Anarquismo y Magia
Miscelánea

Anarquismo y Magia

Ventanas de escape para crearnos (creernos) un dios.

Por: M.A. Grinspun - 28 Nov 2017 Se lee en: 8 mins

Introducción

Cuando entablo conversación por primera vez con una persona que capta mi interés, y si siento la confianza de desplegar toda mi extraña franqueza, le propongo un intercambio, una suerte de juego, para conocernos mejor: Le doy la potestad de hacerme tres preguntas acerca de mi persona, las que quiera, que prometo responderé de manera sincera, en caso de que dichas preguntas estén dentro de mi grado de autoconocimiento. A cambio, lo único que pido yo es una única y sencilla pregunta, bajo las mismas condiciones de respuesta a las que yo mismo me someto.

Lo que me han preguntado siempre varía, yendo desde la más banal intimidad hasta la más enrevesada de las apreciaciones que manejo sobre el mundo. Sin embargo, mi pregunta siempre es la misma: “¿Que venerás?¿Cuál es tu dios?”

Luego del primer instante de confusión, la mayoría de la gente duda. Claro está que invito con mi pregunta a la reflexión. ¿Qué significa venerar? ¿Estoy respondiendo a algo más allá de mi persona, cuando decido vivir mi vida? De una u otra forma, estas deben ser las preguntas que se despiertan en las mentes de aquellos a los que interpelo. De más estaría aclarar que siempre que sucede este intercambio, es porque creo con seguridad que aquella otra persona tiene la capacidad de comprender, asimilar a qué me refiero exactamente cuando hago la pregunta. De todas formas, es esencial detenerse específicamente en la segunda pregunta que supuse les surge, porque será retomada más adelante.

Para ponerlo en palabras sencillas, mi pretensión es que la gente se aleje de su condición de Sujeto de Estado en sociedad y ahonde en lo más sincero de la experiencia de ser humano. Sus deseos, sus miedos, aquello que los impulsa a continuar con el plan de vida que, tengan o no, se les impone que debería existir en su cabeza. Esto, lógicamente, genera una contradicción: Es imposible plantear la experiencia del ser humano sin la construcción de la misma que nos da la vida en sociedad. Imposible también caracterizarnos como individuos sin una otra existencia, un par, que nos diferencie al ejemplificar aquello que nosotros no somos.

¿Dónde estamos?

El lado B de la globalización, del acceso irrestricto a la información que ha ganado el altísimo porcentaje de la población occidental, es sin duda alguna el auge de reflexión con respecto a la noción de identidad y de individuo: La dicotomía se vuelve tricotomía, la tricotomía se vuelve policotomía. Nos perdemos y encontramos en un océano de posibilidades, de ofertas de consumo material y cultural, donde cada vez es más complicado encontrar algo que nos resulte auténtico, algo con lo que podamos identificarnos en el sentido literal de la palabra. Y así como sucede con el individuo, sucede con los movimientos ideológicos que estos mismos individuos, al hermanarse, impulsan. Prueba de esto son los incrementos de movimientos feministas, de cuestionamiento de género y de viraje hacia fuera del antropocentrismo, entre otros. El individuo parece querer construir una noción de identidad colectiva, por más paradójico que esto suene, que mantiene como ejes centrales a la rebelión y el cuestionamiento hacia la norma de control social que nos rige. Se sacuden, así, los cimientos del capitalismo dominante y de sus estructuras impuestas para la perpetuidad del mismo modelo.

Este mismo cambio de zeitgeist, este auge de nuevas incógnitas y vertientes del pensamiento, lleva indudablemente a una pregunta que desde la más tierna infancia se ve latente: ¿Es verdaderamente necesario un modelo dominante, de jerarquización, para la vida en sociedad? ¿No es la existencia de este mismo modelo una construcción paradójica en tanto a la plenitud del espíritu, asegurando mi supervivencia al tiempo que suprime mi libertad?

Estos cuestionamientos son, justamente, las bases del pensamiento anarquista. Y si bien el anarquismo es un movimiento político asentado fuertemente en la razón y, consecuentemente, la practicidad de lo que nuestra percepción nos transmite, en este momento de la historia humana sería correcto animarnos a dar un paso adelante y preguntarnos cuáles son los límites de la jerarquización, y si no es una obligación para el anarquismo enfrentarse no únicamente a los limitantes políticos y socioculturales sino también a aquellos regidos por aspectos que, aparentemente, escapan a nuestro control y se ven ligados a cuestiones de percepción sensorial. Con esto, para exponerme de manera más sencilla me refiero a las nociones de tiempo, espacio y, sencillamente, realidad.

