquiera sus propias obras. Enfrentarse a esta realidad lo bloquea y no le permite dibujar nada que valga la pena, porque entiende que nada realmente lo vale. Es una especie de nihilismo artístico.

Y si no respeta el manga, menos respeta a los lectores. En la cara te dice que los lectores de su obra son unos estúpidos, que lo que hace es una historia planteada superficialmente para que se emocionen y que no tiene ningún significado profundo detrás. Te demuestra que todas las respuestas por redes sociales que le da a sus fans son falsas y que detrás de la pantalla solo se refleja su apatía, sin emociones. Para él, los lectores no son más que los consumidores idiotas de un producto pensado específicamente para, justamente, idiotas.

Lo que lo hace peor es que, a pesar de que es la visión de Fukasawa, Kaoru es Asano mismo. En los foros de discusión ya se encontraron mil y una similitudes entre el personaje y el autor, tales como los cambios en el color de pelo durante los distintos momentos de su vida, la similitud entre las obras de ambos, el aspecto del estudio, la editorial en la que trabaja… todo concuerda. Por supuesto que si le preguntás te va a decir que solo es un personaje y te va a responder con la buena onda con la que suele escribir en su twitter, pero, por lo que ya leímos, esa es solo una fachada para un tipo al que no le importás en absoluto.

Reiraku se traduce oficialmente como "Downfall", y se llama así porque es exactamente eso, es la caída del personaje. Es una destrucción personal y un viaje sin destino específico de Fukasawa y Chifuyu. Esa sensación de ambigüedad argumental es lo que le da el mayor sentido autobiográfico a la historia. No hay una estructura ni un clímax en Reiraku. Las cosas simplemente pasan, y pasan hasta que se terminan. La sucesión de viñetas, la tormenta de grises y la utilización casi por completo de globos de diálogo redondos le da al manga una sensación de tranquilidad, de aburrimiento. No se siente como algo en movimiento, sino como un montón de fotografías que pasan unas tras otras. La acción se detiene a la mitad, las voces son monótonas. Incluso en el sexo da la sensación de que los gemidos fueran falsos, como leídos por alguien fuera de escena. Abundan más y roban la mayor parte de las páginas los edificios y los inmensos escenarios urbanos. Tokyo absorbe el manga de la misma forma que absorbe las pocas energías de Fukasawa, que logra liberarse y encontrarle, tarde, un sentido a su vida cuando se escapa a un escenario campestre.

Sin hacer mucho spoiler (aunque, sobre todo en esta clase de mangas donde la acción y los eventos núcleo son casi nulos no importa lo que sucede sino cómo sucede) la historia cierra con el personaje por poco saliéndose con la suya y ganándole al sistema hasta que una visión que jamás pudo entender, la del manga como algo significativo que puede afectar las vidas de las personas, lo golpea. Y lo golpea fuerte, porque entiende, finalmente, que el manga sí es importante, tanto que toda su vida tuvo algo de significado solamente gracias a las historietas. Y la chica de ojos felinos aparece en un último recuerdo que completa el círculo, explicándole a Fukusawa, a Asano y a nosotros que esta persona cuya vida acabamos de vivir nunca va a poder hacer feliz a nadie porque el manga lo va a absorber por completo. Y, aterrado ante un futuro en el que ese presagio se vuelva realidad, esta persona entierra toda su depresión, todo su apatía y su odio en una última mirada dirigida a si mismo, a nosotros y a esa chica de ojos felinos.

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