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Los insectos que soñamos ser hombres

Los insectos que soñamos ser hombres (The Fly)

Debía ser alrededor del año 2004 ahí en el departamento de divorciado de mi viejo. Estaba solo en mi “cuarto de fin de semana” sintonizando a la madrugada canales como I-Sat o The Film Zone. Quería ver si podía llegar a enganchar una peli de Emmanuelle, el material especializado para que todo pibe de 14 años en esa época se hiciera la paja (antes de que Internet hiper-saturara a Google con búsquedas hacía XVideos o Pornhub, claro está).

Tal vez ya había terminado mi precoz faena. O quizás no tuve nada de puta suerte y decidí solo ver algo hasta dormirme. De una forma u otra, había pasado apenas un año desde que dejé de dormir con la luz prendida (desde los 8 hasta los 13 años desarrolle un miedo absoluto a la oscuridad). Y se presentó ante mí lo que quizás fue un ingenuo interés convertido en una posterior prueba de importante valentía: Estaban pasando The Fly, la versión de la película de 1986 de David Cronenberg (no la original de Kurt Neumann del 58). Lentamente fui presenciando como Jeff Goldblum, experto langa en dinosaurios, se estaba convirtiendo gradualmente en un hombre-mosca. Todo eso mientras una Geena Davis era la que sufría doliente su proceso. Ah, y un celoso John Getz que le preguntaba a Geena si Jeff la tenía grande (literalmente).

Creo recordar, entonces, que la película me gustó apenas de forma relativa. El horror cronenberguiano no me impactó en ese momento. Quizás me seguía tapando con las sabanas por miedo a que me abdujeran los extraterrestres de Canal Infinito. Pero en pantalla chica, con unos efectos especiales de los años 80’s, no me significaron nada en ese momento (como supongo que hoy no me movería ni un pelo púbico una de Emmanuelle). Sí es posible que haya dado una mueca de aprobación a la historia que tenía en frente. Pero mi paladar narrativo pre-adolescente tampoco era muy especializado. Creo que al día siguiente le conté a mi viejo y a su novia (actual esposa) la peli que había visto y los dos, habiendo experimentado en primera línea el cine sci-fi de la década, le tiraron un par de flores.

Ahora adelantémonos más o menos 13 años después. Luego retrocedamos un poco más de un mes. Actualmente trabajo de fumigador (dato importante para este texto), ya no me tapo con las sábanas de noche, me anoté como espectador a un ciclo de cine de ciencia ficción y si quiero hacerme la paja desbloqueo el celular. ¡Ah! ¡Y me había anotado en un ciclo gratuito de cine en el CIC! Cada miércoles durante diez semanas una peli distinta presentadas por Gustavo J. Castagna, docente en dicha Universidad.

El susodicho ciclo había comenzado con Alien el Octavo Pasajero, otra joya marcadora de mi xenomorfa alma, seguida de Blade Runner, la cual me había mostrado un amigo en otra ocasión. Les sucedieron luego Sobreviven y Fahrenheit 451, las dos vistas por primera vez allí. Todas en una humilde sala con pantalla de proyección y sonido envolvente para reproducir la misma sensación que en el cine. Castanga, en sus charlas previa y posterior al film, advirtió desde Alien que todas las pelis habían sido concebidas para pantalla grande. Y así lo comprobé cuando salte con las escenas más fortuitas del xenomorfo (por más que se notará a veces que era un nigeriano de dos metros dentro de un traje de bicho feo). De hecho, retrocedí en mi silla con los estrepitosos disparos de Blade Runner; hice muecas de dolor con esa exagerada escena de pelea entre el rubio y el negro en Sobreviven; y hasta supe al instante que mi nombre sería “Carmilla, de Sheridan Le Fanu” entre los “book-people” de Fahrenheit 451. También, en la oscuridad de la introducción y/o finalización de cada una, me sentí envuelto en las sinfonías de sus propias bandas sonoras. Gustavo tenía toda la razón: Aquellas pelis estaban hechas para la pantalla grande.

Entonces llegó la quinta película del ciclo: The Fly. Nueva advertencia por parte de Castanga: “Cronenberg es muy gráfico”. No recuerdo si uso esas palabras exactamente. En realidad debe ser un resumen de cómo nos quiso prevenir. Pero siendo que había saltado con el alien bebe reventando del pecho de Kane y me había agarrado los huevos a rodillazos en la parte de Frank a John, entonces… Bueno, no me iba a tomar el serio aviso a la ligera.

Aun así, no estuve muy bien preparado para el grotesco... los brillantemente concebidos efectos especiales de Chris Wallas (menos la pobre piba que tenía sentada al lado que pareció retorcerse en su propio eje durante segunda mitad de la película). Pero me sentí más vulnerable aun con la identificación personal espectador-protagonista. A mis 27 años de edad, aquel que se me presentaba en la pantalla dejaba de ser Jeff Goldblum, hackeador inverosímil de PCs extraterrestres, para pasar a ser Seth Brundle, científico ermitaño y extravagante que había inventado en secreto los telepods: una especie de cabinas para teletransportar materia. Fue así que Geena Davis pasó a ser convincentemente Veronica Quaife, una periodista de ciencia que se enamorara trágicamente del genio medio gil de Seth. Y finalmente lo tenemos a John Getz, que pasa a ser Stathis Borans, editor y ex pareja de Veronica. Una figura machista que mutará a la de un protector, como Seth lo hará de humano normal a hombre-mosca.