El problema que se nos presenta al postular esta intención es sencillo: ¿Como se puede manipular limitantes objetivos, nacidos de las leyes del universo? Y, seguido: ¿Qué ventajas tendría un desligamiento de dichas limitantes? La segunda pregunta es ineludible pero irrelevante al fin: La practicidad de cualquier horizonte nuevo quedará siempre al criterio de aquel al que se le presentan. En cuanto a la primera pregunta, la respuesta es sencilla a la vez que, entiendo para algunos, confusa. La manera de vencer las cadenas de la realidad es a través de manipulaciones de las percepciones sensoriales, que en definitiva son las herramientas para construir la realidad misma al tiempo que nutrimos nuestra razón.

Esto me lleva, entonces, a la segunda palabra pregnante del título de este artículo: La magia. ¿Que es la magia? ¿Cómo se llega a la conclusión de que un efecto, pensamiento o costumbre de índole mágica no es sino una superstición, un efecto apotropaico, que no cumple función alguna desde la perspectiva racional más que calmar o generar un efecto determinado en uno o más individuos? ¿Puede entenderse a la magia desde la razón, como una herramienta generadora de sentido y realidad?

De qué hablamos cuando hablamos de magia

El primer paso para entender la magia desde un punto de vista racional y auténtico es revisitar la definición del Estado de Conciencia, entendida como: “Aquel estado en que se encuentran activas las funciones neurocognitivas superiores (...) El estado de conciencia determina la percepción y el conocimiento del mundo psíquico individual y del mundo que nos rodea.”

A grosso modo, podemos clasificar los estados de conciencia en dos categorías: Los ordinarios (la vigilia, el sueño SOL y MOR) y los alterados o inducidos. En esta segunda categoría es donde comienza a funcionar el concepto de la magia que tengo interés en exponer.

Un estado de conciencia alterado o inducido podría definirse como: “una condición significativamente diferente al estado de vigilia atenta, es decir, distinta al estado de ondas beta propio de la fase circadiana en la que estamos despiertos. Esta expresión describe cambios en los estados mentales de un individuo, casi siempre de naturaleza temporal.” Para postularlo en palabras más sencillas, podríamos decir que, simplemente, percibimos cosas que no deberían estar allí normalmente o, en su versión más óptima, alteramos percepciones para manipular distintos limitantes.

Un lector agudo quizá se pregunte: ¿Pero, no es esto mismo el efecto que causan algunas drogas alucinógenas? ¿O, lo mismo da, las consecuencias de algunos trastornos de la psique? La respuesta es que si, por supuesto. La diferencia fundamental entre lograr estados de conciencia alterados a través de estos medios y lograrlos a través de la magia radica en la simple noción de control, de manejo encausado y la búsqueda de un efecto específico. Me remito al lenguaje para expresar este punto, por más que ahondaré en él más adelante: La palabra magia proviene del latín magīa, derivado a su vez del griego μαγεία (pronunciado mageia), cualidad de sobrenatural, probablemente del antiguo persa maguš, que contiene la raíz *magh-, ‘ser capaz’, ‘tener poder’. Entonces, sencillamente, la magia es la herramienta de la capacidad o el poder, sin irse etimológicamente, en sus raíces, de la causalidad a la que nos somete la razón. El propio Aleister Crowley, en su introducción a una versión revisada del Ars Goetia (o “La llave menor de Salomón”) escribe:

“Concibo que la apología es amplia, tanto en que los efectos se refieren únicamente a los fenómenos que se le aparecen al mago mismo: la aparición de un espíritu, su conversación, posibles shocks de imprudencia y así ad infinitum, inclusive llegando al éxtasis, la muerte o la locura. ¿Pero puede cualquiera de estos efectos descritos en este libro ser obtenido, y de ser así, se puede dar una explicación racional de las circunstancias? Yo puedo, y lo haré. Los espíritus del Ars Goetia son, en realidad, partes del cerebro humano. Sus sellos por lo tanto representan métodos de estimulación o regulación de esas partes particulares (...) Entonces si digo, con Salomón: “El espíritu Cimeries enseña lógica” lo que quiero decir es: “Aquellas porciones de mi cerebro que remiten a la facultad lógica pueden ser estimuladas y desarrolladas mediante el seguimiento del proceso llamado ‘La invocación de Cimeries.’”

No creo necesario remitirme a otros autores para explicar la lógica aquí presente, si bien podría hacerlo. Convengamos que solo mencionar el ya agotado argumento del genio maligno de Descartes, es suficiente para explicar lo etéreo del concepto de realidad con el que nos manejamos en nuestra vida diaria. Entonces, ¿Si la realidad de por sí ya se nos presenta tan frágil, cual es el daño de romperla y rearmarla, de forma controlada y a conciencia, para escapar de las limitaciones que la misma nos genera?

La siguiente pregunta qué podría surgir es una ligada al método, o a la ceremonia, mágica. ¿Qué tipo de magia es la correcta? ¿Cómo diferenciamos un método mágico efectivo de uno que no lo es tanto?