Tres personajes que interactúan de forma fluída, como angustiosa...en lo que es un verosímil de una pobre flaca teniendo que sufrir tanto de su ex macho-activo pelotudo como así de su actual novio varón-cis inseguro y boludazo. Porque serán los celos de Brundle, quizás causados por su prolongado encerramiento, lo que lo llevara medio tomado por el whiskacho a probar consigo mismo su propia máquina. Aparato que al principio teleportaba bien las medias de la Vero, le sacaba el sabor a los churrascos y le volteaba la carne para afuera a los monos. Ojo, que antes resuelve ese problema y mete a otro mono a testear los telepods, y este segundo sale completamente ileso. Pero con un Seth que se sienta en pelotas y sin notar que una mosca de mierda se metió al mismo tiempo que él es lo que encausará el argumento hacía lo que se propone mostrarnos. De ahí en adelante, cambios de ánimo. De la calma a la manía, “¿le vas a poner café a tu azúcar?”, Seth mandándola a cagar a Veronica y ella volviendo para cuidarlo, mientras Stathis se tapa la boca para no vomitar al ver grabaciones de Brundle-medio-Mosca comiendo al mejor estilo insectoide (un completo asquito).

 

Imagen eliminada.

A partir de acá no vale contar el resto de la película. Ya siento que atravesé el límite del spolier en anteriores párrafos ¡Pero tampoco te conté el final de Star Wars Episodio VIII, che! De todas forma me siento obligado a revelar un poco más de la trama, muy a pesar de quien no la haya visto. Es uno de los diálogos de un Brundle ya avanzado en su mutación con una Veronica que, aún con todas, lo sigue bancando. Para disuadirla de no seguir viniendo (un dialogo que cuasi memoricé y el cual casi me partió el alma en dos al escucharlo) Seth le comienza a hablar sobre lo visceral que son las relaciones entre moscas para finalizar con una metáfora que dice: “Soy un insecto que soñó que era hombre y le fascinó, pero el sueño terminó y el insecto ha despertado.” No sé cómo hice yo, en ese momento, para no transformarme en insecto.

Todo lo que sigue son las escenas más cercanas al final y eso no vale contarlo acá, spoiler total e inaceptable para el que no la vio. Así que hago un parate importante y les cuento ahora lo que más me puso intenso con la peli: La identificación de mi parte con Brundle y su maldita metamorfosis kafkiana, así como mis importantes diferencias con él. No soy ningún genio científico. Si tengo un coeficiente intelectual arriba de la media sería apenas raspando. Pero, a pesar de que mi laburo consiste en salir de casa e ir a la de otros a matar insectos, me sigue quedando tiempo suficiente para encerrarme en mi casa. Tiempo y soledad suficiente para ser un bicho completamente solitario y hasta para tener mis propias extravagancias de ermitaño pelotudo. De más contar que la mayor parte de mi vida sucede desde el plano de lo mental. A eso agregale que el tipo se convierte en mosca mientras yo suelo laburar de matar insectos, sobre todo cucarachas. Pero a mi oficio le agregás moscas y otra clase de bichitos, como las arañas (que no son insectos pero bueh, al veneno no le importa). Luego las inseguridades y actitudes que tuvo el personaje de Goldblum son un tanto parecidas a las que tengo yo (no del todo iguales, pero parecidas): tipo retraído, calmado y hasta muy educado; bastante inseguro en sus relaciones sociales pero que si le dejas cuerda desvaría hablando de lo que le interesa y le gusta. Además, las reacciones espontáneas hacía el enojo o la manía que sufre Seth durante primeras etapas de la mutación son cosas que me pueden llegar a suceder si algo en particular me hincha bastante las pelotas. Mi familia tiene una frase especial para mí y básicamente es: “Vas manejando todo el tiempo en primera hasta que de la nada cambias a cuarta sin avisar y chocás contra una pared” (y eso que no sé manejar).

Una diferencia que rompe un poco con la identificación entre el protagonista y yo es que aunque dudo que algún día tenga una novia tan linda como la Geena Davis de los 80’s (y no sé si habría una que me banque tanto como Veronica Quaife) me diferencio con Seth en algo completamente esencial: Él ama la vida, SU vida. Y la comienza a amar aún más al lado de su amada. Solo con la mutación él comienza a sufrir lentamente. Pero aún con mutación y todo lo malo que conlleva, el tipo siente una fascinación científica. Intenta de todas maneras revertir su nueva condición para retornar a su anterior estado de plena felicidad. Tanto que, bueno, para no llegar al spolier supremo, será capaz de lo que intenta hacer al final de la peli para volver a un estado de felicidad junto al amor de su vida.

Por mi parte, en cambio, no es que esté todo el día pensando que la vida es una mierda y alabando ideas suicidas. Pero tampoco soy el tipo más alegre que digamos. Mi actual profesión consiste en hacer genocidios de pequeñas y persistentes blattella-germanicas (esas cucarachitas que no se resignan a morir en tu cocina). Y es según con cual pie me levante si mi persistente nihilismo se vuelve positivo o negativo. Pero, para ponerme en comparación con el Brundle-Mosca, así como cierre dramático del artículo, finalizaré todo con un invento de frase referencial al texto en sí:

Soy una cucaracha que soñó que era hombre y se horrorizó, pero la pesadilla aún no terminó y la cucaracha no ha despertado.

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Escrito por:
Carmilla de Le Fanu
Según el dibujante Pablo Tunica yo sería algo así como un “aristocrata caído en desgracia”. No me desagrada el titulo
Carmilla de Le Fanu
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