La respuesta, verdaderamente, no existe. No hay un tipo de magia, siguiendo la lógica expuesta anteriormente, que tenga un grado certero de efectividad, ya que no existe certeza alguna de que el practicante, o la persona involucrada, logre un estado de conciencia que le permita utilizar esa modificación perceptiva a su favor. La mayoría de las ceremonias mágicas, o las meditaciones espirituales, requieren una serie de pasos específicos y una buena cantidad de práctica antes de lograr efecto alguno sobre la mente de quien las ejerce. Es aquí, para salvar las distancias entre el anarquismo y la magia, donde entra el punto final de mi postulación, la nueva corriente mágica denominada “Magia del Caos”.

La Magia del Caos nació en la década del 70 en Inglaterra, producto de debates entre Peter Carroll y demases adeptos a otras ramas de la magia. Una corriente mágica nacida durante la era Thatcher, con el anarquismo joven en boga, contemporánea a la aparición de los Sex Pistols y su famoso grito de “Anarchy in the U.K.” no podía sino carecer de reglas y manejarse bajo la única máxima de que “la creencia es un poder en sí mismo”.

En pocas palabras, la Magia del Caos enarbola el espíritu anarquista y destruye toda noción sobre leyes mágicas, permitiendo que cada adepto tome prestado y modifique los pasos de rituales o ceremonias de cualquier otro tipo de corriente mágica existente. Así, cada individuo va formando sus propias reglas y nociones frente a lo ritual, lo mágico, sacándole provecho de acuerdo a los objetivos que busca. Cada individuo genera sus propios estados de conciencia, tomando prestado y modificando a su gusto.

Los nuevos dioses

Dice Ferrer: “Los dioses siempre han sido necesarios en el mundo. Existieron en la era de la caza, en la de la agricultura y existen aún en la de la industria (...) Lo que en otro tiempo fue llamado Zeus o Jehová o Gran Espíritu hoy se llama ‘Producción’, ‘Planificación’ y ‘Tecnología’. Los nombres son otros y no poseen los mismos atributos, pero son equivalentes.”

La ilustración, lejos de desligarnos de la idea de Dios, ha reemplazado ese modelo dominante por otro modelo jerarquizador equivalente, atandonos a la causalidad y pensamiento empírico de la razón. Nuevos dioses aparecen, y nos amoldamos a lo que nos permiten en el día a día: En nuestro inconsciente se graban a fuego estos nombres impuros, fríos y lógicos. Vivimos bailando al compás de Google, Facebook y demases, donde cada like es un milagro y cada vinculación un pobre sustituto de aquello a lo que podríamos apuntar.

La relación de estos dos conceptos, anarquismo y magia, no es ni por asomo propia. El precedente más claro que logro encontrar viene del mundo de la historieta, mundo del cual soy consumidor acérrimo: The Invisibles (Grant Morrison), Promethea (Alan Moore) y American Gods (Neil Gaiman) son tres obras fundadas bajo premisas similares y que comparten una serie notable de elementos. Entre ellas, podemos encontrar protagonistas, en general marginales a la norma social, que se ven inmersos en una lucha contra una fuerza intangible, imperceptible, nacida de la modernidad. Con la magia como herramienta, los protagonistas se encauzan en un conflicto que pone en riesgo el balance del mundo tal como lo conocemos, poniendo en balanza los valores antiguos, los modernos y aquellos que nacen del entendimiento entre ambos.

¿Es casualidad, me pregunto, que dichas historias hayan surgido de un medio como la historieta? ¿De un medio joven que, sin embargo, ve sus bases de lógica narrativa fundadas en la combinación de la antiquísima técnica de las imágenes y las nuevas nociones de montajes que trajo el cine, una forma de arte moderna?¿Sería tan descabellado plantear un paralelismo entre esta combinación y la anteriormente discutida, de anarquismo y magia? Dicho sea de paso, Grant Morrison y Alan Moore son dos de los autores más notorios de la Magia del Caos, corriente mágica anteriormente expuesta.

Concluyendo, las prácticas esotéricas, preferentemente las ligadas a corrientes de postulación caóticas donde se construyen máximas o reglas de manera individual, son la herramienta ideal para ejercer la ideología anarquista en su máximo esplendor, no únicamente como movimiento político sino como movimiento de alteración de la existencia propia. Y es este poder, esta nueva vertiente de la manifestación del individuo, lo que nos permitirá alejarnos de las estructuras jerarquizantes de toda índole, que limitan y comprimen la capacidad del espíritu humano, sin incompatibilizarnos eso mismo con la capacidad de vivir en sociedad bajo un yugo de estructuras y modelos dominantes. La magia anarquista, la magia caótica, debería ser nuestra principal ventana de escape.

Los nuevos horizontes, ya presentes, serán responsabilidad de cada uno.

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